jueves, 30 de junio de 2011

MALAS TRADUCCIONES DE TRAKL

Sammy metió los dedos en pinza en el pequeño envase de telgopor, extrajo tres Chomps y se los comió de una, recostada en su cama, de costado, enfrentada a un viejo ropero con espejos en sus puertas que le devolvían la imagen de un elefante marino teñido de rubio y de excepcional kilaje. Aún siendo extremadamente benévola consigo misma debía admitir que era algo horrible. Fea y obesa, absolutamente desagradable. Así, claro, había llegado a los treinta sin la menor experiencia sexual. Ni siquiera algún flirteo superficial, algún noviazgo adolescente. Siempre había sido un cerdo, solamente había cosechado burlas y groseros desplantes por parte del sexo opuesto. Finalmente, había dejado la casa paterna intentando tener al menos un lugar propicio para iniciar cualquier relación posible. A esta altura no rechazaría ninguna, por miserable que fuese.
Era viernes por la noche. Por su cabeza pasaban una y otra vez los consejos de sus amigas en el sentido de que debía arreglarse y salir, ya que nadie iba a ir a buscarla a su casa. Que los hombres estaban fuera, y si no que mirara a fulana y a mengana, tan poco agraciadas y sin embargo tan cargadas sus agendas, etc., etc., etc. ¡Ah! Y sobre todo, que debía cambiar la actitud, que uno es tan lindo como se siente. Ella, lo que es, se sentía un adiposo adefesio. Pero debía cambiar la actitud.
Arrojó al piso los bocaditos de helado, subió el termotanque y se metió en la ducha. Les daría el gusto. Se arreglaría todo lo posible y saldría afuera, a la aventura, a aprovechar cualquier oportunidad que tuviese. Mientras el jabón se perdía en los pliegues de su abdomen, pensó que seguramente no tendría ninguna, que a lo máximo que podría aspirar era a ayudar a orinar a algún viejo borracho. Y quizás eso hasta fuera demasiado para ella. Al menos, podría tener un pene entre sus dedos.
Cuando cerró el grifo se miró al espejo nuevamente, y tuvo la percepción de una montaña de grasa blancuzca transpirando. ¿Cómo arreglaría todo aquello? Bueno, ya vería. Primero, debía secar aquella mole. Íntimamente sintió la frustración que le producía cavilar acerca de los lábiles ideales de belleza que animan cíclicamente a los hombres. Para los homínidos del paleolítico, de contextura famélica, ella hubiera representado el rol de sex symbol más impresionante. Y lo bien que la hubiera pasado con aquellos primates en celo. ¿Acaso ella no tenía más tetas que cualquier vedette? Tomó sus voluminosos senos y trató de levantarlos, pero rebalsaban por todos lados. Se colocó su mejor lencería, que era bastante vistosa aún a pesar de haber sido adquirida en la casa de talles especiales, donde las insinuantes puntillas no abundan. Con esfuerzo se colocó unas medias negras de nylon, y se enfundó en un vestido también negro, tras tensos momentos de lucha y sofocación. Finalmente, y como pudo, metió sus gruesos pies en zapatos charolados con taco alto y fino. Sabía que le iban a doler, pero al menos ese sufrimiento no sería moral.
Ya no tenía más remedio que enfrentarse a su cara, dado que debía maquillarse. Ni un genio renacentista sería capaz de hacer que se viera medianamente bien. Bueno, iba a tratar de remediar o corregir lo poco que se podía. Había que poner onda, si no...
Una vez lista llamó a un taxi. Había optado por no cotejar en el espejo el modelo terminado para no bajonearse. Iba a salir de allí sintiéndose Mata Hari, o alguien así. Tal vez fuera cierto eso de la actitud.
Indicó al chofer que la condujera a un bar que quedaba en la periferia de la zona roja, con la certeza de que allí sería capaz de encontrar sujetos masculinos más bien ansiosos, y tal vez no muy dispuestos a examinar detenidamente la mercancía. En todo caso, ella se daría gratis. Hasta ofrecería pagar el hotel y las bebidas, si era necesario (había observado, con beneplácito, que esperpentos incluso más desagradables que ella ofrecían sexo por dinero).
Durante el trayecto miró dos o tres veces al chofer por el retrovisor. Era un tipo grueso y grasiento que transpiraba profusamente, aunque no hacía frío. El olor acre de esas exudaciones movilizó las hormonas de Sammy, que miró con más insistencia. Cuando vio que sus miradas se cruzaban se permitió hacerle un insinuante mohín con exhibición lingual incluida. El gordo miró para otro lado. O era boludo, o se hacía; aunque parecía mucho más probable la segunda posibilidad. No le dejó propina.
Ingresó al bar. No había mucha gente. Tampoco mucha luz. Caminó hacia la barra como si el trayecto fuera una pasarela de Versacce. Se sentó en uno de los taburetes, sintiendo que en lugar de sentarse, se lo ponía, tal la manera en que era fagocitado por sus nalgas. Apenas alcanzaba a apoyar sus partes más recónditas. Tal vez, no obstante, esa presión representara un buen augurio. Pidió un brandy caliente y un café.
El barman era un tipo circunspecto, del tipo introvertido, bueno para cuando uno no tiene ganas de hablar, pero malo en otras circunstancias más verborrágicas. La mesera era una mocosa morocha de unos diecisiete o dieciocho años, no muy agraciada en su fisonomía pero con un cuerpo envidiable. “Si aquella criatura supiese el potencial de goces que guarda en esas carnes prietas…” pensó, pero enseguida se percató de que seguramente lo sabría; y mucho mejor que ella, que ya a los ocho años ocupaba dos asientos en el ómnibus.
Giró sobre el taburete para echar una ojeada al interior del bar, sobre todo a las zonas que no veía por el espejo de detrás de la barra. Habían dos o tres parejas desparramadas por ahí, y algunos pendejos con una onda super freak que hacía pensar que solamente querían cazarse un buen pedo de alcohol y pastillas para después jugar un rato al sobreviviente y luego irse a dormir a sus casitas pequeñoburguesas. Había errado el tiro. Volvió a girar y el taburete se incrustó un poco más. Parece que había rozado el punto g. Si las cosas seguían así, un par de horas más tarde se encontraría caminando por la calle 1 con un cartel de “servicio gratis” colgando del azotillo.
El café se había enfriado. Pidió al introvertido que le calentara el brandy, cuando vio por el espejo que al frente se detenía una cupé Chevy. Le gustaba la cupé Chevy. Le gustaban los autos grandes, por obvias razones. Mas de aquella cupé bajó un tipo fino, muy bien vestido, muy onda Aníbal Ibarra. Avanzó con paso felino y luciendo una sonrisa muy canchera, una gran seguridad en sí mismo. Era del tipo guiña-ojo-masca-chicle. Muy buen mozo, y atlético. Se sentó al lado de Sammy. La gorda se hacía pis de a chorritos. Se pidió otro brandy caliente, mientras se mecía levemente sobre el taburete: atrás, adelante, atrás, adelante.
El introvertido de pronto, y ante la llegada del joven, salió de su apatía y comenzó a conversar animadamente con aquella maravilla de polera gris. La mesera pendeja le dio un beso y Sammy vio como le brillaban los ojitos, aquellos ojitos de culebra en un cuerpo cimbreante.
Ya iba por el tercer brandy cuando se vio arrebatada de la contemplación de Toti –que así se llamaba- por unos versos que él mismo recitaba:

Esbeltas criaturas tantean por las calles nocturnas
buscando a su pastor enamorado.
Los sábados suena en las cabañas un dulce canto.

