lunes, 7 de noviembre de 2011

EL VELLOCINO DE ORO ERA LA VULVA DE MEDEA


Subí a mi viejo Dodge 1500 y salí para la casa de Derek Gardiner, un antiguo amigo que me acababa de llamar por teléfono. Cierta urgencia en su voz -aderezada con algo de dramatismo-, me arrojó a una de esas situaciones en las que, si uno no acude rápido, puede quedar preso de un karma muy pesado. ¿Por qué a mí?, era la pregunta que me formulaba, toda vez que hacía fácil veinte años que no lo veía. Siendo jóvenes habíamos trabajado juntos en algunas panartistadas, esos happenings de tardíos hippies argentinos en los ’70. Él era británico de nacimiento, pero formaba parte de esa legendaria tribu urbana de antaño. Y era además un artista plástico excepcional, tan excepcional como lo era su desidia y desinterés por cualquier cosa que tuviera que ver con carrera artística. De no haber sido por la pequeña fortuna amasada por sus padres -inmigrantes class up que se hicieron la América al tiempo que la deshacían para los americanos-, tal vez hubiera averiguado algo acerca de esa maldición bíblica sellada con la frase “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”.
Cuando llegué a su casaquita, ubicada en un lugar entre Villa Elisa y Arturo Seguí, estaba esperándome en la puerta. Se lo veía algo macilento, y su pelo largo y barba eran ya absolutamente blancos. Tenía mi edad, pero parecía mucho más viejo (y eso que yo no soy ninguna pinturita, valga la metáfora cromática)
-Hola, Cratilo, tanto tiempo.
-La verdad, Derek. Mucho, mucho tiempo. Y encima viene Gardel y dice que veinte años no es nada…
-Sí, el mudo tenía razón. Veinte años son un parpadeo, pero…
-La cantidad de cosas que suceden, durante ese parpadeo, ¿no?
-Ni hablar. Pasá, vamos a tomar algo.
-Dale.
Pasamos a una sala rústica pero muy acogedora, con estufa hogar y techo muy alto. Sobre las paredes lucían numerosas pinturas, algunas las reconocí de los viejos tiempos, pero la mayoría eran más nuevas, y dejaban apreciar la notable evolución de Derek como artista. Fue imposible no pararme un buen tiempo delante de alguna de ellas, en contemplación admirativa.
-Loco, cada día pintás mejor.
-Pintaba, Cratilo, pintaba.
-Qué, ¿dejaste de pintar?
-Totalmente.
-Qué picardía.
-No sé; en todo caso, me importa tres carajos.
-Como siempre, bah.
-No. Menos que siempre. Antes tenía vocación, e impulso. Ahora, no tengo nada. Nada de nada. Naditas.
-Loco, eso me suena a depresión.
-Y lo es, creéme que lo es. Y tengo sobrados motivos para estar deprimido.
-Y querés hablar conmigo por eso, ¿no?
-No, no por eso. Vos sabés que no me gusta andar contagiando vibraciones bajas por el mundo. Y menos a los amigos.
-¿Y entonces por qué?
-Estuve leyendo tu blog (puta madre que lo parió. Y después uno se pone contento cuando crece el número de visitas).
-No lo digo por vos, entendeme, pero a veces, a tenor de las sorpresas que me trae, me veo tentado a hacer lo mismo que vos, no escribir más nada y a la porra.
-Ya lo sé. No es nada nuevo, eso. Pero te aseguro que lo mío es distinto.
-Sí, claro, vos sos vos y yo soy yo.
-Aparte, vos no tenés cáncer linfático.
Fue como si hubiera estallado un trueno. No supe qué decir. Finalmente balbuceé, sin el menor fundamento:
-Bueno, pero ahora hay tratamientos, rayos, qué sé yo…
-No pienso meterme a dar vueltas en un spiedo. Si tengo que morir, moriré de frente a las parcas.
-No puedo decirte nada. Creo que yo funciono igual -concedí, mientras me empinaba el buen vaso de Johnnie Walker etiqueta negra que acababa de servirme.
-Viste que whiskycito, ¿no?
-Jamón del medio.
-Y, qué menos. Los gustos hay que dárselos en vida -comentó con melancolía, atiborrando de sentido al lugar común.
-Hiciste bien en llamarme. Siempre te recuerdo con mucho cariño. Pero lo que no entiendo es qué tiene que ver todo esto con mi blog.
-Sucede que en mi vida hay una historia central, una suerte de bisagra, que necesito contar. Pero no contarla a un amigo, como voy a hacerlo a continuación. La cosa es que necesito contarla a un amigo que a su vez la pueda contar a mucha gente. Entonces, y después de encontrar tu blog y leerlo, me encontré con que mi historia no desentonaría mucho que digamos entre las tuyas.
-Bueno, pero de ahí a llegar a “mucha gente”…
-Pasa que hablé con varios escritores de primera línea, pero me rechazaron (levanté mi mirada de golpe, justo para ver en su gesto que me estaba tomando el pelo). Esto no tiene nada que ver con la notoriedad, Cratilo. Si quisiera renombre lo hubiese buscado por otro lado. Se trata de culpa, amiguito. Siento que lo tengo que contar.
-Adelante. Contá, nomás -le dije, mientras volvía a servir sendas dosis del emblemático “Juancito Caminante”.

Una noche, hace algunos años, golpearon a la puerta. Era una hermosísima muchacha rubia. Me preguntó:
¿Usted es Derek Gardiner? -y yo le respondí:
-Sí, gracias a dios.
-¿Por qué dice eso?
-Porque detestaría que una mujer tan bella como vos buscara a cualquier otra persona. Pasá, nomás.
-Había sido rápido para los mandados, Mr. Gardiner.
-Pura galantería de viejo verde. No me hagas caso. ¿Y a qué debo el honor?
-He estado modelando para algunos pintores, y si bien no estoy desconforme con la paga, debo decir que eran tipos tan mediocres como presuntuosos.
-Ahá, la mayoría lo son, viste.
-Y fue en esos ámbitos donde oí su nombre y pude ver algunos de sus trabajos. Me impactaron, realmente.
-Bueno, no sé si serán para tanto; lo que sí te puedo asegurar que presuntuoso, no soy. Tal vez un poco atrevido, en algunas circunstancias.
-¡Atrevido! ¡Qué antigüedad! -Señaló, y rió de un modo tan musical que sentí que algo se rompía dentro de mí. Y algo se debe haber roto, nomás. -Ahora se dice “zarpado”.
-Ah, bueno, claro. Un poco zarpado, a veces.
-¿Debería asustarme, entonces?
-No, en lo más mínimo. -Respondí, totalmente seguro. Tal vez si hubiese sabido, entonces… -¿Y qué te trae, por acá? No me vas a decir que es por mero fanatismo, porque no te voy a creer.
-No. Vengo por la historia.
-¿Qué historia?
-Usted está condenado a pasar a la historia. No importa, como me han dicho por ahí, que le interese tres carajos difundir su obra. Quiera o no, le guste o no le guste, usted va a pasar a la historia del arte.
-Bueno, como dijo Groucho, “¿Qué ha hecho la posteridad por mí?” De todos modos, me encantaría saber cuál es tu rol en esta epopeya. ¿Querés que nos casemos?
-¡No, jajajajá, me conformo con mucho menos!
-¡Qué lástima! Aunque… ¿con qué te conformarías?
-Con modelar para usted. Será mi imagen la que trascenderá de la mano con su talento.
-Entonces estamos en problemas, porque si te desnudás, no creo que vaya a poder concentrarme en la pintura.
-Bueno, entonces empecemos por saciar los instintos, así después me pinta tranquilo.
Nunca creí que una mujer podía ir tan directa y desenfadadamente al grano. Jugueteando, y para alimentar fantasías, comenzó a desvestirse lentamente, mientras yo bebía whisky en este sillón. No podía dar crédito a la belleza de ese cuerpo, la nobleza de sus rasgos enmarcados por cabellos rubios, ondulados y firmes. La delicadeza de sus pechos, rematados en rosados y gráciles pezones, totalmente integrados a la armonía de su joven humanidad. Qué voy a decirte, Cratilo, un ejemplar de belleza hiperbórea en su justo punto. Y entonces llegó la parte en que me descubrió la fuente de todas mis pasiones y amarguras. Su monte de Venus, coronado de espigas amarillas brillantes como la luz del sol, habría hecho empalidecer a ojos vista incluso a la diosa que le dio su nombre. Jamás en mi vida -y he visto muchas, creéme-, había visto una vulva semejante. Soy, por afición, sensible a las formas bellas y armónicas. Y te aseguro que para mí, en ese momento, era el mismísimo portal de los jardines del edén. Pero fue su dulce voz la que me sacó del arrobamiento:
-Oiga, Derek, cierre un poco la boca, ¿quiere?
Se acercó hacia mí, ya completamente desnuda. Apoyó un pie aquí, en el brazo del sillón, y entonces el panorama se volvió sublime. Pude ver las delicadas mucosas rosadas en los claros del áureo vello púbico. Acaricié tenuemente el lado interior de sus piernas exquisitamente torneadas, y fui subiendo en tanto ella se estremecía, hasta hacer contacto con su sexo. Entonces soltó un leve gemido. Jugueteé un rato con mis dedos y tuvo un orgasmo. Era rápida. A continuación acerqué mi boca y bebí directamente de la fuente. Alcanzó otro clímax, esta vez más ruidoso y expansivo. Estaba tan listo que apenas si tuve tiempo para bajarme un poco los pantalones y recibirla, a horcajadas y más que dispuesta. Conseguí sacarle tres polvos más antes de dejarme ir en el interior de aquella maravillosa vagina rubia. Mientras lo hacía, casi ahogado y alienado de placer, ella apretó mi cabeza contra sus dulces pechos. Sólo entonces advertí que aún no sabía su nombre. Se llamaba Medea. O así al menos es como vamos a decirle.

