lunes, 17 de septiembre de 2012

UN PELO DE CONCHA…

Olga Levchenko

El farol de la esquina oscilaba al son de un vientito húmedo, tan húmedo que se veía como vapor fluyendo en la mortecina luz. Entré en el bar. Allí estaba Lina, una mujer bastante mayor (unos sesenta, digamos) que servía los tragos y -al menos a mí-, aceptaba la cuasi-moneda con la que nos pagaban por entonces. Un símbolo de otro símbolo, ya que el oro estaba en las arcas de los de siempre. 
-Hola, nene -que así me decía-. ¿Qué vas a tomar? -mientras le daba un buen trago al vino blanco suelto, expresando placer en su rostro pintarrajeado y en sus ojos celestes permanentemente enrojecidos.
-Una cerveza de litro. 
Me serví un vaso.
-Mirá, nene, vos no sos para acá…
-¿Me estás echando?
-No, digo que acá sólo vienen viejos borrachos y frustrados, a suicidarse lentamente. Vos no sos para acá.
-Bueno, cumplo dos requisitos de tres. Para viejo, dame tiempo.
-Vos sos inteligente, sabés lo que te quiero decir.
-No tengo esa picardía anglosajona que tenés vos, pero me las arreglo.
-No empecés.
Y de nuevo salí con la vieja chicana.
-Lina “Jádson”, te llamás… -me referí a ella con pronunciación inglesa, y ella renegó:
-Yo soy argentina, nene, yo soy Lina Húdson -pronunciación criolla-. Ya te lo dije mil veces y no me hagás calentar.
En eso entró un tipo grandote, muy grandote, rubio, semicalvo y con mirada triste. Se sentó a mi lado, tomó un vaso usado quién sabe por quién y se sirvió de mi botella. Lo miré, pensando que si saltaba probablemente me aplastaría como a una pulga.
-¿Qué se piensa que está haciendo? -Lo increpó Lina. -La cerveza es del muchacho.
-Sabe qué pasa, doña, que no tengo un peso. Y en mi pueblo, si uno tiene trago, tienen todos.
-Váyase a su pueblo, entonces.
-Dejá, Lina, está bien.
-Bueno, tome esa copa y váyase nomás.
-No me trate como a un perro, señora, qu’ el mundo ya me ha tratáo así todo el tiempo.
-Dejalo, Lina. Si me aceptás los bonos, invito yo.
-Decí que en el mercado los toman, sino los echaba a la mierda a los dos.
-Gracias -Dijo el grandote. Una nube de tristeza lo rodeaba, como la humedad al farol de la esquina.
-¿Qué le anda pasando? -Pregunté.
-La vida, me anda pasando.
-Bueno, que yo sepa, para bien o para mal, nos pasa a todos.
-En mi caso es pa’ pior, vea.
-Siempre hay algo que lo salva, a uno -dije, sintiéndome un energúmeno escritorzuelo de libros de autoayuda. No contestó. Hizo bien.
-Oiga, hombre -terció Lina-, encima que viene a chupar de arriba tira una onda nefasta, diga. Por lo menos cuente cuál es la causa de tanta mala sangre, vio…
-No creo que lej interese mucho.
-Pruebe, a ver. Por ahí se saca el carozo del buche.
-Vengo desde Florencio Varela. Hasta hace un rato vivía allá. Salí con lo puesto. No tengo nada, las últimas monedas las gasté en el tren.
-No andará con problemas con la ley, ¿no? -Preguntó Lina, con el ceño fruncido.
-No, doña, quédese tranquila -respondió, y a continuación inquirió a su vez: -¿De veras quieren que les cuente? -Con la sorpresa propia de quien no está acostumbrado a que le presten atención alguna.
-Bueno, hombre, si quiere.
-La voy a hacer corta porque ya me siento bastante huevón. De chico solo conocí abandono y miseria, por decir nomás, vio; la cosa empezó en Piedra del Águila, allá al sur, en el Neuquén. Me enteré que andaban conchabando gente pa’ trabajar en la presa…
-Sí, la hidroeléctrica.
-Eso mesmo. Y allá juí.
-Pero eso fue hace una bocha -observé.
-No se priocupe, ya le dije que la vua’cer corta. Y tiene razón, por ese entonce’ no había mucho que hacé’, que no sea deslomarse en la obra y tomarse unos vinitos por áhi. Hasta que un día abrieron un cabaré, por áhi por la zona.
-Ésa me la veía venir -dijo Lina.
-¿Quién sos, vos, Walburga?