-Georg Trakl –dijo Sammy. -Traducción de Ángel Sánchez, seguramente no de las más felices.
-Epa, epa, epa! ¿Pero qué tenemos por aquí? –Preguntó Toti.
-Samantha Lespada, mucho gusto –se presentó Sammy, y estiró la mano como para estrecharla con la de Toti. Él la tomó y la besó (atrás, adelante, atrás, adelante)
-He quedado pasmado ¿es usted...
-Profesora de Filosofía y Letras. No es un gran mérito –la ansiedad la llevaba a seguir hablando compulsivamente, casi ahogada y con palpitaciones. -En cambio yo sí que estoy sorprendida. No muy a menudo me encuentro con jóvenes apuestos que recitan a Trakl de memoria.
-Si le resulto atractivo, quizás tengamos un problema por aquí.
-¿Por qué lo dice? –Preguntó Sammy, alarmada.
-Porque usted me encanta.
Sammy se empinó la copa de brandy que recién le había alcanzado el ex introvertido, pero estaba muy caliente y se quemó la boca. Casi lo vuelca, sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Pero será posible? Se levantó del taburete y sintió algo como un efecto sopapa. Fue al baño. Se mojó la boca y luego la examinó en el espejo. Si algo le faltaba para lucir ridícula, seguramente era ese semicírculo quemado sobre su labio superior y parte del bigote. Decidió irse. Salió del baño y pidió la adición. Toti, en tanto, la observaba con curiosidad. Al cabo le dijo:
-Espero no haberla molestado con lo que le dije.
-No es eso –contestó Sammy. -En todo caso le agradezco su mentira piadosa.
-Ni lo piense. Déjeme decirle una cosa. Me encantaría quedarme charlando con usted toda la noche.
-¿En serio lo dice?
-Claro. No todo es lo que parece. ¿Te puedo tutear? Samantha, estoy cansado de esas chiquilinas que solo ven televisión y cuya máxima aspiración consiste en parecerse todo lo posible a las modelos publicitarias. Vos no sabés cómo me seduce una mujer inteligente.
-Ah, ¿sí? – Atrás, adelante, atrás, adelante. -Y decime, ¿no te interesa para nada lo físico?
-Únicamente si forma parte de una comunión espiritual.
-Vos me estás jodiendo.
-¿Y cómo sabés?
Tenía razón. No había otro modo de saber que siguiendo aquel juego hasta el final. Decidió hacerlo, comprobando: primero, que el muchacho no sabía tanto de literatura como le había parecido en un primer momento; y segundo, que había perdido la cuenta de los brandys que había bebido y se encontraba en avanzado estado de ebriedad. Ya casi ni se preocupaba por que se avisparan de su íntimo meneo sobre el taburete.
Sacó su billetera para pagar pero Toti no la dejó, diciéndole al barman que cargara el gasto a su cuenta. Acto seguido, le propuso a Sammy que lo acompañara a su casa. Exultante, Sammy le contestó que jamás podría rehusar a un paseo en cupé Chevy. Toti sonrió, y fue como si el universo de Sammy centelleara en el reflejo de sus dientes perfectos.
Ya en el auto, Sammy no pudo contenerse y comenzó a acariciar la pierna de Toti, luego la entrepierna.
-Te gusta, ¿eh? –Dijo Toti, retirándole la mano con suavidad.- Esperá a que lleguemos a casa.
-Lo que digas, amor mío –contestó la gorda con tono cachondo.
-Si te portás bien vas a tener un lindo premio.
-¿Qué es, qué es?
-Es una sorpresa.
-¡Adoro las sorpresas! –Exclamó, dando una palmadita infantil sobre la bragueta de Toti, que respingó.
-¡Pará que me vas a hacer chocar! –Le dijo, y ambos rieron, aunque ella lo hizo bastante histéricamente. Luego de unos largos minutos, él le preguntó si sabía qué barrio era ese donde andaban.
-Ni idea –contestó Sammy.- Aparte, creo que tomé un poquito de más y no reconocería ni mi propia cuadra.
-Mejor.
-¿Cómo?
-No, digo que mejor que manejo yo, porque si no...
-Ah –dijo Sammy, y volvió a reír con desmesura.
Finalmente detuvo el auto. Bajaron y se dirigieron hacia una casa típica del suburbio platense, jardín al frente con enano y todo. La niebla, en cualquier caso, la hacía mas parecida a cualquier otra, menos identificable. Toti abrió la puerta y la invitó a pasar. Sin mediar palabra, aquella mole de carne caliente se arrojó sobre él, metiéndole la gruesa lengua en la boca, haciéndole temer por la integridad de su columna vertebral. Toti trató de aplacarla un poco, le dijo suavemente que se calmara, que iba a servir unos tragos. Cuando entraron en la habitación, ella le confesó que nunca había estado con un hombre.
-¿Ah, no? Entonces no te preocupés, has dado con la persona indicada.
-¡Oh, sí! ¡Oh, sí! – Repetía Sammy, batiendo palmas.
-Yo te voy a enseñar a coger como dios manda.
-Bueno, está bien, pero rápido –respondió la gorda, excitadísima.
-Un momento, profesora. Acá el que da la clase soy yo. Y si no hacés lo que yo te digo, doy por terminado el curso.
-Está bien, maestro. Hago todo lo que usted me diga.
-Primero, desvestite lentamente al lado del velador, así te veo bien.
-Me da vergüenza...
-No, así empezamos mal.
-Está bien, acá voy. ¿Está bien así?
-No, hacelo más lentamente.
-Bueno, ya está...
-¿Cómo que ya está? ¡Desnudate TODA!
-Bueno, ya. ¿Y ahora?
-Ahora, acostate boca arriba.
-¿Así?
-No, así no. Con las piernas abiertas, y los brazos extendidos hacia arriba.
-¿Así?
-Bueno, así. Ahora esperá –sacó de un cajón un par de pañuelos grandes y comenzó a atar las muñecas de Sammy al respaldo de la cama.
-Sos retorcidito, ¿eh? Esa la vi en una de Almodóvar.
-Esperá un cachito, que me parece que todavía no viste nada.
-¡No seas guarango, eh!
-Bueno, bueno, es que me hierve la sangre. Teneme un poco de paciencia, por favor –se excusó Toti, mientras con un par de bufandas aseguraba bien los tobillos de la gorda. Una vez asegurados, tomó un rollo de cinta adhesiva y se acercó a la cara de Sammy, mientras le decía:
-Vamos a hacer de cuenta de que yo te estoy violando.
-¡Si, sí, me encanta! –Dijo la gorda, justo antes de que le tapara la boca con la cinta.
Entonces Toti se incorporó de golpe, y de un modo totalmente inesperado gritó: “¡Hey, muchachos, vengan a ver lo que tengo acá!” Enseguida entraron cuatro tipos con muy feo aspecto. Aunque quizás su aspecto no fuera tan feo en realidad, ya que en el ominoso giro que había tomado la situación, hasta el propio Toti le parecía aborrecible.
-¡Huy, dió, qué ballena! Tené cuidado que te va a desvencijar la cama –dijo uno, y todos rieron.
-¡Mmmh! ¡Mmmmmh! –Se debatía Sammy
-¿Te fijaste qué tiene en la cartera? A ver si nos conviene más carnearla –dijo otro, y siguieron las risas. Sammy, a pesar del terror, no pudo evitar sentirse abochornada. Haciendo fuerza para soltarse, se había cagado.
-¡Gorda hija de puta! ¡Cerdo hediondo! ¡Mirá lo que hiciste! –Le recriminó Toti, mientras le retorcía violentamente un pezón.- ¡Pero mirá la bestia ésta los pezones que tiene! ¡Parecen hamburguesas! –Las risas arreciaban.- ¿Qué te creíste, vaca asquerosa, que me gustabas, que podía gustarme coger con vos?
-A vosh no, pe’o a mí shí.
La voz venía de la puerta. Acababa de entrar un petiso contrahecho, con un cretinismo evidente, dificultades motrices, cubierto de legañas y con una dentadura totalmente podrida.
-¡P’al Tito! ¡P’al Tito! ¡Carne p’al Tito! ¡Che, Tito, mirá toda la carne que tenés!
-¡Mmmh! ¡Mmmmmh!
El Tito se bajó los lienzos y trepó a la montaña de carne blanca. Había que ver cómo festejaba la popular. Al Tito no le importó literalmente una mierda la inmundicia que apestaba desde el teatro de operaciones. Comenzó su trabajo, con la contracción que suelen observar en estos menesteres los sujetos de su condición.
Sammy, en tanto, pensaba que si bien no era para nada lo que había deseado, al menos era algo. Cerró los ojos y pensó que era Toti y no Tito quien trabajaba febrilmente en su coño. En todo caso, era una simple inversión de vocales. Consiguió volver así a su anterior excitación. Comenzó a gozar, y mucho.
-¡Mucho. Tito, mirá como le gusta! –Alentó uno.
-Había resultado puta la gorda –observó otro.
Para cuando el deforme acabó, ella ya había tenido dos buenos orgasmos. El Tito se retiró como un héroe. Si no hubiera sido por el olor a mierda que había tomado, seguramente lo hubieran sacado en andas.
 
Lo último que Sammy sintió fue un pinchazo en el pliegue del codo, como si le estuvieran inyectando algo.
Cuando volvió en sí ya era de día: Estaba tirada en una vereda, semidesnuda, muerta de frío, con un tremendo dolor de cabeza y con náuseas, agudizadas por el intenso olor de la mierda que la embadurnaba. Iría con la policía, les diría que la habían secuestrado, robado y violado, y luego se conformaría con que la lleven a casa. No pediría más que eso, que la lleven a casa. Ni sabía adónde estaba.
Comenzó a caminar despaciosamente, tomando nota mental de que debía denunciar la pérdida de su visa dorada y hacerse un test de HIV; rápido, así el fin de semana siguiente podía intentarlo de nuevo.
Aunque esta vez, había aprendido algo: jamás volvería a confiar en un muchacho apuesto que recitara de memoria malas traducciones de Trakl.

Mesa de Enlace Interdimensional / Salvedad ¿necesaria?