-Muy impresionante -comenté. -Pero supongo que eso no es todo, ¿verdad?
-Verdad. Esa fue sólo la primera vez. He de decirte que a partir de allí nos fuimos sofisticando y alcanzando intensidades sexuales inéditas para ambos, cosa absolutamente cierta en lo que a mí respecta.
-Puedo inferir, por la duda implícita en lo que acabás de decir, que está por aparecer el estigma de la infidelidad…
-No sé si tanto, o mejor dicho, no sé si puede considerarse infidelidad, por cuanto jamás nos prometimos cosa alguna. Y tampoco sé, a ciencia cierta, si tuvo relaciones sexuales con otro. Pero me estoy anticipando…
-Dale, disculpá, no interrumpo más.
-Y nuestra rutina no era muy usual, al menos eso creo. Jamás modeló. Yo simplemente me sentaba en este sillón, ajustaba las condiciones de luz y miraba, obsesivamente, esa deslumbrante entrepierna. A veces durante horas. Y luego, indefectiblemente, sobrevenía el frenesí.
-¿Tan impresionante era? ¿Tanto como para provocarte semejante obsesión?
-¿La querés ver?
-Qué, ¿está acá?
-Bueno, ella no. Su imagen, digo.
-Dale. Siempre me gustó ver pinturas tuyas. ¿Pero no dijiste que nunca modeló?
-¿Y te parece que después de tantas horas de contemplación no iba a ser capaz de pintarla de memoria?
-Claro, qué se yo de técnicas pictóricas.
-Seguime -dijo, yendo para adentro luego de manotear y abrir otra botella. La primera ya la habíamos hecho mierda. Entramos en una habitación, encendió unas luces bastante fuertes y puntillosamente dirigidas y pude ver, como en una especie de alucinación, innumerables óleos de una fascinante vagina rubia en diferentes ángulos y posiciones. Debo haber quedado tan boquiabierto como el pobre Derek la primera vez que la vio.
-Ésta es la serie que he dado en llamar “El vellocino de oro”. Desde que la perdí, no puedo pintar otra cosa.
-Eso explica lo de “Medea”, ¿no?
-Estuve un poco lineal, sí. Ponele el nombre que quieras.
-Medea me encanta.



-O.K., como te parezca. Pero ahora viene la parte aciaga. Cada vez que venía, se quedaba a dormir. Y resulta que, con el tiempo, advertí que nunca venía los viernes. Aunque nunca hablamos de ello, yo aprovechaba esos días para salir un poco y distraerme, comer algo por ahí, ir al cine… Un día salía de ver September, de Woody Allen, cuando la ví. Venía caminando con un individuo bastante desagradable. Mirá que no soy prejuicioso, pero el tipo ése tenía todo el aspecto de un mafioso. Y vestía como tal, también.
-¿Y cómo viste, un mafioso?
-No sé, pensá el estereotipo que quieras. No viene al caso. La cuestión es que los seguí, hasta que entraron en un puterío fashion de ahí del centro.
-¿Era puta?
-No sé, por lo menos era stripper. Y todos sabemos que de una especialidad a la otra…
-Hay un tranco de pollo.
-Exacto. Pero lo que me volvió loco fue su show, que pude ver desde las sombras, ya que los spots estaban dirigidos a ella, obvio. Simplemente se sentaba en un taburete y abría las piernas. Y los sucios pajeros que frecuentaban ese antro se volvían locos mirando aquella maravilla blonda. Eso configuraba para mí la mayor infidelidad.
-Puedo imaginarlo. Más, en esta habitación.
-Tenés razón. Volvamos al living.
A esas alturas ya estábamos zampándonos el whisky a puro morro, pasándonos la botella una y otra vez. (Lo bueno era que con el piquito vertedor nos ahorrábamos el intercambio de salivas -y sus dudosas faunas bacterianas y virales-, dado que teníamos que verter el chorrito en nuestras sedientas fauces.)
-La vida me resultó insoportable hasta el sábado a la tardecita, que volvió. Era tal la presión que me había impuesto a mí mismo con todo aquel asunto que ni bien entró, la increpé ácidamente por no haberme dicho nada acerca de sus números eróticos. ¡¿Me seguiste?! -Preguntó, entre sorprendida y furiosa. ¡Viejo hijo de puta, ¿qué te creés, que sos mi viejo?! ¡Andá a la puta que te parió! Y Cuando iba a irse, la tomé de un brazo, la zamarreé y sólo conseguí una mirada de profundo desprecio. Entonces vi todo rojo. La tomé del cuello y apreté hasta sentir un crujido. El susto me había vuelto en mí, aunque era tarde. La solté y se derrumbó, laxa, definitivamente muerta.
-¿La mataste?
-No quise hacerlo, al menos concientemente. Pero sí, la maté.
-¿Y no tuviste drama con la ley?
-Hasta el día de hoy, nunca vino nadie, ni nadie me dijo nada. La mutilé y la enterré acá en el fondo.
-¿La mutilaste?
-No mucho. Pero ya te conté de mi obsesión. Solamente tomé el vellocino de oro.
-Derek, todo bien, pero no te puedo creer.
-Ah, ¿no? Mirá.
Se dirigió hasta un estante y me alcanzó una cajita de oro finamente labrada. La abrí, y sobre el terciopelo rojo pude ver algo así como unas lonjas de piel disecada, rematadas por un penacho que aún conservaba su tinte dorado. Tuve un reflejo de náuseas, que ahogué en varios tragos de escocés.
-Macabro, ¿no?
-Vaya si lo es.
-¿Ves por qué te llamé a vos?
-¿Porque soy otro enfermo mental?
-¡Pues claro!
-¿Y por qué querés contar todo esto?
-Ya te lo dije. Siento culpa, y no tengo ninguna religión o espiritualidad que pueda consolarme, o darme esperanzas. Tal vez la confesión, indirecta y quizá no del todo sincera, pueda redimirme de cualquier cosa que haya que redimir.
-No sé, loco, son cosas muy privadas… aparte, puede ser que tu problema de salud te lleve a ver todo más dramáticamente.
-Creeme que para mí el drama es y ha sido la vida, y no la muerte.
-A veces siento lo mismo, pero como dice un poeta amigo, “el deprimido ve en gris”.
-Creo que no me vendría mal un poco de gris, después de fatigar tantos prismas. Voy a pedirte, en todo caso, que publiques mi historia después que haya muerto. Odiaría tener que pasar mis últimos días en la cárcel de Olmos.
-Como quieras. Sabés qué, me tengo que ir -mentí. Era que ya no podía seguir respirando esa atmósfera. Tan miasmática que me pareció intuir por qué se le había despertado la enfermedad.
-Claro que sí, atendé, nomás.
-Sabés que aunque no nos hayamos visto más, yo…
-Ahorrémonos eso, ¿querés?
-Tal cual. Pero no dudes en llamarme si necesitás algo.
-Ya ves que necesité algo y te llamé, ¿no?
-Está bien, seguí así.

Ahora, mientras escribo esto, tengo frente a mi vista la cajita de oro labrada, que contiene uno de los fetiches más poderosos que han pasado por mis manos. Derek se suicidó al otro día de nuestro encuentro, y sólo al cabo de largo tiempo estoy cumpliendo con su pedido. Creo que al fin he logrado exorcizarlo, así que voy a tirar a la basura el vellocino de oro y vender la cajita. A continuación, compraré con ese dinero todas las botellas de Johnnie Walker que pueda y las beberé a la memoria de mi amigo, el talentoso artista plástico Derek Gardiner. Él lo merecía, más allá de las tormentas románticas que dieron lugar primero a un romance épico y más luego a un crimen absurdo, ambos dignos de la intensidad de ese fuego que finalmente acabó por consumirlo.

jueves, 3 de noviembre de 2011

SI VENÍS A MI CASA BORRACHO, NO TRAIGAS A TU CHICA.


Era allá por el año ‘99, o 2000. A punto estaba de salir para el buffet del Club Uriburu a cenar algo. En dicho buffet, si bien rústico y barato -por tanto acorde a mis posibilidades económicas-, hacían buena comida. Justo en el momento en que estaba por abrir la puerta oí ruidosas voces desde la escalera exterior. Reconocí la voz de Pepe, que hablaba en ese tono cuando estaba borracho (o sea, la mayor parte del tiempo). Y también una voz de mujer que intentaba contener la estentórea verborragia de mi amigo. Adiós a las delicias de una solitaria y meditabunda cena, pensé.
-¡Cratilo, hijo de puta, qué hacés, hijo de puta! -Vociferó, ni bien abrí la puerta. Otro de los evidentes síntomas de su beodez consistía en que se ponía insoportablemente puteador. Yo no le presté atención alguna, un poco porque ya le conocía el rollo de memoria, y mucho porque estaba anonadado, casi golpeado por la belleza de la morenaza de ojos soñadores que lo acompañaba.
-Hola, pasen.
-Disculpa… comenzó la bella a decir con cierto acento centroamericano, mientras cabeceaba señalando a Pepe como para excusarse, en comunicación exclusiva (cosa que por un lado agitó mi repentino enamoramiento, y por el otro el sentido de lealtad para con mi amigo).
-No importa, ya lo conozco.
-¡Cratilo, hijo de puta, siempre en la cueva, vos, ¿no?!
-Sabés que soy un heremita.
-Yo diría que sos más bien un sodomita, pero…
-Jé Jé. Anotate una
-Soy Carolina, vengo de Medeiín -dijo la morocha, y me estiró la mano. Sentí un choque eléctrico tal que pensé que tenía uno de esos botones de chasco. Lo que no me impidió inclinarme para darle un beso en la mejilla. Mhhhhh (esto último intenta graficar mi embelesamiento por su aroma natural).
-Yo soy Cratilo hijo de puta, pero ya lo dijo él -reímos, y cruzamos una mirada que sólo podía traer vendavales; eróticos, emocionales o ambas cosas y quién sabe cuántas más. O era una turra de ésas que le gusta chichonear con todo el mundo, o estábamos en problemas. Al menos Pepe y yo.
-Siéntense.
-¿Estabas ocupado? -Preguntó ella por cortesía, mientras apoyaba sus increíbles posaderas sobre la esterilla de mis muebles estilo campo.
-Si estaba ocupado, que se joda. Che, Cratilo, ¿qué hay para tomar?
-Pepe, para iá un poco de ser tan grosero, ¿quieres?
-Te dije que ya lo conozco, no te hagas problemas volví a tranquilizarla.
-Bueno, hombre, pero que es un molesto, pues.
-Eh, loca, pará un poquito. Todavía que te traigo a conocer al mejor novelista de la ciudad…
-¡¿El qué?! -Pregunté, sorprendido sobre todo porque en este sentido no hacía más que vituperarme, mas era obvio: quería jactarse de sus contactos en el ámbito de la cultura local. Era un tipo muy persuasivo, capaz de convencer a sus alumnas que era el nuevo Deleuze. Ahora parece que por conveniencia me estaba inflando a mí.
-Dale, boludo, no te hagas el humilde. Ella lee para la Editorial Amazonia. Por ahí les interesa ver qué onda…
-Claro que me interesa -respondí, mientras clavaba mis ojos en los de ella.
-A mí también me interesa mucho -dijo a su vez, sin bajar ni desviar la mirada. -¿Qué temática abordas, en tus escritos?
-¿Y, chabón? ¿No vas a servir nada? ¿Qué clase de anfitrión sos?
Carolina sacudió la cabeza, ofuscada por los modos bastos de Pepe.
-Tengo vino o whisky.
-¿No tienes un… refresco, o algo así?
-¡Jajájájájá! ¡Justo, pedirle un “refresco” al mono éste!
-¿Querés que te vaya a comprar algo? -Dije, para contrastar con la poca caballerosidad de Pepe.
-¡No, por favor, un vaso con agua está mejor que bien!
-Hay un kiosco acá a veinte metros.
-No, por favor, un poco de agua y ya.
-O.K. ¿Y vos?
-¿Qué whisky tenés?
-Ah, bueno… elegí, whisky o vino. La calidad está fuera de discusión. Se llama “lo que hay”. Y si tenés una idea mejor, fijate que todavía no cerró el supermercado de los chinos. Andá y traé lo que quieras.
-¡Muy bien, así se habla!
-Dale, serví un whisky, está bien.
-Por favor, Pepe, a ver si te dejas de interrumpir. Le estaba preguntando al joven sobre qué escribía. (¡¿Joven!? No quise indagar, pero estoy seguro de que con toda facilidad podía tener la edad de su padre)
-No sé bien sobre qué escribo -respondí con absoluta sinceridad, como cada vez que soy objeto de una pregunta tan poco original como inconducente. -Sobre qué, no sé; pero lo que sí sé es para qué.
-Ah, pues que cosa más interesante. Entonces me dirás para qué escribes.
-Para divertirme. Por dos cuestiones básicas: la primera, es que nada ni nadie me obliga, por lo que cuando me siento frente a la PC es porque no tengo otra cosa más divertida que hacer. Y la segunda, porque la experiencia, aquilatada en años de fatigar oídos de amigos, me indica que cuanto más me divierto, más se divierten los lectores. Es perogrullesco, ¿no?
-Vaya si lo es -terció Pepe, con los ojos definitivamente a media asta. Y agregó, dirigiéndose a Carolina: -Este tipo es un filibustero social.
-¿Qué cosa? -Preguntó ella.
-Mirá que me han dicho disparates, pero eso…
-Vamos, vos sabés lo que quiero decir…
-No, la verdad que es un concepto que me resulta inabordable. Al menos no le encuentro sentido a la metáfora.
-¡Qué metáfora ni metáfora! Es literal, Cratilo, l-i-t-e-r-a-l. Ahora, si te vas a hacer el boludo, viste…
-Debo ser un filibustero boludo, entonces. Y lo que es sanguinario, tampoco soy.
-Porque no tuviste oportunidad, nomás.
-Sabés que me la estás dando servida, la oportunidad...
-¡Muy bien! ¡Ponlo en su lugar, a este pendejo!
-¡Heyheyheyheyheyheyhey! ¡Acá la única pendeja sos vos!
-Bueno, no se peleen.
-Es que ió no peleo, pero alguien le tiene que poner límite’ a este pendejo. No le dés más alcohol, pues.
-Se nota que no lo conocés. Para negarle el alcohol primero lo tengo que cagar a trompadas y después sacarlo a patadas en el culo.
-Che, pedazo de idiotas, ¿se quieren dejar de hablar de mí como si yo no estuviera presente?
-Mirá, Pepito -comencé a explicarle pacientemente-, el ochenta por ciento de las veces que venís acá tenés un pedo bárbaro, me tomás todas las bebidas y te vas. Yo entiendo que te queda de camino a tu casa, que siempre estoy, etc., etc., etc., pero me reservo el derecho a hablar lo que quiero y como quiero, ¿Estamos?
-Qué desagradecido que sos, chabón. Encima que te traigo un contacto editorial en Colombia, que fui el primero que te hizo conocer en la web…
-Oie, que ió he venido porque he querido, no es que me haias traído tú.
-Claro, venías y te presentabas vos sola al sátrapa éste…
-Si sabía que ibas a hacer este papel de monigote, pues sí.
Serví más whisky. Pepe se veía ofuscado, no estaba para nada acostumbrado a que sus admiradoras se le plantaran como lo hacía aquella hermosa colombiana. Hablamos un poco de literatura, parece que era fanática de eso que llaman “realismo mágico” (modalidad que, a mi gusto, carece de ambos atributos; qué va`cer, nadie es perfecto). Pepe no intervenía, enfurruñado como estaba y seguramente cavilando si había sido buena idea traer a su nueva chica, debido a la corriente de empatía (esto tal vez constituya un flagrante eufemismo) que había surgido espontáneamente entre ella y yo. De vez en cuando mascullaba su aburrimiento y bebía. Conociéndolo -y ya absolutamente determinado a elaborar cualquier argucia posible para canalizar las bestias desenfrenadas de mis instintos-, sabía que caería de un momento a otro. Por suerte había whisky suficiente.
A continuación su majestad intelectual Pepe, dejando entrever en su actitud corporal todo el desprecio del que era capaz, encendió el televisor y se arrojó, luego de llenar bien el vaso, sobre el colchón arrollado que improvisé como puff. Ya estaba el chivo en el lazo. Seguimos conversando unos minutos y al fin oímos un ronquido. Había terminado su copa y el sueño implacable de Baco lo había alcanzado, dejando en libertad de acción a la sensual Ménade Colombiana.
-Parece que se durmió -dije para llenar el silencio, dando voz a una obviedad rayana en la oligofrenia.
-¡Pues, sí, por nuestra santa madre! No hay santo que le aguante. Y ió que había puesto mis expectativas en él…
-No, pero no es mal tipo, pasa que…
-Iá sé lo que sucée, mi amigo, pero ió no soy un crío, tampoco, y una cosa te puedo decir: no es la clase de gente con la que me guste compartir nada.
-No, pero…
-Iá, iá, tu eres su amigo, pero no hace falta que le defiendas. Es mi gusto y claro está.
-Por supuesto.
-Tú, en cambio, eres más chévere.
-No vayas a creer. Dime con quién andas…
-No, todos somos diferentes; y bien que tú lo sabes, ¿o no? -Formuló la pregunta de cierre con cierta picaresca implícita que no atiné a discernir de dónde venía.
-¿Qué es lo que tendría que saber, yo?
-Vamos, vamos, eres bastante psicólogo, tú. ¿A que sí?
-¿Psicólogo?
-Psicólogo natural, ya sabes. No me refiero al estudio.
-Bueno, puede ser, qué sé yo…
-Bien que sabes. Supiste todo el tiempo lo que ió estaba pensando.
-No, la verdad es que…
-Lo único que ió también soy bastante psicóloga, y supe lo que pensabas todito el tiempo. -Y se quedó mirándome con una exagerada sonrisa, y ante mi estupor soltó una estentórea carcajada y a continuación se tapó la boca. Miramos a Pepe. Seguía quién sabe en que bajo estrato onírico.
-Sabes, ió quería tener una noche de pasión, y iá había perdido las esperanzas.
-¿Acaso las recuperaste?
-Pues sí. Me encantaría pasar la noche contigo.
-¿Y con éste que hacemos?
-Lo dejamos dormir.
-Es mi amigo.
-Pues bien, como quieras, pero te aseguro que mío no es nada. Tal vez en sus fantasías, o quizá sólo una abortada noche de sexo en el extranjero. Nada más que eso.
-Y entonces yo, ¿qué vendría a ser?
-No sé. ¿Un souvenir? -Volvió a reír, y supe que no convenía en lo más mínimo elaborar ningún andamiaje emocional. Era una cuestión entre ella y mi pene. Salvo las partes álgidas, lo demás era simple y mero decorado. Y flor de escenografía, en el caso de ella.
Me besó, y volví a sentir un flujo eléctrico por mi cuerpo. Fuimos a la habitación, entreabrí la persiana para no perder detalle visual de semejante espécimen femenino, y me arrojé sobre las olas de un frenesí agitado por verdaderas tormentas de pasión. Su delicada ropa interior hacía sentir que uno estaba abriendo la mismísima fuente de todos los deseos. Una vez abierto el fuerte pero delicado fruto de la madre naturaleza, no fue otra cosa que acariciar, tocar, apretar, lamer; en suma, pretender congelar el tiempo, inmersos como estábamos en el jardín de las delicias, tan pocas veces asequible a los temperamentos solitarios.