-¿Cómo anda todo? -Preguntó el Alter ego, mientras se servía un porrón de cerveza Negra Modelo.
-Estás dulce, eh. ¿Qué pasa? Ahora no te putean más por mail, y encima te entraron unas cuantas felicitaciones, ¿no? -Le dije, con gesto de sorna.
-Claro, boludo -terció el negro-, ¿acaso no lo conocés al nabo éste, que vive mirando de coté para ver qué piensan los demás? Si fuera un poco atractivo, un poquito, nomás, sería metrosexual.
-La concha de tu madre, negro.
-¡Eeeeeh, no discriminés, eh.
-Y, si vos me tratás de puto…
-Yo no te traté de puto, dije que serías metrosexual, que no es lo mismo.
-Para mí es lo mismo. Si te arreglás el pelito, las uñas, y todas las cositas como una mina, si no sos puto por lo menos empezaste a hacer los trámites. Y hablando de discriminación, vengo precisamente por ese tema.
-¿Qué pasa con eso?
-Nada, que como sé que estás por publicar un par de cuentos francamente discriminatorios…
-¿Y vos cómo sabés?
-Dejá de preguntar giladas, Si sabés que soy tu insider.
-Mientras yo lo disponga, claro.
-Prtimero, no sé si es tan así. Y segundo, me harías un gran favor si me dejaras de joder con todas tus pelotudeces. Respecto del tema discriminación…
-Vos le dijiste recién negro a mi amigo, y en contexto de puteada.
-Bueno, tarado, pero eso es acá, entre nosotros.
-Yo te voy a aclarar una cosa…
-Está bueno, eso precisamente es lo que necesitaba. Una aclaración necesaria. Y que llegue antes, no después de la picota.
-Yo no discrimino a nadie. Para mí la gente es gente, y me importa un carajo su color, religión o condición sexual. Claro que a los autoritarios, fachistas, los “yomesalvoyustedescáguense”, podría decirse que los discrimino, cuando en realidad lo que sucede que se discriminan ellos solos; ¿me explico?
-Si, pero…
-Pero nada. Yo me río de mí mismo, de mis miserias, de lo que sea; y si no pudiera reírme, sería capaz de pagarle a alguien para que se riera de mí -claro que con cierto talento- para subirme al tren del jolgorio y superar mejor el mal trago. La Intención es sana, la enfermedad corre por cuenta del salame que, encima de padecer desgracia, de la índole que fuere, pierde incluso el sentido del humor. Estamos llevando las cosas a un nivel que ya pronto no será posible ni emitir por TV a los imbéciles de Laurel y Hardy.
-Está bien, sólo eso quería oír.
-¿Querías oír o querías que lo publique?
-OK, quería que conste en Actas.
-Su Señoría, proveer de conformidad, SERÁ JUSTICIA.

miércoles, 29 de junio de 2011

SALTAR DE LA SARTÉN


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I

Era muy difícil imaginar alguna rutina peor que aquella. El fin de semana había pasado demasiado rápidamente y allí estaba otra vez, sentado en la pequeña oficina interior, sin ventanas, sometido a otro día entero sin ver casi la luz del sol; frente a la misma odiosa máquina de escribir, los mismos legajos, la misma vieja fórmula repetida hasta al cansancio para calcular el valor de la hora extra para cada administrado, los mismos compañeros, grises como él de esperar al próximo fin de semana, el que de todos modos pasaría fugazmente en su irrelevancia...
Sorbió un trago del café que tomaba desde hacía quince años. Prendió un cigarrillo de la misma marca que fumaba hacía veinte. Miró la reproducción de Monet que tanto le había gustado alguna vez, pero que ahora había devenido en una fuente de impresiones emblemáticas de su existencia deprimente por rutinaria.
“Algo tendría que pasarme, hoy” pensó. “Algo distinto, por favor”. Pero íntimamente estaba convencido de que nada alteraría su homogénea vegetación hacia la nada. “Qué va a hacer”, se dijo resignadamente, dio una pitada y con el cigarrillo colgando de sus labios puso un papel en la máquina disponiéndose a iniciar la diaria tarea, infinitamente repetida.
Pero ese día, ese día que se iniciaba tan absolutamente igual a todos los otros, ese día en el que tanto más había gravitado su pesadumbre por la medianía de su vida, iba a ocurrir algo distinto, tal cual lo había implorado. Algo que iba a dar por tierra, de una vez y para siempre, con aquel calvario oficinesco con intervalos cíclicos de fines de semana que transcurrían sin pena ni gloria.
Un amigo suyo, empleado de una inmobiliaria, fue quien le trajo una especie de luz al final del túnel. A sabiendas del gusto que tenía por la pesca y el aire libre, únicas aficiones que lo gratificaban de vez en cuando, vino a ofrecerle una oportunidad. Resulta ser que había una cierta casilla precaria implantada en plena selva marginal rioplatense, justo sobre uno de los brazos en que se dispersa vegetación adentro el arroyo Doña Flora. Si bien se trataba de un bien de escaso valor, con un terreno lindante completamente invadido por la maleza, no dejaba de dar dolores de cabeza a los dueños de la inmobiliaria. Sin ir más lejos, el último interesado había firmado un compromiso de pago en cuotas; había pagado solamente la primera y luego había literalmente desaparecido: de aquella casilla, de su trabajo y de todos los lugares que solía frecuentar. Ante reiterados fracasos por el estilo, habían resuelto venderla al contado (en un precio ostensiblemente bajo) y terminar de una vez por todas con el asunto. Ahí estaba la oportunidad, incluso para los magros ingresos de un empleado estatal.
Sí, algo distinto estaba ocurriendo. Inmediatamente comenzó a soñar, imaginando toda suerte de aventuras selváticas y raídes pesqueros a través de sus salvajes dominios.
El sábado siguiente por la mañana fueron a verla. Desde el lugar donde más se pudieron aproximar en auto, hubo que caminar más de un kilómetro por una vía de acceso accidentada y muchas veces casi inexistente. Esto no hacía más que excitar sus agrestes ambiciones. Incluso antes de verla, supo que inevitablemente la casilla sería suya, sería el promontorio desde donde observaría altivamente solitario la llaneza de la vida de relación con sus congéneres.
Finalmente, cuando la espesura parecía prácticamente infranqueable, llegaron. Era tal cual la había imaginado, salvo por un par de elementos inesperados. Uno, era la cercanía con el curso de agua (del cual emergían raíces e incluso retorcidos troncos de especies de árboles y arbustos que desconocía), que arrojaba una cierta inseguridad respecto de qué ocurriría en caso de grandes crecidas. El otro, un antiguo aljibe casi devorado por la maleza, en la parte trasera de la casa, un poco hacia el norte.
La construcción se limitaba a una armazón rectangular clásica de madera, con techo a dos aguas compuesto por las mismas tablas que las de las paredes pero cubiertas con brea. Las maderas de las paredes, sobre todo las del frente –que daban al riacho- estaban deterioradas en su base, seguramente por efecto de las crecidas. Tenía una sola gran ventana con postigos al lado de la puerta, la que carecía de cerrojo y picaporte; simplemente se cerraba con una cadena con candado que se aseguraba al marco.
Ingresaron. Como podía preverse, se trataba de un único ambiente, con piso de tierra apisonada. Sobre la pared angosta que daba al sur había una vieja cocina económica a leña. Como todo mobiliario, una mesa, una silla y un catre. Completaban el cuadro una repisa con algunos enseres, algunas ropas desparramadas, una olla de fundición sobre la cocina, una estufa a kerosene. Asimismo, unas barajas sobre la mesa en disposición inequívoca de un trunco solitario, daban la sensación de que el anterior habitante regresaría de un momento a otro. Obviamente, no tenía baño, lo que dio pie al empleado de bienes raíces para repetir el consabido chiste de que por allí afuera “era todo baño”.
En fin, aquel rústico ambiente lo fascinaba. Lo fascinaba tal y como estaba, por lo que preguntó a su amigo si el precio incluía todo lo que había dentro. Este le respondió que si ponía el dinero todo junto probablemente le enviaran algo más de regalo. De todos modos ni sabían lo que había allí dentro. Probablemente no la conocieran ni por fuera.
Así las cosas, el lunes sacó del banco los fondos necesarios y el mismo miércoles era el feliz poseedor de una desvencijada casilla con todo y porquerías a la vera de un arroyuelo afluente del Doña Flora. El resto era sólo esperar. El sábado a la madrugada iría a tomar posesión de su pasaporte a una experiencia inaudita que redimiría largos años de rutinaria desazón.
Metió la llave en el candado, la giró, quitó la cadena e ingresó. Dejó el bolso sobre la mesa, la valija de pesca en el piso y apoyó las cañas en un rincón. Juntó la ropa desparramada –que estaba sucia y aparte olía mal- y la tiró entre las plantas de la parte trasera. Era muy temprano, y a pesar de que pintaba un día soleado, la temperatura era bastante baja. Así que volvió adentro, puso unos leños en la cocina y la encendió. Tomó de la repisa una pava completamente negra de tizne, la enjuagó con una botella de agua de las que había traído, quitó un par de tapas de la hornalla y la depositó sobre la flameante abertura. Un rato después estaba sentado a la mesa tomando unos mates, mirándolo todo, especialmente las barajas. Las juntó y las contó. Estaban todas. Era perfecto.
El día de pesca no fue muy fructífero. Quizá si hubiera intentado en lugares con menos vegetación y mayor profundidad, la historia hubiera sido otra. Pero prefirió quedarse ahí, en su terruño, aún a pesar de la magra cosecha de pejerreyes.
Hacia la tardecita se llegó hasta la zona poblada más cercana y compró asado, vino, carbón, una parrilla de piso pequeña y una lámpara de gas. Cuando volvió la oscuridad avanzaba, y le costó bastante encontrar el rumbo. Ya se acostumbraría.
Sentado en aquella silla heredada quién sabe de quién, degustaba sorbo a sorbo el Rodas borgoña adquirido para la ocasión, una suerte de celebración absolutamente intimista por con su nuevo dominio selvático. Su mirada permanecía absorta, ora en la gran cantidad de estrellas que podían discernirse desde la oscuridad del entorno, ora en el rojizo fulgor de las brasas bajo la parrilla. Así también gozaba auditivamente del siseo de la carne asándose, con los esporádicos chirridos de la grasa hirviente y sus eventuales goteos sobre el fuego, todo eso enmarcado rítmicamente por varios grillos que se enredaban en contrapuntos y generaban síncopas difícilmente anticipables. Desde la perspectiva de aquella quietud pletórica, hasta su rutina laboral parecía cobrar una dimensión nueva, que de algún modo la hacía otra vez interesante, por extraño que eso le pudiera parecer.
Una vez que hubo comido, bebido y fumado como dios manda, se acostó totalmente vestido y se tapó con una frazada. Sólo entonces advirtió que no había sacudido el catre, ni siquiera se había fijado si tenía insectos, mugre o lo que fuere. Tan asimilado estaba a aquel lugar. Durmió plácidamente hasta bien entrado el nuevo día.
Entre sueños había escuchado todo un concierto de aves, algunas que reconocía, otras cuyo canto era nuevo para él; y siguió dormitando, arrullados sus gratos ensueños por la natural epifanía. Cuando por fin se levantó observó que era un hermoso día de domingo. Casi ni pescó, ya que dedicó la jornada al reconocimiento de la zona. Calzado con gruesos borceguíes y pantalones sustraídos oportunamente al ejército, se aventuró entre lodazales y malezas casi impenetrables. En un momento en que la espesura parecía cortarle definitivamente el paso, de pronto se abrió un claro ante él y asistió maravillado al imponente paisaje de un espejo de agua como de media hectárea, atestado de aves de todo tipo, principalmente flamencos. Una profunda emoción estética lo sobrecogió.
Cuando el sol comenzaba a declinar, y ya con los bultos preparados para emprender el regreso, sacó la silla al frente y comenzó casi ceremonialmente a cebar el último mate de aquella primera incursión. Había resultado todo mucho mejor de lo que había imaginado, que no era poco. Sí, alguien allá arriba lo había escuchado. Sus rutinas habían perdido pertinencia.
Mientras estaba sumido en esas felices cavilaciones creyó oír unos sonidos chapoteantes que parecían venir del arroyuelo. Pensó que podría tratarse de algún animal, y concentró sus sentidos en aquella dirección. Se levantó justo a tiempo para ver a un hombre corpulento salir del fango, casi como en una película de zombies. El hombre primero irguió el torso, luego se incorporó y extrajo cada pie, con el característico ruido de sopapa. No podía discernir ninguno de sus rasgos o de sus ropas, tan espesa era la capa de barro que lo cubría. Solamente sus ojos, más brillantes por el contraste, y que parecían exudar un éxtasis febril.
Aquel hombre comenzó a caminar con lentitud hacia el poniente. En vano le gritó “¿Quién es usted? ¡Hey! ¿Me escucha? ¿Quién es usted?”, con voz al borde del quiebre por la zozobra. El hombre ni se inmutó. Parecía no oírlo. Simplemente, continuó caminando hacia el rojo horizonte; llegó hasta el aljibe, puso un pie sobre el borde, luego el otro, y allí se dejó caer.
Luego de un tiempo que no podía precisar, tuvo la suficiente entereza como para asomarse a aquel pozo de misterio. Con mucho cuidado apartó algunas enredaderas y se inclinó con gran precaución. Solo oscuridad. Encendió su encendedor y entonces pudo ver un ligero reflejo de la pequeña llama en el fondo, a cuatro o cinco metros, como si allí hubiera agua. Y eso era todo.
 
II

La siguiente semana el eje de su problemática había cambiado fundamentalmente, y si bien ahora parecía cobrar un aire macabro, no dejaba de ser interesante. Cualquier cosa era mejor que la vieja rutina. Incluso una historia de fantasmas. Porque ¿qué había sido aquella aparición? ¿Un fantasma? ¿Una presencia telúrica? ¿Una alucinación de su temperamento acostumbrado al encierro y repentinamente intoxicado de azur? ¿O quizás el contacto con algún vegetal tóxico o visionario en su largo paseo por la espesura? En fin, prefería pensar que la experiencia no iba a repetirse. Su preciada y nueva ilusión no merecía que se obsesionara con semejantes fantasmagorías. Pensó en llamar a su amigo de la inmobiliaria, para comentarle el extraño suceso, suponiendo que tal vez pudiera tener algo que ver con la desaparición del anterior propietario. Mas enseguida desechó la idea. Estaba seguro que se reiría de él a más no poder.
Sólo le restaba esperar al próximo fin de semana. De cualquier manera aquel tétrico elemento agregaba un ingrediente fundamental, en el sentido que la casilla del arroyuelo no fuera a volverse un nuevo componente que se sumara a su endémica rutina.
El sábado siguiente estaba de parabienes. El día amaneció claro y el pronóstico del tiempo para ese fin de semana era inmejorable.
Tuvo un día espectacular. Incluso la pesca había sido abundante esta vez. Y lo mejor, el crepúsculo había transcurrido sin extraños visitantes. Cenó una abundante fritanga de pejerreyes bien rociada con vino blanco y se fue a dormir, aunque esta vez con una nueva inquietud, que hacía que esa noche difiriera ostensiblemente de aquella idílica primera.
El domingo estaba bastante más tranquilo. Sólo lo preocupaba la posibilidad de que aquel hombre fangoso saliera nuevamente en el crepúsculo, pero eso finalmente le pareció un resabio, un reflejo mental condicionado por su angustiosamente repetitiva existencia anterior. Despejados estos ligeros temores por las racionales argumentaciones que se dio a sí mismo, la pasó muy bien pescando, e incluso cobrando algunas piezas con su pistolón del catorce con caños superpuestos (que había llevado para eso, y también “por si las moscas”.)
Hacia la tarde preparó sus cosas para emprender el regreso, y tal como el domingo anterior se sentó a tomar unos mates, esta vez con el pistolón a su lado, esperando la caída del sol.
Como la tensión iba aumentando conforme llegaba el ocaso, para distraerse tomó del bolso un cuaderno y, entre mate y mate, intentó describir poéticamente el influjo que sobre él ejercía aquel lugar. Una vez terminado, lo intituló “Neologismos Bosquísticos”:

“Estoica locura satinada de harapos
que doblega especies a fuerza de conjurar quietudes
tan caras a la espesura:
trinos sinfonizan al bosque esencial
que a veces se ve atribulado por heavydeces
de gruñidos, de garras;
y después de la estridencia agreste
el silencio de la muerte que alimenta
-solamente secuenciado por un cíclico roncar
que se va perdiendo en un fade con un crescendo de gorjeos
resurgiendo en su celebración a la continuidad de la vida.
Los musgos como militantes de base
dibujan una plástica alquímicamente perceptible
sólo en esa microscópica aproximación
tan apropiada para los upless times.
Un leve rumor miriopódico sugiere
la existencia de pequeños ejércitos subterráneos
que milenariamente fieles a su índole
saludan al áureo progenitor
mientras aguardan la reflexiva lunización
en espectral descenso
mientras el arroyo y las piedras
amalgaman con su murmullo al grillístico metrónomo.