Me había olvidado por completo de Pepe. Es más, si hubiera aparecido en ese momento le hubiera propinado mi mejor golpe para volverlo a dormir y continuar con lo mío. Pero fue el feroz campanilleo del teléfono lo que me sobresaltó. Sonaba muy fuerte, y estaba en el salón donde dormía mi amigo. Tardé un par de segundos en hallar mis calzoncillos. Si bien no era indumentaria decente y mucho menos justificante, era mejor que entrar parapetado tras mi erección. Corrí a tomar la comunicación y vi que Pepe seguía durmiendo como si nada. ¿Habría que llamar a un médico? Bueno, es grande, che, que se haga cargo, pensé.
-Hola
-Hola, Cratilito, ¿Cómo estás? -Era alguien que se creía mi pareja con cama afuera, y yo la dejaba que se lo crea por obvias razones. Llamaba desde Amsterdam, porque eso sí, para viajar, viajaba sola. Ta’ bien, era su guita y aparte no me rompía las bolas por un buen tiempo.
-Bien, acá, durmiendo.
-Ah, claro, la diferencia horaria… pero estás agitado…
-Es que vine corriendo a atender. Me imaginé que eras vos.
-Bueno, no te andés haciendo el vivo, por ahí, eh...
Carolina se había asomado a la puerta y sacudía la cabeza burlescamente, a tenor de mi discurso sumiso. Luego, al advertir que la bestia seguía durmiendo, se acercó, se puso de rodillas e introdujo mi declinante pene en su boca. Otra vez la estática amorosa me nubló la mente.
-¿Para eso me llamás? ¿Con lo caro que sale me llamás para decirme que no me haga el vivo? -El hablar casi jadeante podía ser atribuible a la ira. Al menos eso pensé, pero el pensar no era mi fuerte, y mucho menos en ese momento. Estaba ensayando formas de adulterio que me eran ajenas hasta entonces. Estaba engañando a la vez a mi supuesta “pareja” y a uno de mis mejores amigos con una tercera que, al parecer, nada formal tenía con ninguno de ambos. Es bastante loco, ¿no?
-Bueno, no te enojes. Te llamaba para decirte que te amo, también.
-Bueno, yo también. Chau.
Y colgué justo para agarrarme de los gruesos cabellos castaños y eyacular violentamente en su cara. Ella no se quedó atrás: llevó sus dedos al clítoris e hizo lo propio, con mi miembro en su boca y resoplando fuertemente por la nariz.
Volvimos a la cama botella en mano. Bebimos y retozamos hasta que comenzó clarear, que fue cuando con esa languidez propia del sexo saciado, nos encontramos carnalmente por última vez, dejando lugar al sentimiento antes que a la fiereza de la sangre. Luego, me quedé dormido como Pepe, incluso peor.

Al despertar no había nadie. Por suerte, ya que se me partía la cabeza y lo que menos ganas tenía era de hablar con alguien, sobre todo si era para kilombo. Tomé como cinco vasos de agua, dos aspirinas y puse la pava para hacerme un café. Me senté a la mesa, encendí un cigarrillo y apoyé mi doliente cráneo sobre las manos. En eso, como era de esperar, sonó el teléfono. Estaba ahí, sobre la heladera, a un paso. A mil kilómetros. Pero me sonaba demasiado fuerte. Tomé coraje y me levanté.
-Hola.
-Qué hacés, basura -¿Hace falta decir que era Pepe? Encima me llevaba varias horas de sueño.
-¿Qué onda?
-Ah, qué onda, decís, traidor.
-No soy traidor. Soy filibustero.
-¿Qué carajo?
-Dejá, ni te acordás lo que hablás cuando te mamás hasta las muelas.
-Claro, y mientras tanto vos te cojés a mi chica.
-Me dejó bien en claro que no era tu chica.
-Ah, ¿no? Precisamente, no es mi chica porque vos te aprovechaste de que yo estaba en pedo, y ella también, y te la macheteaste. Sos una rata, man.
-¿Ves que no sabés lo que decís? Tomó agua, gil. Agua. Y en todo caso, te hice un favor.
-¿Qué favor?
-Y, si te tomás en serio a una mina que -según vos-, ni bien te mamás te caga, es obvio que te estoy salvando de cruces peores. Por lo menos, yo soy tu amigo.
-Amigo las pelotas.
-Bueno, amigo, si te bancás volver a tu casa sin pasar por la pulpería de Cratilo…
-¿Encima te tengo que terminar agradeciendo?
-Y, como te parezca.
-Sos un hijo de puta, Cratilo.
-Ya sé. Me lo decís cada vez que te ponés en pedo; o sea, siempre.
-…
-Che, hablando de todo un poco, ¿no me decís adónde la puedo encontrar? Antes de que se vuelva, digo. Pasa que no la vi cuando se fue.
-¡Andá a la concha de tu madre!

Aquí es donde supongo que los cuenteros normales, o al menos las personas incluidas en esa difusa categoría que es la normalidad, especularían con cuestiones de índole sociológica, o incluso filosófica. Por mi parte, solo puedo decirles que llevo, grabada en mis retinas y entre mis mejores recuerdos amorosos, la adorable figura de aquella ninfa colombiana. Y también, por lejos, la mejor satisfacción que me ha dado persona alguna vinculada al mundillo editorial.