Tan absorto estuvo en su elaboración que de no ser por la luz menguante, ni se hubiera acordado del crepúsculo. Cuando lo hizo, intentó tranquilizarse lo más rápidamente posible, dado que temía atraer con su inquietud al tétrico visitante. Se dedicó a tal fin a repasar el poema, efectuándole ligeras correcciones. Fue entonces que comenzó a escuchar aquel desagradable chapaleo. Un escalofrío atravesó todo su cuerpo. Tomó el pistolón nerviosamente y se incorporó, justo cuando el hombre se erguía a su vez. Ni bien comenzó a caminar, le gritó “¡Alto o disparo!”. Ni bola. Gritó otra vez, más fuerte, con el mismo resultado. Tan asustado estaba que no dudó en disparar. Accionó el primer tramo del gatillo. Sintió el estampido y el retroceso en su mano. Algunos pájaros volaron sobresaltados. No pasó nada. Apuntó bien, aunque sabía que desde aquella distancia y con cartuchos repletos de perdigones no podía fallar. Contrajo su índice con fuerza, hasta el final. Sonó otro estampido. El hombre de barro continuó su marcha, impertérrito; otra vez subió sobre el borde del viejo aljibe y se dejó caer en su interior.
Estaba frenético. Corrió hacia el macabro pozo de agua, pero en el camino recordó que en la oportunidad anterior había resultado totalmente infructuoso. Entonces, en su desesperación por encontrar alguna pista que arrojara luz sobre semejante misterio, se volvió y enfiló raudamente en dirección al arroyuelo, precisamente al lugar de donde aquella cosa había salido. Atolondrado por la premura y el shock emocional, pisó mal en uno de los irregulares bordes, resbaló y fue a dar en medio de un tembladeral. El cieno era tan blando que inmediatamente se hundió hasta la cintura. Quiso mover las piernas para acercarse al borde del cual se había desbarrancado, pero se hundió más. Aterrorizado, casi ni respiraba; de todos modos advirtió con pánico que quedándose quieto solamente prolongaría su agonía, porque aunque lentamente, seguía descendiendo. Miró el inútil pistolón en su mano derecha. Si al menos hubiera tenido cartuchos encima, podría haber terminado allí mismo con todo. Lo arrojó con ira, y se hundió un poco más.
La luz se iba extinguiendo, igual que él. Como en un sueño, recordó que a un personaje de un cuento de Julián Centeya, cuando se encontraba en igual situación que él, un enemigo le había dicho: “Agarrate del aire, hijo de puta”. Se lo repitió varias veces a sí mismo, sobre todo cuando el agua fangosa se acercaba ya a sus orificios respiratorios. Entonces gritó, gritó, gritó, y fue en vano. Seguía gritando cuando las circunstancias lo obligaron a mezclar sus alaridos con toses. Luego, la negrura final y el silencio. Se debatió sordamente mientras sus pulmones y su estómago se llenaban de cieno, impulsado por las bocanadas tremendas que promovía su descontrolado diafragma. Ya no pensaba, todo lo que iba quedando de él podía resumirse en un desesperado anhelo por un poco de aire, que se extinguía gradualmente junto con su conciencia. Sólo restaban unas cuantas convulsiones y un tremendo dolor generalizado, como millones de agujas clavándose en todo su ser.
Eso parecía ser todo. Pero no. Una mínima molécula vital que parecía indestructible lo tranquilizaba, diciéndole que pronto llegaría el atardecer del domingo, y que entonces podría salir a dar un paseo hasta el aljibe.

jueves, 23 de junio de 2011

HELENA CON H (Digresión con final interactivo)

Milo Manara

Ante todo quiero excusarme por cualquier exuberancia verbal en que pueda incurrir a continuación, y también, ya que estamos, por el eufemismo que acabo de componer, toda vez que debí decir charlatanería. O cotorreo. Lo que pasa es que hace tanto tiempo que no hablo con nadie...
En el barrio me dicen el moscardón; me acusan de fatigar oídos con mi tono grave de voz, dicen que zumbo. Pero no obstante muchas veces consigo hacerlos pensar y otras tantas reír. Aunque reconozco que esos buenos momentos se desmerecen en el conjunto, bien sabido es que soltando fuego a discreción el margen de error es mucho mayor. Y, es un vicio, qué se le va a hacer. Uno cuya abstinencia prolongada y amarga da fundamento al presente reporte.
Todavía era muy joven cuando se fue el viejo. Con veintidós años quedé a cargo de la carnicería. Suerte que el viejo me había puesto al tanto de toda la movida, capaz que ya sabía que las cosas iban a ser así. Y yo la llevé como pude, yo no era el viejo. Todos los puntos me querían madrugar, era evidente que mi carácter sociable y locuaz los invitaba a aprovecharse.
Como la cosa se me fue complicando a ojos vista (supongo que un poco por mi impericia en el manejo total del oficio y otro por el deterioro económico del país) decidí poner en alquiler una de las habitaciones de la casa. Atrás del negocio estaba la casona vieja, con tres habitaciones grandes, y que dadas las nuevas circunstancias me quedaba inmensa. Con una zapie, cocina, baño y el local me seguía sobrando. Así que pegué un cartel en la vitrina, justo delante de la lengua en escabeche que todo el mundo juna. “Se alquila habitación – Tratar aquí”, decía. Durante unos días no preguntó ni el loro. Los muchachos me jodían, decían que no la podía alquilar porque los interesados a poco de tratar conmigo adivinaban que se volverían locos de tanto escucharme hablar.
Hasta que un día llegó Helena. Una mujer menuda, envuelta tanto en un largo abrigo gris como en un aire de misterio. Lucía unos rasgos muy finos en un rostro ligeramente anguloso; sus profundos ojos verdes contrastaban con su tez oscura y su cabello castaño de un modo cautivante, al menos para mí. Era muy bella, aún sin traza alguna de maquillaje.
-Buenas tardes. ¿Qué anda buscando? –Le pregunté. Entonces me contestó escuetamente, con un tono aspirado y como esforzándose para poder hablar:
-La habitación.
-Ah, la habitación. ¿Es para usted sola?
-Sí, ¿por?
-Porque vivo solo, en la misma casa, y por ahí a usted no le gusta...
-No importa –me interrumpió.- ¿Puedo verla?
-Sí, cómo no, pase. Es por ahí, la primera a la derecha. Está vacía. De pasada mire el baño, el living y la cocina, que son a compartir... conmigo, bah. Mire tranquila, disculpe que no la acompañe, no puedo dejar sólo el negocio, usted sabe, como están las cosas –entró en la habitación sin siquiera hacer una seña que indicara que me había oído.
 
Me encantó la idea. La mina era medio rara, seguro, pero también muy bonita, y yo nunca había tenido suerte con las mujeres. No me daban bola, para qué voy a mentir. Y eso que yo les hablaba, y les contaba cosas, y les hacía chistes. Yo no sé qué más querían que hiciera. Al principio, por ahí, me daban algo de calce. Pero a poco andar, cuando se supone que las cosas debían asentarse, comenzaban a rehuirme, no querían hablarme ni para aclarar los motivos del distanciamiento. Quién las entiende.
Estaba pensando en eso cuando entró la de la farmacia y me pidió bifes angostos. Los empecé a pasar por la sinfín pensando en la mina que estaba junando la casa y casi me corté un dedo. Ojalá se quedara.
Al rato salió y me dijo que le gustaba. Preguntó si ya esa noche se podía quedar. Fueron dos frases secas, cortantes, como telegráficas. Yo contesté que sí, que obvio, que cómo no, que iba a arreglar un poco no sé qué cosas y paré porque se había ido dejándome a mitad de una frase. Era rara, era linda, qué bueno. Cerramos trato sin siquiera habernos dicho nuestros nombres. Tampoco habíamos discutido el precio. Hummmm...
 
La esperé ansiosamente. No venía, y no venía. Ya estaba por cerrar cuando llegó. Llevaba puesta la misma ropa y también tenía la misma mirada hosca que tan poco se correspondía con el dulce tono de sus iris. Traía consigo una valija grande y un bolso. Me preguntó si tenía un colchón de más y le contesté que sí. No le dije nada que tenía una camita en el galpón porque supuse que ello conspiraría contra mis intenciones de inducirla cuanto antes a compartir la mía propia. Mientras acarreaba el colchón le iba comentando que qué suerte que se había decidido tan rápido, y me presenté. Le dije que la carnicería era mía, que era el dueño de la firma y del local, que la estaba peleando, en esta época tan dura, y todo eso, cuando me interrumpió:
-Soy Helena. Con hache. No hay mucho que saber de mí, sólo que detesto hablar.
-No importa, Helena, no hay problema. Yo puedo hablar por los dos.
-Disculpe. También debo decirle que detesto que me hablen.
-Oh.
-Bueno, supongo que es por algún trauma que tuve. No quise parecer tan cortante. Solo que siempre que me metí en problemas fue por hablar o escuchar.
-Puedo entenderla. Me parece bien, de todos modos. Muy prudente.
-Podremos ser buenos amigos sin hablar, ¿no? O al menos, hablando lo estrictamente necesario.
-Vale –dije yo, haciéndome el capo de la síntesis.
 
Al otro día ya dormíamos juntos, en mi cama. Nunca me pagó el alquiler, al menos en metálico. Ni la comida, ni la ropa, ni nada. De eso, como de cualquier otra cosa, no se hablaba.


*        *        *

Tal cual lo acordado, sólo hablamos unas cuantas veces. No voy a negar que hice algunos intentos para llevar nuestro nivel de comunicación a un plano más... digamos… normal. Mas tuve que desistir cuando advertí que se adelantaba con hechos para evitar cualquier situación que pudiera generar un diálogo. Así que dejé de dirigirle la palabra. Como contraprestación –al menos eso creo- obtuve de su parte mejores performances eróticas.
Al principio me fue muy difícil contener mis ganas de hablar. Si encendía el televisor de la pieza -por supuesto con auriculares-, por el sólo gusto de escuchar palabras, ella se daba media vuelta y se dormía instantáneamente. Sólo me permitía escuchar música, siempre y cuando fuera instrumental. Entonces movía su cuerpo al compás, en una forma tan armónica e insinuante que yo debía taparme la boca para sofocar los aullidos que pugnaban por brotar. No estaba seguro que estos aullidos fueran técnicamente una forma del lenguaje; ante la duda, preferí aguantarme, no fuera a interrumpir esa maravillosa plástica con mis imprudencias. A veces, sin música, practicaba unos movimientos tipo kung-fu que también me hacían poner loco. Siempre, a dios gracias, estas situaciones terminaban en cópulas tan frenéticas como silenciosas. No probé porque soy un tipo recatado, pero estoy seguro que Helena hubiera preferido un pedo o un eructo a un buenos días.


*        *        *

Los muchachos me decían que me había sacado la lotería, que una mujer linda y que no hablara era muchísimo más de lo que merecía un charleta como yo. También me gastaban, decían que como no me dejaban hablar en mi propia casa yo martirizaba a los clientes. O que se la iban a culear a Helena, total nunca contaba nada, y cosas por el estilo. Yo sostenía que decían eso porque tenían mujeres que les hablaban, los escuchaban y los comprendían. Que cada uno añora solamente lo que no tiene. Sin embargo, fueron contestes en que las mujeres sólo hablaban boludeces, cuando no rompían las pelotas por cualquier cosa. Bueno, siendo así... tal vez tuvieran razón.
Lo que es yo sentía terribles nostalgias de hablar con minas. Sobre todo en ciertas situaciones, ustedes saben. Así que empecé a valerme de algunas profesionales con la consigna de que hablaran mucho mientras lo hacíamos. Y las putas, para eso, son mandadas a hacer. Su arte generalmente consiste en exteriorizar plenitud; fingida, la mayor parte de las veces. Y esa exteriorización, todos sabemos, obtiene su mejor vehículo en las cosas que nos dicen; nos encanta que nos cuenten efusivamente lo bien que las hacemos sentir. Llegué a pagarles solamente por charlar un rato, sin ninguna otra actividad complementaria. A todo evento, les confieso que los mejores polvos, aunque silenciosos, me los pegaba con Helena. Las trolas deben pensar que estoy loco.


*        *        *

Una tardecita estaba cortando bola de lomo para milanesa al profesor de la vuelta, y charlando de bueyes perdidos me enteré que su especialidad era la psicología. Me tomé el atrevimiento de presentarle el caso de Helena y se mostró muy interesado al respecto.
-¿Cuánto hace que conviven? –Me preguntó.
-Un año, va a hacer, la semana que viene.
-¿Y cuántas veces hablaron, en ese año?
-Y, qué sé yo… contando el día que nos conocimos, a ver... unas diez, doce veces.
-¿De algún tema en especial?
-No, supongo que no.
-¿Alguna vez fue ella quien inició el diálogo?
-Un par de veces. Una vez me sorprendió. Un domingo, a la noche, tomábamos unos mates en la galería, mirando el cielo, y de repente me dijo que un tal Bárrous, o algo así, había dicho que el lenguaje era un virus que venía del espacio exterior. Yo no supe qué contestar, y me pareció piola hacerme el parco.
-Qué notable.
-Otra vez salió con eso de que el hombre es amo de sus silencios y esclavo de sus palabras. Supongo que era una crítica directa a mi forma de ser.
-Puede ser. Y dígame, el resto de las cuestiones que hacen a la vida de pareja, usted sabe, ¿funcionan bien?
-Joya, profe, la verdad es que no me puedo quejar.
-Pero sin embargo usted siente que le falta algo.
-No, no siento. Me falta, algo.
-Esta bien, lo comprendo. Pero lo que usted no puede negar, querido amigo, es que tiene una concubina muy prudente, desde cualquier punto de vista.
-¿Y a usted le parece, profe, que puede hacerse algo -no digo para que cotorree- pero al menos para que se vuelva un poco más normal?
-Bueno, mire. Yo podría encargarme de su caso. Sin cobrarle nada, por supuesto. Por mero interés profesional. La verdad es que me gustaría descubrir el origen de esta supuesta fobia. Claro que es estrictamente necesario que ella esté de acuerdo.
-Y, me parece un poco difícil, no sé.
-Es el único modo. Trate de convencerla.
 
Quedé inmerso en un problema. Por un lado, anhelaba mucho poder dialogar despreocupadamente con Helena, de cualquier cosa. Pero por otro tenía bastante inquietud respecto de las cosas que ella seguramente tenía ocultas, cosas quizá terribles que habían motivado su férrea clausura. O sea, estaba anclado entre dos miedos: a lo que no conocía, y a la continuidad del misterio. Dicen que uno teme a lo que no conoce, aunque seguramente una simple certeza puede devastar a la autoestima más afiatada. De todos modos, decidí indagar hasta donde me fuera posible. Un hecho puntual, por tremendo que sea, puede agotarse y eventualmente asumirse, aún a pesar de la enormidad que sus implicancias pudieran tener. Un enigma sólo tiene los límites de nuestra perversa imaginación.
Esa misma noche, mientras cenábamos, hice señas de que quería comunicarle algo. Ella inquirió con un leve cabeceo hacia atrás y yo sinteticé:
-Hablé con un psicólogo. Quiere tratarte. –Ella se encogió de hombros, como fastidiada.- ¿Estarías dispuesta? –Inquirí, y mis palabras sonaron como petardos. Ella volvió a encogerse de hombros y allí supe que debía tomar la iniciativa.


*        *        *

Al día siguiente volvió el profesor. Era raro que viniera dos días seguidos, aunque esta vez pidió un pollo. Yo permanecí callado, a ver si aquel intelectual mostraba la hilacha. A pesar de que lucía un aire ligeramente intrigado, no dio voz a inquietud alguna, así que tuve que salir al ruedo.
-Hablé con Helena, acerca del tratamiento ése que me ofreció ayer.
-Ah, ¿sí? ¿Y qué dijo?
-¿Decir? No dijo nada. Simplemente se encogió de hombros. Creo que se mosqueó, un poco.
-Bueno, en todo caso no va a ser la primera vez que un paciente no me quiere o no me puede hablar. Tengo bastante experiencia con pacientes autistas, por ejemplo. Pero finalmente, ¿a usted le parece que transigirá, que aceptará de alguna manera someterse al tratamiento?
-No sé, creo que ni la conozco. Al menos interiormente, por supuesto. Digo interiormente en un sentido espiritual, ¿me entiende?
-Sí, claro, me imagino. Escuche, tengo una idea. Invíteme a cenar.
-Está bien pero usted traiga el vino.
-O.K., eso es lo de menos. No se trata de una visita social, me imagino que se habrá dado cuenta.
-Ah, ya.
-Y la idea es la siguiente. Yo llego, usted me abre la puerta, no me saluda ni me dirige la palabra, ni a ella. Yo tampoco diré esta boca es mía. Cenamos los tres en absoluto silencio y luego yo me voy, igual que como llegué. Sin pronunciar ni una sola palabra.
-No lo entiendo. Disculpe, pero no me doy cuenta muy bien de cuál es el punto.
-Es muy simple. Vea, para que usted me entienda, le digo que se trata de una terapia de shock. Tal vez el silencio forzado, o lo absurdo de la situación, pueda llegar a incomodarla. O a excitar su curiosidad, o a producir algún cambio en su estructura que la lleve a modificar su conducta. Cuando se altera un sistema, las consecuencias pueden llegar a ser impredecibles. Esto que le digo es grosso modo. Transmitirle las experiencias y fundamentos que abonan esta teoría me llevaría más tiempo del que disponemos.
-Ah, sí, por supuesto.
-Lo que sí, no debe adelantarle absolutamente nada. Debe estar completamente ajena a la maniobra.
-Más bien... mire, profe, ¿para qué esperar? ¿Por qué no se viene a cenar hoy mismo?
-¿Le parece, hoy?
-Hoy mismo. ¿Quiere pollo? Déjelo, no lo lleve. Helena lo prepara muy bien. A la portuguesa.
-Bueno, en ese caso... ¿a las nueve está bien?
-A las nueve.