lunes, 31 de octubre de 2011

SOLDADO DE VIDELA VI - LOS FANTASMAS DEL PUESTO 10


Una leyenda pueril, y tan lineal que conspiraba contra la menor credibilidad, circulaba entre los milicos -que así nos llamaba la superioridad-. Se refería al puesto de guardia número diez, ubicado lejos de todo contacto humano y rodeado de una vegetación lúgubre, que uno no sabía -lo digo en lovecraftiana glosa-, si esa lobreguez era anterior o sobreviniente al cagazo que cada noche, turno tras turno, el soldado apostado imprimía cual pincelada de pavor en el cuadro macabro. Crecían los testimonios acerca de la visión de ánimas en pena, que no eran otras que las de los Combatientes caídos en la luego llamada Masacre de Monte Chingolo, ocurrida poco tiempo antes en ese mismo Batallón al que la desgracia nos había arrojado
-En serio, el cagón éste dice que los vio. Y muchos otros baten cosas por el estilo; debe haber algo, por ahí. -Dijo el Yuyo, mientras comíamos lo que podíamos de la apestosa cena en bandejas de lata en las que nos daban el rancho de tropa.
Curly, un tarambana que no se nos despegaba ni un segundo, y en el que no confiábamos mucho porque aparte de tarambana era cagón, al tiempo que asentía con la cabeza, lo corrigió:
-No digo que los vi. Los vi. Así como los estoy viendo a ustedes.
-Qué raro -dije-, yo pensé que los fantasmas eran más transparentes. -Ozzy se cagó de la risa. -Dejate de joder, Curly, a vos te dicen que viene el cuco y te cagás en los calzones.
-Bueno, boludo, no me calienta un carajo si me creés o no me creés. Yo sé lo que vi. Aparte, al que le toca ahora el puesto diez es a vos.
Esto último lo dijo con una expresión de sorna ajena a su galería standard de expresiones, lo que me preocupó, así que le espeté con tono ríspido:
-¿No te parece, pedazo de boludo, que ya hay demasiados vivos por acá como para andarse preocupando por fantasías?
-Vos andá y mañana hablamos. Por ahí no pasa nada, claro.
-Estás abriendo el paraguas, hasta para eso sos cagón.
-Mañana hablamos. Yo seré cagón, pero vos tampoco sos Sean Connery, eh.
La seguridad con la que hablaba crecía en la misma proporción en que la mía decrecía; y como sucede siempre, mi tozudez se empeñó en recuperar le energía perdida. Tanto más cuanto la aguja de mi medidor de inseguridad había llegado al punto de hacerme suponer que la necesitaría poco después, en la oscuridad del fatídico puesto.
-Vamos a hacerlo más divertido -le propuse-. Si no veo nada, me comprás un sándwich por día en la cantina durante una semana.
-Y si los ves, me los comprás vos a mí, entonces.
-Sabés que no tengo un mango partido al medio.
-¿Y qué me das, vos entonces?
-Te dejo que me pegues una buena patada en el culo.
La pregunta que formuló a continuación me sorprendió sobremanera, ya que esperaba la obvia negativa de plano.
-¿Y yo cómo sé que me vas a decir la verdad?
-Te lo digo yo, boludo. Te doy mi palabra.
-Para tener palabra primero hay que tener honor.
-¡Eh, ¿qué te pasa, guacho?! ¡Mirá que te voy a dejar peor que los fantasmas, gil!
-Bueno, bueno, ¿en qué quedamos?
-¿Vas a decir la verdad? -Me preguntó Curly, con una sonrisa jugueteando en medio de esos mofletes tan parecidos a los del Stooge responsable de su mote.
-Cómo se ve que tenés guita, burguesito blandengue -demoré un poco la respuesta final. En lugar de recuperar energía, la iba perdiendo a ojos vista. El burguesito blandengue, viendo como la ola lo favorecía, me apuró:
-Todo es poco, con tal de darte una buena patada en el ojete.
Y, sí. La verdad es que yo solía divertirme abusando verbalmente de él. En todo caso, me la tendría merecida. Pero mi mamá siempre me dijo que los fantasmas “no existen”. Y así me fue cada vez que le hice caso.

2

Cuando descendía del Unimog, la mirada de los milicos que iban quedando por apostar y de los ya relevados, unívocamente, parecían decir A éste le tocó el Puesto 10. No obstante me tranquilicé un poco al oír gritar al milico que acababa de relevar: ¡Parte para el cabo primero lucero! ¡Soldado clase ’59 Tamayo deja el puesto sin novedad! No parecía venir de una Noche de Walpurgis, ni mucho menos.
Finalmente quedé solo en medio de la oscuridad. El fusil en mis manos no parecía constituir una herramienta idónea para ser utilizada contra entes espirituales. Miré la lechuza (que así le decíamos a la pequeña estructura de cemento que servía de refugio para el guardia) y la oscuridad en su interior era aún mayor, así que opté por permanecer allí fuera. Todos esos atavismos difusos y tenebrosos, que son tan comunes en la infancia, parecían haber regresado en tropel sobre mis agitadas mientes. No seas maricón, me dije, o vas a empezar a ver cosas de puro cagazo, infeliz. Fantasmas de guerrilleros, bah. Qué cosa tan descabellada. Y en todo caso, si eran fantasmas tales y como los describían las tradiciones universales, ellos bien sabrían que yo estaba de su lado, al menos en lo ideológico. Aparte. Si no era así, ¿qué podrían hacerme? ¿Ultimarme con balas fantasmas? No puedo creer que esté pensando semejantes boludeces, volví a recriminarme, y decidí permanecer en el alerta de siempre, que consistía en rajar para cualquier lado en caso de kilombo. Ya que jamás iba a accionar un arma en contra de gente que me representaba con su lucha y que tenía los huevos de los que yo carecía para oponerse al régimen genocida que me tenía secuestrado. Así que, para mantener la sobriedad recién conseguida, comencé a canturrear una canción que acababa de componer mi amigo Juan, entonces inmerso como yo en castrenses entuertos tan ajenos como compulsivos:

Cuando hago guardia
No sé a quién cuido,
Si me cuido a mi mismo
O a esta banda de asesinos


Finalmente logré consolidar el ánimo -en un nivel muy bajo, por cierto; lo normal en aquellas situaciones, que de por sí eran depresivas al punto que no hacía falta andar agregando componentes de thriller-. Y entre divagues del tipo lástima de uno mismo, me refugié en la amarga cotidianeidad del batallón, que incluía garrones como éste, que al fin y al cabo no era de los peores. Entonces, apareció el sueño. Claro que siempre, después de madrugar, soportar trabajos esclavos, movimientos vivos, presión psicológica, etcétera etcétera, el sueño irrumpía, y costaba ingentes esfuerzos permanecer en vela. Pero esta vez se trataba de un sueño pesado, terminal, de esos que cuesta imaginar si uno no ha pasado por la experiencia de somníferos fuertes o sobredosificación de los mismos. A pesar de la irrupción inmediata y contundente de Morfeo, sabía que debía resistir a como sea de caer en sus brazos. No sé si ya les comenté, pero dormirse en una guardia, obviamente, no era algo muy bien visto por aquellos bandidos de uniforme. Pero dormirse en el batallón depósito de arsenales “domingo viejobueno” de Monte Chingolo era prácticamente un suicidio. Así es que apelé al viejo truco de buscar algún charco de agua no muy podrida y arrojarme un poco en la cara. Pero a contrario de tantas otras veces, esta vez no ayudaba mucho. La idea que ese sopor invencible podría estar siendo causada por agentes metafísicos externos -llámense espíritus-, funcionó mejor, pero el despabilamiento duró lo mismo que manteca en hocico de perro. Cabeceé, aún conciente al punto de advertir que estaba quedándome dormido de pie. Sacudí la cabeza, y fue como si reflectores hubieran sido dispuestos para iluminar el área. A unos diez metros de mi posición había un tipo tirado sobre el pasto, en ese descalabro azaroso propio de la súbita aniquilación. Se me pararon los pelos del orto.
-¡ALTO! ¡¿QUIÉN VIVE?! -Grité, estúpidamente, en un todo de acuerdo con los cánones insuflados en el adoctrinamiento, al tiempo que apuntaba mi F.A.L. hacia el guiñapo, que al verlo bien noté que estaba manchado de sangre. Y entonces, el peso de la imposibilidad de lo que estaba ocurriendo me llevó a sacudir la cabeza con dos resultados: el bueno, era que el fulano abatido ya no estaba; el malo, que la  luz que irradiaba sobre ese sector, que quién puta sabrá de dónde venía, se mantenía tan clara como antes, sino más. Respiré hondo, mirando para todos lados con la intención de descubrir la fuente lumínica, pero no pude discernir nada en ese sentido. Y como aprovechando esta pequeña mengua en mi atención respecto de eventuales presencias, sentí un estridente grito de ataque a mis espaldas. Era una mujer absolutamente determinada a ultimarme, que corría en mi dirección disparando ráfagas con una metralleta P.A.M.. Atónito, no atiné a devolver fuego, menos tratándose de una mujer. Ella continuó su carrera y pasó a mi través, produciéndome un ahogo que, creo, vino determinado por el reflejo ante un impacto inevitable y que sin embargo nunca se produjo.
Estaba por ponerme a llorar. Curly y la reputísima madre que lo parió, cómo se debe haber cagado en circunstancias como aquellas. Con razón les tenía tanta fe a estos espíritus. Allí fue cuando escuché algo así como gritos paradójicamente silenciados: ¡Ahí está! ¡Está solo! ¡Es pan comido!
Yo ya no tenía tiempo para andar analizando situaciones. Estaba luchando por mantener mi cordura o contra lo que fuera que estaba dando vueltas por allí, en una suerte de poltergeist socialista. Entonces ocurrió algo insólito, incluso para ese contexto delirante:
-¡Paren un poco de joder, pelotudos, que éste es amigo! -dijo un individuo flaco y alto, de pelos largos (pocos) y pijama.
-¿Mingo?
-Qué hacés, pendejo, tanto tiempo.
-No te puedo creer. ¿Acaso moriste acá, vos?
-No, boludo, me mataron allá en La Plata. Pero a la mayoría de estos monos los conocía de antes. Yo pertenecía a Montoneros, y vos sabés cómo eran las cosas. La basura de la Triple A y los milicos son un enemigo común que supera cualquier diferencia.
-Loco, ¿sos vos, en serio?
-No, boludo, soy Cantinflas. ¿Qué pelotudez me estás preguntando?
-Pasa que es todo muy raro, acá.
-Raro es encontrarte a vos, disfrazado de milico. ¿Qué hacés acá?
-Ah, resulta que soy yo el que pregunta boludeces. ¿Qué te parece que puedo estar haciendo? Me encanutaron, gil. O te pensás que me enganché como soldado voluntario…
-Claro, pero tenés que ser idiota para dejarte enganchar.
-No me digas.
-¿Y qué vas a hacer si viene alguno de los muchachos (los que quedan vivos, digo) a hacer kilombo acá.
-Tiro el fusil a la mierda y me escondo, si puedo. Y si no puedo, busco la coyuntura para tirar a favor de ellos.
-Que no son ellos, somos nosotros, ¿o no?
-Sí, boludo, está bien, pero no te pongas a argumentar boludeces como en la pensión. Es una forma de decir.
-Vos decís, pero hoy por hoy sos uno de ellos, y no de nosotros.
-Vos no eras tan pelotudo de vivo, parece que una de las desventajas de la muerte es la pérdida de coeficiente mental. Encima que estoy de palo, vos me echás sal en las heridas. Mejor mandá a los otros a que me caguen a tiros. Sus balas inmateriales me hacen mucho menos daño que vos, te aseguro.
-No te pongás así. Podés estar de palo, pero por lo menos todavía estás vivo.
-¿Te acordás cuando nos pasábamos los sábados mirando Cine de Súper Acción?
-Sí, qué pelotudos que éramos.
-A vos te gustaban las de romanos, esa onda.
-Maciste era un capo.
-Maciste, cierto, era tu ídolo. Siempre fuiste medio puto. -Mingo se sonrió, pero detrás de esa mueca se adivinaba el puro dolor. Así que continué: -Y después venía el Maestro y nos leía, nos explicaba la teoría.
-Un capo, el gordo. Lo mataron por ahí por barrio norte.
-Eso me dijeron, sí. ¿Y te acordás cuando le metiste un cohetazo al equipo de música nuevo del Lalo?
-Tres veces le dije que bajara el volumen, que estaba durmiendo la siesta. No me dio bola, y bueno. Yo tenía una 9 mm que hacía rato tenía ganas de estrenar.
-La cara del loco, no entendía nada.
-En fin…
-Che, Mingo, ¿qué hago?
-¿Qué hacés con qué?
-Con esta vida de mierda, con estos milicos de mierda, con toda la mierda.
-Nada, loco. Por ahora no se puede hacer nada. Pero estate atento. Ya sé que no es tu fuerte, sos medio dormido, vos. Pero bueno, estate lo más atento que puedas. Por ahora, para conservar el pellejo, nada más. Y después, para hacer algo por los demás. Y ahora me tengo que ir. No te preocupes por estos muertos, yo me los llevo.
-No, pero Mingo…
-Me tengo que ir, te dije. Aparte, ya tenés que entregar el puesto.
La luz se hizo más intensa. Eran los faros del Unimog que traía los relevos
.
Al día de hoy no podría sostener si lo que tuvo lugar aquella noche fue un simple sueño, sugestión u otra cosa ciertamente indefinible. De lo que sí puedo dar fe es del terrible patadón que me metió Curly en el medio del ojete, y bien que me lo tenía merecido. También puedo asegurar que nunca relaté esta historia antes, siquiera a mis compañeros del batallón. Y que cada detalle de lo aquí narrado fue atestiguado por un servidor, aunque en su abismal torpeza no atine a discernir si fue pato o gallareta.