*        *        *

Muy poco hay para decir acerca de aquel experimento, a mi criterio totalmente fallido. Helena no se mostró sorprendida en lo más mínimo. Actuó como si hubiera estado al tanto de todo. Al principio se comportó con suma naturalidad, saludó con una leve inclinación de cabeza al profesor, agregó la vajilla necesaria, revolvió un poco la olla con la cuchara de madera y cortó morcilla fría y queso para que fuéramos picando. El profe y yo, en tanto intercambiábamos miradas furtivas. Realmente, éramos nosotros quienes debíamos hacer grandes esfuerzos para no exteriorizar el estupor. Qué mujer, aquella.
A medida que transcurría esa rara suerte de afónica cena social, Helena se sentía cada vez más a sus anchas. El pollo estaba buenísimo, quizás como nunca antes. Era increíble, pero tal como estaban dadas las cosas solamente podía gozarse del delicioso sabor del guisado y de la contemplación de los hermosos y sugestivos ojos de Helena, esa noche igualmente dotados de brillo y vivacidad inéditos. Esas eran todas las cosas buenas que podían apreciarse por allí; estábamos en su terreno, de nada valía toda eventual habladuría, la que sólo iba a servir para impedirnos disfrutar de lo único verdaderamente valioso en aquella situación: la comida que preparó Helena y ella misma. Que brillaba, parecía que el fondo se lo había pintado Van Gogh. Nosotros, en cambio, quedamos reducidos a lo que finalmente éramos: una rata carniza charlatana y una rata pseudointelectual. ¿Qué clase de plan era ése?


*        *        *
El domingo siguiente me fui “de putas“, como dice Pepe. De vez en cuando lo hacía, como ya comenté. Les pagaba para que me hablaran mucho mientras lo hacíamos. El sexo ahogado que tenía con Helena era sublime, pero no me bastaba. Con las chicas de alquiler apenas si podía controlar mis ganas de golpearlas para que me hablaran más.
 
Cuando volvía a casa, escuché por la ventana de mi pieza que Helena pedía por favor a gritos “¡MÁS! ¡MÁS, OH DIOS MIO, MÁS!”, y cosas por el estilo. Gritaba más que la puta a la que acababa de pagar para ello. Me quedé un momento oyendo y escuché al profesor mascullar obscenidades en tono grave. Hija de puta, parecía que el tratamiento era bueno, finalmente. El tipo era un capo. O tenía un buen pedazo de carne, andá a saber. Abrí la puerta sigilosamente y entré de puntillas, y “¡DIOS MÍO, VOY A EXPLOTAR, MIRÁ CÓMO ME HACES PONER Y... Y... AAAAaaaaarrrrghhh...”. Bueno, parece que Helena había acabado. El tono grave y poco discernible a distancia continuaba, el profe parece que le quería seguir dando. De vez en cuando Helena gemía, más fuerte cada vez, se nota que iba entrando en clima de nuevo. Fueron elevando el volumen de sus expresiones amatorias, el profe ahora también. Helena proseguía: “¡ASÍ, ASI TE GUSTA MI AMOR Y SÍ, LO QUE QUIERAS Y AY AY AY POR DIOS, MÁS! MÁS!”, todo ello musicalizado por los elásticos de mi propia cama.
Abrí la puerta del negocio ruidosamente y toda la actividad cesó de golpe. Tomé la chaira y la cuchilla de trozar y le di unos cuantos toques. Me imagino cómo les habrán sonado a los amantes. Salí a la galería, me senté y seguí chaireando. La casa estaba en perfecto silencio, como le gustaba antes a Helena. Al rato salió el profesor, durito, como con un palo en el orto. Me dijo que la había encontrado muy bien. “Claro, claro –dije yo- que la encontró muy bien.” Saludó y se fue todo fruncido. Poco después, Helena pasó para el baño, usó el bidet y salió a la galería. Se plantó frente a mí, que seguía chaireando, y me dijo:
-Buen tipo este profesor, ¿eh?
La miré, miré la cuchilla y no le contesté. No sabía si me daba más bronca que se la hubiera cogido el punto ése o que ahora me hablara así, tan como si nada.
-¿No me vas a hablar? –Preguntó. Yo le respondí con un meneo de cabeza. Una hora más tarde, se había ido, llevándose todas sus cosas. Yo me quedé pensando pero la puta, viejo, tiene razón. El habla era una mierda, nos había separado.
 
Odié al lenguaje. Desde aquel día trato de expresar todo con movimientos corporales o gestos. Quizás haya sido el trauma lo que me insufló de cierta misantropía. O tal vez sea que hay algo realmente maligno en eso de hablar, y hablar. Por las dudas sólo me permití esta pequeña digresión y ahora me llamo a silencio definitivamente, no sin antes pedirles –en un todo de acuerdo con mi nueva modalidad- que adivinen la seña que les estoy haciendo.

miércoles, 22 de junio de 2011

DEUS ET LINGUA

-Dios habla en lenguaje matemático.
-Primero, Dios, no sé si existe. Segundo, si existe, dudo que hable. Tercero, si habla, dudo que lo haga en lenguaje matemático.
-Lamento que la zancadilla cartesiana te haya afectado tanto. Lo que te digo es harto evidente. Ya lo sabían los pensadores de la antigüedad, y mismo hoy día la única manera de aproximarse al plan divino es a través del análisis de ecuaciones. Más allá de todas las reducciones mecanicistas, segmentadoras de procedimientos gnoseológicos en función de pragmatismos varios, mas allá de las elaboraciones de corte psicologista, metafísícas o filosóficas, viciadas por su inevitable componente subjetivo, sólo quedan números y fórmulas que desentrañar. La gran metáfora del secreto nombre de dios, el número cabalístico, la resolución del teorema primario; ése es el único camino hacia la verdad objetiva. Todo lo demás son lenguajes ajustados a conceptos que acaban autofagocitándose, una vez terminado su acto de canibalismo respecto de todo otro discurso más o menos opuesto, o incongruente con él mismo.
-El tuyo también es un discurso del tipo de los que querés dar por perimido…
-Claro, pero porque aún no he podido ajustarlo a términos algebraicos; y si lo hubiese hecho, dudo que pudieras llegar a entenderlo.
-¿Ves lo que te digo? Las matemáticas están bien para contar volúmenes de cosechas, cantidad de huevos en el gallinero, o si querés, capacidad de fuego de un ejército. O cosas como ésas. Si las extrapolás a cuestiones metafísicas, terminás hablando más giladas que los pitagóricos, o los idiotas ésos que ahora tratan de averiguar con la calculadora qué carajo pasaría si cayeras en un agujero negro, o si viajaras a cinco veces la velocidad de la luz. (Entre paréntesis, el cálculo “oficial” de la velocidad de la luz ya me parece un número arbitrario, establecido por tipos que dan por cierto algo incomprobable. No saben qué carajo es la luz, a ciencia cierta, pero creen saber a qué velocidad viaja... cualquiera, decime vos si no están delirando.)
-No, pero eso ha sido demostrado con prolijas experimentaciones y apoyatura de tecnología adecuada.
-Ah, a eso sí le das crédito, ¿no? Bueno, mi amigo, supongo que estás escogiendo arbitrariamente los medios para adaptarlos a fines preestablecidos. Eso es lo que hemos estado haciendo, los homo sapiens. Diseñar herramientas de acuerdo a nuestras necesidades y características. Al principio, puliendo piedras. Después, sofisticando las técnicas y desarrollando artefactos cada vez más complejos, en un principio para tomar ventaja en las cuestiones de supervivencia y dominio del entorno. Después, el propio impulso y las capacidades de algunos individuos -sobrados de tiempo por las condiciones que esta escalada tecnológica generó en ámbitos si se quiere sociológicos-, hizo que el modelo de mensura determinara primero las características de los objetos a estudiar, y propició un estado de cosas en el que la corroboración estaba ya dada potencialmente en los instrumentos diseñados para tan fraudulento cotejo. Fijate que una impronta tan decisiva para el derrotero evolutivo del organismo humano tenía por fuerza que cristalizarse -como de hecho lo hizo- de modo tal que seguramente nos llevará algunos milenios más desarticular ese molde tan restrictivo.
-Está bien, pero precisamente las matemáticas y la lógica simbólica, por las características abstractas que les son propias, constituyen la única vía para despejar esos componentes culturales distorsionantes a los que hacés referencia.
-Y un carajo. Por el contrario, esa clase de lenguaje define palmariamente el diagrama que estructura lo que ingenuamente llamamos cosmos. Una ínsula de ecuaciones sujetas a elementales empiries que nos deja en un archipiélago de presunto sentido y cuyas costas se ven azotadas por el maremágnum de elementos caóticos irreductibles. La regularidad en las sucesiones de día y noche, el equilibrio de los sistemas planetarios, las fases lunares, todo eso es apenas un ápice de certidumbre enclavado en lo absoluto, que es caótico, inmensurable, indiscernible e inabarcable por cualquier componenda metódica.
-Dios es la unidad. A partir de un acto de diversificación, de evidente sesgo numérico, produjo lo que conocemos como realidad. Y es nuestro deber desandar las líneas de creación, adecuarlas a un sistema, discríminar y juntar, hallar la pauta general que descifre por fin la economía celeste.
-Siendo así, sería muy fácil. La secuencia entonces sería: 0 /1 / 2 n.
-¡Joder! ¿Sabés que tenés razón?
-Igual, no lo tengas muy en cuenta. Es sólo una pequeña contribución para evitar que tu sacrosanto lenguaje abstracto continúe sufriendo la misma, absurda e infecunda complejización que los demás. El ser y el no ser, mas todos los claroscuros entrambos, no aceptan clave alguna. El misterio final se ríe de todo intento decodificador. Cualquier empresa en ese sentido resulta, a ultranza, payasesca.