domingo, 30 de octubre de 2011

SEXO GAUCHO Y MATRERO


Manara

                      Fragmento de Homo Dialecticus

-Güeno, la cosa empezó cuando la Enriqueta se la dio de finoli y se jué con un caudiio ’e la política. Al Heráclito (el hermano, ¿se recuerda?) no le gustó ni un carajo, tampoco,  pero cuando me decidí a ir a reclamarla bien que se cagó y me dejó solo. Ansí que dolido y boliáu como dice el gaucho Fierro del crestiano enamoráu, agarré y me juí pa’l cabaré ande la tenían trabajando’e puta, a la estúpida. Me la quise ievá a la juerza, pero vinieron los matone’ y me dieron una paliza que ni en lo’ mejore’ tiempo’e lo’ cura’ me habían dáu. Tantito que me dejaron por muerto, vea. Pero siempre jui duro, sobre todo’e la testa. Me tiraron al canal de acá a unaj cuadra’, que desemboca en el río, vio, y por suerte caí con la narí ajuera’el agua, que si no no le’staría contando ná de esto. Y ahí mismito jue donde m’encontró ñá Candelaria, una culandrera qué no sé cuántoj’año’ tendría, pero parecía que los tenía tuitos. No sé como hizo, pero de algún modo se laj ingenió pa’ievarme a su rancho. Cuando me disperté, me dolía hasta el pelo, vea. No podía ni abrí loj ojo’ de lo hinchaú que estaban. Pero me di maña pa’ mirá por la rendija. Estaba acostáu en un camastro casi tan piojoso como el que teníamo’ con el agüelo, pero no importaba. Aparte, iá estaba acostumbráu a eso. También había virgencitas, corazones de Jesú y tuitaj esa’ cosa que iá me tenían podrido dende que me pusieron con loj cura’. Y una jaula con un caburé, bicho jodido que me miraba que parecía el mismo mandinga. Lo último que me ricordaba eran la’ luce’ que veía mientra’ los jué puta me daban palo. Y los palo’ no me dolían, fíjese Cratilo, lo que má me dolía era el desprecio’e la Enriqueta, si seré asoliáu. Me quise levantá y no pude. Ansí que m’eché a iorá como un gurí. Y endispué a preguntarme quién me había ieváu ahí. Los cura’ no podían sé, porque nunca vi a denguno d’eios viví en un lugá tan pobre como ése, ansí que se mi acabaron laj idea’. Lo único que podía hacé era esperá a que apareciera la persona que al parecé mi había salváu. Y no se hizo esperá mucho. Entró la vieja, secándose la’ mano’ en un delantal; era bastante alta, tenía una piel escura y unoj ojo’ medio pardo que te miraban fijo, casi como laj víbora, vea, y la verdá, no sé si por lo’ palo que me habían dáu o quién sabe por qué, se me jué todito el coraje y m’eché a iorá otra vé. ‘Tonce me dijo que me dejara’e mariconada’, que no era un gurí y que si no me portaba como macho m’iba a tirá a la zanja de güelta. Endispué se acercó, me bajó loj calzone’ y me agarró el bicho, le tomó el peso con la palma’e la mano y dijo y güeno, no es gran cosa pero capá que sirve p'algo. Y me la empezó a sacudí. Ió no quería sabé nada d'eso, estropiáu como estaba, pero la vieja sabía lo que hacía, sí señó. Flor de paja, m’hizo, y se lo dice Benigno Pajón, nada meno’, que de eso sabe bastante. Y dispué dijo La mierda, que tenía afrecho, el mozo, Con razón se anda haciendo rompé’l alma buscando puta’. Y se golvió a limpiá laj mano’en el delantal. Endispué se presentó, me dijo qu’era culandrera y que ahura mi vida era d’eia, porque ió había estáo jugando un truco con San Pedro y eia me había reclamáu. Me pareció justo; y risultó ser que dispué de semejante paja, la Enriqueta iá no m’interesaba tanto. Vio mozo, cómo son laj cosa’: cuando es pendejo, uno se cré que está enamoráu y en realidá lo único que quiere es echarse un güen polvo. Ni bien me jui curando, que para eso también Ñá Candelaria era güena, mi’empezó a mostrá sus oficio’. Lo primero qu’hizo jué decirme que ió tenía envenená la sangre, y que hasta que no lej diera el güelto a los que mi habían maltratáu no iba a podé viví en paz. Ansí que agarró unoj iuio’, empezó a rezá y a frotárselo’ a un facón. Dispué me dijo que ahura, con ese facón, naides m’iba a pisá el poncho otra vé. Y qué quiere que le diga, me los cargué a loj matones del cabaré, le corté la jeta a la Enriqueta para que se recuerde de mí cada vé que se vea al espejo, y gracia’ a esa magia estoy acá, luego de tantoj entrevero’, contándole la historia. Si no juera por esa magia, iá estaría viendo crecé los rabanito’ dende abajo, como quien dice. Y otra cosa que no le conté, es que Ñá Candelaria era vieja, sí, pero estaba bastante güena a pesá de la edá. Y le gustaba darle como loca, ansí que jué de lejo’ la mejó hembra que tuve, aunque me traía a culazo limpio tuito el día. Y si el amigo me iegaba a mañereá, sabía muy bien que hacé y qué iuio’ darme pa’ponerlo como estaca.

viernes, 21 de octubre de 2011

LA FEA, LA LINDA Y UN TRÍO CODIFICADO.