-Ladran, Sancho. Señal que factoreamos.

domingo, 19 de junio de 2011

EL BASILISCO

     
basilisco.

(Del lat. basiliscus, y este del gr. βασιλίσκος, reyezuelo).

1. m. Animal fabuloso, al cual se atribuía la propiedad de matar con la vista

Diccionario de la RAE  



        
Por cuestiones de laburo que no voy a incluir aquí en virtud de su prosaica condición esencial, me vi arrojado a vivir tres meses en un pueblo del interior de la Provincia de Buenos Aires. Ustedes saben, la gente trabaja, hace compras, mira televisión y espía por las rendijas. Los pendejos van a “la confitería” y los hombres mayores, al “clú”. Si bien me aburrí como un hongo, al menos tuve un poco de tiempo para chupar solo, ejercicio que considero altamente recomendable para ser efectuado por cualquier persona de inquietudes délficas, al menos de cuando en cuando.
Tuve oportunidad de frecuentar el restaurante del gordo Pichón, donde se morfaba bien y barato y uno se encontraba en un ambiente familiar, de esos que resultan reconfortantes en tanto no se trata de la propia familia. El gordo era un tipo bonachón y servicial, chupaba lindo y parejo nada menos que Don Valentín, y cuando la clientela se iba retirando me llamaba a su mesa y le dábamos entre los dos. Una vez se quedó con nosotros el cura párroco, un gringo rubicundo y a todas luces temperamental. Hablamos generalidades; después ellos se pusieron a comentar varias vicisitudes de vecinos que me dejaban fuera de cuestión y poniendo cara de “qué interesante”. No tardé en desviar la conversación a los trascendentales, y el que quedó afuera esta vez fue Pichón. Ahora bien, es obvio el galimatías que puede generarse en un tipo de discusión así, entablada a través de lenguas moradas y dendritas laxas por el tinto, así que solamente voy a referir que yo pretendía que aquel sacerdote me explicara, de modo que yo pudiera mínimamente comprender, el por qué se establecía como abstracción final y primer motor inmóvil a lo que parecía tan sólo ser una instancia arbitrariamente dispuesta como última, en una simple inferencia de tercer o cuarto orden frente a la infinita secuencia de posibles procedimientos abstractivos. El cura ni siquiera pestañeaba cuando aseguraba que la sana lógica evidenciaba que lo último, origen a su vez de todo, es necesariamente lo que se encuentra más allá de todas las generalizaciones imaginables, y que precisamente en eso consistía el concepto de lo trascendental, únicamente aplicable en sentido estricto al creador. La cosa se puso bastante buena, en ningún momento el gringo dio la impresión de querer evangelizarme, limitando la cuestión a un mero ejercicio intelectual, cosa que fue la primera vez que me pasó en oportunidad de conversar con miembros del clero. Tan es así que comencé a visitarlo en su casa parroquial, me prestaba libros y pasábamos tardes enteras en la vieja parodia del relativista versus el exégeta de la moral divina. Pese a que la cosa difícilmente alcanzaba brillantez alguna, lográbamos entretenernos y hasta acalorarnos a veces, aunque sin alcanzar situaciones incómodas. Finalmente conseguí que reconociera que varios pecadillos a los que soy afecto no son pasibles de condenación eterna, pero no pude hacerlo transigir en lo que hace a los llamados pecados “mortales” bajo ningún respecto. Las Tablas de la Ley eran la voluntad de Yahveh tal como se las había dictado a Moisés, y había que cumplirlas “al pie de la letra”, dado que nadie podía arrogarse el rol de aventurar, desde su contingencia, la pertinencia o no del mandato en determinadas circunstancias.

Poco después pude comprobar lo endebles que pueden ser los principios, por internalizados que estén, frente a las tormentas del ánimo
.
Un sábado al mediodía fui invitado por el párroco a comer un cordero al asador. Allí fui, y mientras el cuadrúpedo adquiría las tonalidades cobrizas pertinentes, fuimos picando unas morcillitas frías y sorbeteando algunos Martinis. Me pareció un poco violento someter a juicio el problema de la gula, al menos en ese contexto, así que lo dejé para otra oportunidad.
En eso estábamos cuando vi salir por detrás de la casa parroquial a un contingente de niños acompañados por el sacerdote asignado a esa capilla como ayudante del gringo. Éste también los miraba, frunciendo el ceño de modo ostensible.
-¿Qué pasa, don? –Le pregunté.
-Nada, son los pibes de scout.
-¿Y le preocupa algo?
-No, los pibes no. Es ese tipo, que no me gusta nada.
-¿Cuál, el cura? ¿Y por qué no le gusta?
-Porque no me gusta. Tiene mirada torva, parece medio ladino. Lo mandaron castigado, acá.
-Ah, ¿sí?
-Sí. Y me parece que tiene mañas raras. Lo tengo vigilado, pero me parece que en cualquier momento muestra la hilacha.
Comimos el cordero y luego permanecíamos en una agradable sobremesa filosófico-etílica de ésas que tanto nos gustaban, cuando vimos tres o cuatro pibes pasar corriendo por delante de la iglesia. El gringo no más verlos se levantó como un resorte y los llamó, pero venían alarmadísimos, y apenas si gritaron que el cura había visto un basilisco en el parque, y los había mandado corriendo a sus casas.
-¡Un Basilisco, hijo de puta, yo te voy a dar, un basilisco! –Dijo, encendidos sus rojos naturales por la ira, mientras ingresaba como exhalación en la casa para salir inmediatamente con una 9mm en su diestra. Casi corría rumbo al parque. Troté un poco para darle alcance.
-¡Eh, jefe! ¿Qué está haciendo?
-Con razón el hijo de mil putas se pasó toda la semana hablándoles del basilisco, y qué sé yo cuántos, se la estaba preparando...
-Oiga, padre, contrólese... vaya a ver primero y después saca el chumbo, qué le pasa... –noté que en la desesperación le había dicho “padre”. Será que también me caben las generales de la Ley.
Ingresamos al parque y parecía desierto, aunque frondosos árboles de copa baja dificultaban una visión exhaustiva. Sin embargo el gringo, estimulados sus sentidos por una dosis quizá excesiva de adrenalina, divisó un lienzo negro detrás de un ligustro.
Me hizo señas muy imperativas para que guardara silencio, y caminamos sigilosamente hasta un lugar en donde pudimos ver una escena deplorable: un niño de unos siete años estaba con su cabeza literalmente metida dentro de la sotana del degenerado. Sí que le estaba mostrando el basilisco.
-¡Aaaaah, bastardo! –Rugió el gringo, y su tez alcanzó el punto máximo de rojez. El pibe, lloroso, se dio vuelta y apenas tuvo tiempo de quitarse antes que el cargador de la 9 fuera vaciado en el cuerpo del pederasta, que ni alcanzó a enfundar. Quedó allí tirado, contra el ligustro, mientras su vida y su erección declinaban acompasadamente. No obstante alcanzó a decir: “Gracias, padre, por haberme liberado de este infierno.” Nunca sabré a qué padre se refería, si al que lo había baleado o al Jefe.
El pibe ahora lloraba a gritos, y el gringo era la imagen misma de la desolación empuñando un smokin’ gun. Tomé al pibe de la mano y me lo llevé.
Lo acompañé hasta su casa pensando en qué podía decirle para paliar un poco el daño que le había sido infligido, pero no se me ocurrió nada, y como estaban las cosas, más valía no improvisar.
Rumbo a la pensión traté de arribar a alguna conclusión que justificara semejante experiencia; mas las cosas eran, esta vez sí, muy claras para mí: el Basilisco, como los sacerdotes, podían matar tras un mero golpe de vista. La cagada que los sacerdotes existen.