Milo Manara

La profesora adjunta de Estética era una perfecta imbécil. Una de esas minas que confunden Worringer, o un análisis de Heidegger sobre Van Gogh, con Max Factor, o L’Oréal, qué sé yo. Y la mayoría de sus alumnas, tilingas como ella, se esforzaban para ver quién decía la pelotudez más galopante. Era insufrible. Y pensar que el titular de la cátedra era nada menos que Emilio Estiú. ¿Habrá sido para equilibrar tanto talento y sabiduría que pusieron semejante pelmazo como adjunto? Si así era, había que reconocer que contrapesaron bien.
Entonces fue que una de las alumnas se apartó de esa bandada de avechuchos graznadores que se habían apiñado en el frente del aula, cuando la tarada mostró no sé qué abalorios traídos de Grecia, y vino cerca del fondo a sentarse en el pupitre de al lado. Era el tipo del que solemos decir por aquí que “el culo le cuida la cara”. Típica mina feúcha con un lomo que te la voglio dire.
-Qué manga de pelotudas, ¿no? -Soltó, y me simpatizó de inmediato.
-Ni hablar -respondí, escueto como suelo ser mientras me dura la timidez, que se circunscribe a mujeres y en los primeros minutos de conocimiento mutuo.
-Éstas sí que no tienen problemas.
-¿A qué te referís?
-Me refiero a que son el prototipo de la juventud que quieren los milicos hijos de puta éstos.
Era 1976. Antes de ingresar a las aulas del subsuelo en la Facultad de Humanidades, éramos palpados de armas, y nuestros libros y carpetas cuidadosamente revisados, a veces hoja por hoja (de acuerdo a la cara y/o apariencia del educando, en curioso análisis lombrosiano cuyo primitivismo jamás dejará de sorprenderme).
-Ahá. ¿Cómo te llamás?
-Vilma, ¿vos?
-Cratilo, y estoy aburrido. ¿Vamos a la mierda?
-¿Y qué va a decir la descerebrada ésta?
-No sé ni me importa.
-Claro, a mí tampoco. Vamos.
Poco después estábamos tomando unos vinos en el living de su casa, una casa bien humilde, que compartía con otra estudiante de su pueblo.
-¿En serio te llamás Cratilo? Me estás jodiendo…
-No, en serio. Y tengo un tío que se llama Heráclito.
-Dejá de hacerte el boludo.
-No, en serio.
-¿Acaso la tara filosófica es hereditaria, en tu familia? ¿Una secuela psicológica, que se transmite como una especie de sífilis metafísica?
-¿Siempre decís cosas como ésa? ¿O ya te pegó el vino?
-Ah, ahora la rara soy yo…
-En todo caso, merecerías ser de mi familia, con las cosas que decís.
Me levanté, algo inquieto -tal vez las hormonas habían comenzado a esparcir en mi interior sus apremiantes efluvios- y me acerqué a una ventana muy alta, típica de las casas viejas. Daba a un fondo muy verde y con árboles frondosos. Tomé un buen trago de vino, aspiré el cálido aire de la noche y encendí un cigarrillo. Vilma se acercó, copa en mano, y se detuvo a mi lado.
-Lindo fondo, ¿no?
-Sí, muy lindo. Y la noche está hermosa.
-Hace un poco de calor, sin embargo.
-Prefiero mil veces el calor que el frío.
-Claro, con el calor podés andar en bolas, ¿no es así?
Y me miró con sus ojos de huevo frito, bailoteando el iris en medio de la gran membrana esclerótica que quedaba a la vista. Quería expresar picardía, pero los rasgos no la ayudaban; por el contrario, le daban un toque de locura muy inquietante. Volví a beber, pensando que la fijeza de mi atención en ese rostro no ayudaría mucho que digamos a recoger el guante de la impudicia. Debía concentrarme en su cuerpo, pero nuestras posiciones, acodados sobre el marco inferior de la ventana, conspiraban contra ello so riesgo de quedar como un mirón impenitente.
-Entre otras cosas por eso, sí. Pero por mí no te detengas, si querés desnudarte -dije, sintiendo como avanzaba un paso hacia el abismo peludo.
-Ahá. Dame un par de vinos más.
-Los que quieras. Es tu mambo.
-Y vos, ¿te vas a enganchar?
-No te entiendo. ¿Enganchar en qué? -Pregunté, haciéndome el desavisado.
-No te hagás el boludo -me sacó la ficha-. En desvestirte vos también.
-Ah, eso. Dame un par de vinos más.
Entonces hablamos generalidades, de ésas que son más excusa que otra cosa, por cuanto nuestras jóvenes sangres estaban tironeándose en jaleos mucho más sutiles que los que pueden transmitirse en términos coloquiales. Hasta su perfil, mirando hacia afuera, me parecía ahora aceptable. Ni hablar de sus hombros y espalda, totalmente a la vista en el ajustado solero estampado. Y ya no lo pude evitar y miré la parte alta de sus ancas, sobresaliente dada la posición del torso inclinado sobre la ventana. Y eso fue determinante, además del catalizador alcohólico: comencé a acariciar aquella maravilla de la naturaleza. Ésa era una emoción estética, y no las boludeces que hablaba la adjunta. Vilma gimió levemente, bebió un trago de vino haciendo mmmmhhh y luego diciendo qué bien se siente eso…
Mientras era presa de una férrea erección, deslicé mis dedos sobre la línea de fuego de ella -que de veras estaba caliente-, aún sobre el vestido y las bragas, y entonces, refregándose contra mi mano y volcando buena parte del contenido de su copa, tuvo un orgasmo largo y desesperado. Ni bien acabó, hube de retirar mi mano para no correr igual suerte. Vilma se volvió hacia mí, transpirada y sonriente y comentó:
-¡Y eso que aún no nos pusimos en bolas!
-Lamento no haber respetado el libreto. Pero siempre hay tiempo, ¿no?
-Es lo que sobra. Esperá que voy a servirme más vino, que lo volqué todo.
-Traé las botellas.
-Qué, ¿nos vamos a quedar acá?
-Y, tan mal no la pasamos, hasta ahora.
-Tenés razón.
Antes de traer la botella, se quitó el solero. ¡Mamma mía, qué pedazo de físico! Cavilé que una buena manera de retrasar mi eyaculación podría consistir en mirarle a la cara, y detenerme en su cuerpo cuando la flaccidez de mi miembro, sobreviniente ante la visión de las poco armónicas facciones, necesitara estímulo. Y vaya que tenía con qué estimular. Una fina lencería negro semitransparente daba el toque magistral para dar acabado a una verdadera Venus con cabeza de Gárgola. (No me van a negar que la dicotomía cuerpo-rostro no ofrecía ventajas operativas evidentes, respecto de la regulación de la libido.)
Continuamos bebiendo, Vilma comenzó a desprenderme la camisa y a acariciarme el pecho. Por suerte, estaba de frente, con un primer plano de la cara. Así y todo no me fue tan fácil. Cuando los engranajes del instinto se engarzan, su tracción parece asumir características de piñón fijo.
Lentamente, me fue desvistiendo. Yo tragaba vino a mansalva, quién sabe para ahogar qué recónditos temores. Algo realmente indefinido, pero inquietante. Y no era momento de practicar autoanálisis ni mucho menos. El tiempo para pensar ya había pasado, hacía rato ya. Me bajó los pantalones y comenzó a acariciar mi erección, abajo arriba y viceversa, con su dulce mano en el interior de mi calzoncillo. Yo en tanto la besaba manteniendo mi vista fija en su fealdad, por las razones que acabo de referir en el párrafo anterior. Pero todo se complicó cuando bajó mi ropa interior hasta los tobillos y se puso en cuclillas. A punto estaba de rociarla cuando alguien introdujo ruidosamente una llave en la puerta de calle. Vilma se incorporó de un salto, y yo quise dar un paso y me enredé con pantalones y ropa interior y casi me voy de boca.
-Pará, no pasa nada. Es Brenda, mi compañera.
-Ah, está bien. Ya me veía cagado a golpes otra vez. -Y comencé a vestirme, ya calmo pero apurado por la situación. Vilma comenzó a enfundarse en el solero, cuando la parte elástica se le trabó a la altura de la espalda. La estaba ayudando cuando entró Brenda.
-¡Ups! Disculpen, no sabía…
-Pasá, está todo bien.
-No, no me hagan sentir mal. ¡Qué boluda! Me voy a mi habitación.
-No, pará, te digo que no pasa nada. Vení a tomar unos vinos con nosotros.
-¿Te parece?
-Claro, vení, no seas boluda. Él es Cratilo. Cratilo, Brenda.
-¿Cratilo, en serio?
-No empecemos… -dije, fastidiado. Supongo que el interruptus tendría que ver con ello. -Cratilo, no sé si en serio o en joda, pero ése es mi nombre.
-Perdón, no quise…
-Está todo bien.
Brenda, a contrario de su amiga, era hermosa. Morena, de pelo ondulado, ojos claros y rasgos muy finos. De estatura algo baja y bastante menuda de fisico, pero con UN BUEN PAR DE TETAS. Que cuando las portadoras son delgaditas, las tetas grandes lucen muchísimo más y se tornan tremendamente más apetecibles. ¿O no, lector sensible a las categorías estéticas?
-Es un poco reactivo a su nombre sofístico, tal vez lo hayan fustigado mucho en la escuela, o algo por el estilo -aclaró Vilma, como si me hubiera conocido de toda la vida.
-No me molesta mi nombre. Solamente que encuentro molesto la pregunta subsiguiente a cada presentación. ¿En serio?
-Bueno, lamento no haber sido original -repuso Brenda.
-No es nada personal, linda. Simplemente te explico lo que me pasa. Y dejemos un poco este psicoanálisis berreta, por favor.
Mientras le seguíamos dando al tinto, ellas se pusieron a hablar entre sí:
-¿Saliste con Silvio?
-De ese pelotudo ni me hables.
-¿Por qué? ¿Qué pasó?
-Nada, que es un pajero. Le quise dar y me salió con que teníamos que esperar un poco, que me toma muy en serio, que no quiere que por apurarnos el sexo pueda generar conflictos, y toda esa sarta de pelotudeces.
-Tiene miedo -tercié, haciéndome el hombre de mundo.- Eso es cobardía sexual.
-¿Te parece? -preguntó Vilma.
-Claro -respondió Brenda-, tiene razón. Más claro, echale agua. El boludo debe tener miedo a que no se le pare, o vaya a saber qué cosa.
-¿Cuántos años tiene?
-Veintidós, ¿por?
-No sé, parece mucho, pero por ahí todavía no la puso nunca.
-¿Sabés que lo pensé?
-No sería nada raro. Caso contrario está loco, si se pierde un caramelo semejante.
Apenas lo dije se me ocurrió que había metido la pata hasta el cuadril. Más, cuando Vilma me preguntó:
-¿Te gusta mi amiga?
-Otra vez, nada personal, pero tu amiga es una mujer muy bonita. ¿A quién no le gustaría?
-Entonces, te gusta.
-Repito, me gustan las mujeres lindas, y tu amiga es muy linda.
-Entonces, yo no te gusto.
-¿Por qué, decís eso?
-Vamos, amigo, si hay algo que no soy, es linda. Y todos lo sabemos.
Yo ya había bebido el vino suficiente como para mover la lengua antes que el cerebro, así que le dije:
-Bueno, depende de lo que entiendas por linda. No me hagás hablar, pero si no me gustaras no me habría puesto al rojo vivo, hace apenas unos pocos minutos.
-Bueno, tengo un cuerpo pasable, sí, pero…
-¿Pasable? -Interrumpí.- Tenés un lomo infernal, negra. Otra que pasable…
-¿Ves? Ya interrumpí y sigo en el medio -observó Brenda. -Me voy a mi habitación.
-Esperá, que la charla está más que interesante. Entonces, te gusta mi amiga, ¿no es así?
-Dale, me gusta, Me gusta y me regusta. ¿Y con eso qué?
-Y a vos, Brenda, ¿te gusta mi amigo?
(Qué raro, parecía estarla jugando de Celestina)
-No me jodas que hace un montón que no tengo sexo. (Danger)
-¿Te gusta o no te gusta?
-Te dije. No me jodas. Si no, pónganse a coger mientras me masturbo.
-No hace falta, vos sabés que en esta casa se comparte todo.
-Heyheyheyheyheyheyhey -protesté, fingiendo agravio, ya que estaba encantado por el cariz que estaba tomando la situación. Una fantasía tal, concretada a una edad tan temprana, no era moco’e pavo. -Tampoco soy un lavarropas, o cien gramos de salame y cien de queso.
Ambas rieron, y comenzaron a besarse. Vilma estiró el brazo y comenzó a acariciarme la entrepierna. Llegamos hasta un gran sillón de cuero y fuimos desvistiéndonos, lamiendo, tocando y haciendo todos esos adorables etcéteras que -como descubrí entonces- se multiplican exponencialmente al agregar un factor numérico a la pareja clásica. Brenda me hizo sentar sobre el respaldo del sillón y, en cuatro patas, llevó mi pene a su boca y comenzó a trabajar, mientras Vilma le jugueteaba con un aparato desde atrás, muy abiertos sus ya de por sí desmesurados ojos. Brenda estaba como loca. Por suerte yo había bebido el vino suficiente como para mantener una respetable erección sin acabar, cosa que al cabo de tanta bebida solía ser trabajoso. Esta vez venía muy bien, dadas las circunstancias. Vilma entonces dejó de meter y sacar el aparato y hundió su fea cara entre las nalgas de su amiga, provocándole un violento orgasmo. Con la acabada, y el rostro de Vilma oculto entre los glúteos de Brenda, por un momento pensé que acabaría yo también, pero logré capear el temporal.
Entonces, como en una rotación que me recordó un partido de voleibol, Vilma quedó boca arriba, con las piernas levantadas, mientras yo le daba y le daba. Entre tanto Brenda, a horcajadas sobre el desagraciado rostro, gozaba de un espectacular cunnilingus mientras me besaba y soltaba quejidos, producto de esa dulce tortura. Otra vez me subió la presión, ya me estaba cansando de contener los flujos y reflujos de la marea seminal. Entonces tocaron a la puerta. Otra vez no, me dije, perdiendo algo de concentración.
-No le des bola -indicó Brenda, estremeciéndose aún. Desde allá abajo, y con el molusco en la boca, Vilma respondió algo ininteligible.
Estábamos entrando de nuevo en gran clima cuando volvieron a tocar, esta vez insistentemente. Vilma empujó levemente a su amiga y se incorporó, exclamando:
-¡LA PUTA QUE LO REPARIÓ!
Antes de ir a atender, se volvió hacia Brenda y le hizo una seña levantando el índice, como de advertencia. Supuse que tenía que ver conmigo, pero no tuve mucho tiempo de pensar en ello, porque ni bien salió del living, su amiga se me subió encima, manoteó mi pene, lo dirigió y se lo introdujo con pasión y premura. Y comenzamos una cabalgata frenética. Mientras nos sacudíamos como si la vida nos fuera en ello, se me escapó una leve exclamación, a lo que Brenda abrió los ojos alarmada y se llevó él dedo a la boca, indicándome silencio. Entonces seguimos, con enjundia tremenda pero silenciosa. Y así pude oír una discusión de Vilma con otra mujer, acerca de algo que parecía ser un conflicto motivado por el pago de la renta de la casa. No son horas de venir, oí decir a Vilma. Ah, ¿no? Resulta que ésta es la única hora en la que encuentro a alguien, respondia la otra. Y nosotros propinándonos violentos caderazos. Afuera la discusión subía de tono, y sobre el sillón subía la temperatura. Por fin oímos un portazo, y Brenda acabó, a los gritos. Y yo junto con ella, eyaculando y gritando a causa del orgasmo tantas veces retenido. Entonces entró Vilma, como una tromba.
-¿QUÉ HACÉS, HIJA DE PUTA?
-Y bueno, qué querés, me tenté -respondió, mientras se salía de mi aún erecto anclaje y se volvía hacia su amiga.
-HABÍAMOS QUEDADO QUE CON PENETRACIÓN NO! ¡A ÉSTE LO TRAJE YO, Y HABÍAMOS QUEDADO EN…
-Ya te dije, me tenté, no pude aguantar.
-¡No, pero las cosas no son así! ¡Yo siempre respeté…
-¡Me tenés podrida! Ya está, ya me lo cogí. ¿Qué vas a hacer, ahora?
-¡CAGARTE A TROMPADAS, HIJA DE PUTA!
Y se agarraron de las mechas, como suelen hacer las mujeres. Pero Brenda aparte le daba puñetazos en las costillas. Paren, che, dije, no muy seguro de que en realidad quisiese que lo hicieran. Estaba bueno; si bien no terminaba de entender los móviles de la gresca, ni mucho menos los códigos que regían su relación, me resultaba excitante. Pero cuando Vilma agarró una botella vacía debajo del fregadero, me pareció que la cosa se estaba poniendo muy guarra. Así que me vestí rápidamente, tomé un buen vaso de vino y fui hacia la puerta. Cuando iba a cerrarla detrás de mí, me pareció que los gritos y el escándalo daban lugar a gemidos, no pude discernir si de lucha o sexo. Tal vez yo sólo había servido de precalentamiento. Me quedé oyendo otro poco y tuve el impulso de regresar, pero primaron la razón y la prudencia.
Entré al bar de siempre, y allí estaba el Luiggi. Pedí un vodka con naranja.
-¿Dónde andabas, boludo? -Me preguntó.
-Qué, sos mi mamá, ahora?
-No, idiota. Pasa que vino Agnese -algo parecido a una novia que supe tener- y dijo que la habías citado acá.
-Huy, cierto. Me olvidé por completo.
-Ves que sos un idiota… si yo tuviera una mina como ésa, minga que me iba a olvidar.
-Minas, minas… -dije.
-Hacete el canchero, dale, mirá que ahí viene.
La vi entrar, airada. Era linda, sí. Pero qué iba a hacer.
-¿Se puede saber por donde andabas?
Y yo, que a veces con la borrachera me pinta de honestidad -sobre todo cuando por h o por b tengo las pelotas rotas-, le respondí:
-Estaba garchando con un par de locas.
.¿Encima te hacés el boludo?
-Debo ser, porque no me estoy haciendo el nada.
-¿Siempre es lo mismo, con vos?
-Si te aburre, ¿por qué no te tomás el buque?
-Tenés razón -dijo, con una seriedad que ni un trapense. Se quitó un anillo que un par de años atrás le había regalado, y me lo tiró por la jeta. Dio media vuelta y se fue.
El Gallego trajo el trago y me preguntó:
-¿Querés más vodka? Parece que te va a hacer falta.
- No te hagás problema, Gaita, si querés echale otro poco, pero de gusto, nomás. Como le decía al gil éste, minas son lo que sobra.
Claro que sabía que estaba haciéndome el canchero y hablando con el buche lleno. Seguramente mañana pasaría hambre otra vez.
Pero mañana era otro día. Y, ciertamente, minas son lo que sobra.