-No sé quién es ésa, pero por las dudas, andá a la puta que te parió. Sos muy pichón, nene; cada vez que entra al bar un tipo en este estado, hay una pollera de por medio.  
-Tenés razón. Estuve medio lento.
-¿Medio?  -Y dirigiéndose al hombretón: -Mire, si va a hablar guarangadas, recuérdese que soy una dama. No vaya a andar diciendo porquerías como suele hacer el puerco éste…
-¿Y cómo cree que le vuá podé contar…
-Ah, no sé, arregleselás. Es asunto suyo. Parece bruto pero no es para tanto.
-Bué, es como dice usté, señora. Como no había mucho que hacer aparte de hacer pastone', desparramar cemento, cavar, hacer cimiento', y esas cosas, los vierne’ y a vece’ lo’ sàbado también, noj íbamo’ p’al nái clú.
-Viste, “Húdson” -señalé, insidiosamente.
-Y bué, allí la conocí a la Olga. Claro que allí se hacía llamar Greta. Era bailarina de estrí tís, y el polvo salía un poco más caro…
-¡Le dije, hombre!
-Y bué, doña, qué quiere que le diga… somos todos grandes…
-Dale, Lina, dejá de hinchar las pelotas. Dejalo hablar tranquilo, como si no conocieras lo que es echarse un polvo…
-Mirá, nene, no empecés porque te rajo del orto, eh.
-¿Ves que vos también decís guarangadas? Bajá la botella de ginebra, dale.
-¿Vas a pagar?
-Eeeeh… ¿cuándo no te pagué?
Bajó la botella de Bols nacional y llené los vasos con restos de cerveza.
-Gracias -dijo el hombretón, y sentí que su gratitud era inédita en mi acervo experiencial. -La cosa es que dejé todo mi dinero entre sus piernas. Estaba güena, la loca. Y… -medio se detuvo y pispeó de reojo a Lina, que secaba vajilla y lo miraba con cara de pocos amigos.
-Déle, mándele -lo alenté. -Éste es un bar de hombres, al fin y al cabo.
-Es el bar de una mujer -aclaró Lina.
-No saben cómo chupaba la pija -continuó el grandote, de sopetón. Lina se puso roja, pero 1) la marea se le venía en contra; 2) éramos los dos únicos clientes en una noche desapacible; 3) estaba interesada por conocer el resto de la historia.
-¿Alguna técnica en especial?
-Todas, las ténicas. Nunca vi nada igual. Era capaz de llevarlo a uno desde el infierno al cielo varia’ vece’ seguidas, una artista.
-Y al final, ¿se la tragaba? -Lina hizo un visaje de agravio, pero no dijo nada.
-Le permito la falta de rispeto porque yo solito abrí el pico. Pero sí, como si fuera champán, en plena rebalsada, nomá‘.
-Si siguen hablando así van a tener que irse a terminar el trago a la plaza.
-Ta’ bien, doña, disculpe.
-Entonces se enamoró de ella, ¿no? -Aventuré, haciendo caso omiso de las amenazas de Lina.
-Yo sabía que una mujer así no era pa’ enamorarse; pero como ella me decía que me quería, y que quería rajarse del cabaré conmigo, empecé a entrar por el aro.
-Literalmente.
-¿Cómo dice?
-No importa, continúe, si gusta.
-Entonce’ yo me rompía la cabeza pensando en cómo sacarla de allí. No vaya a cré’ que me tragaba la píldora esa del amor, y eso. Soy lerdo pero no tan abombáo como para no saber que esta clase de mujeres le hacían hacé’ toda clase de idioteces, al hombre.
-”Es zonzo el cristiano macho cuando el amor lo domina” -Recitó Lina.
-Un pelo de concha tira más que una yunta de bueyes -dije yo.
-¡Ya tenía que saltar, el guarango!
-Bueno, así y todo, por el polvo, nomá, me puse medio loquito, y entre otras cosas le pedí que no me cobre, así juntaba unos mangos pa’ poder irnos a la mierda. Me dijo que por lo menos tenía que darle la parte del cafisho, que no era poca. 
-Así son las cosas…
-Tal cual, vea mozo. Y en eso, una noche, hicimos un asadito pa’ la peonada, que éramos nosotros, ¿no? Morfamo‘, chupamo’ y cuando estábamo’ bastante mechaditos, el Zurdo dijo: “¿A que no saben quién se puso de novio?” Y todos le preguntaban “quién quién”, sabiendo que empezaba la guasa. “El gorreáo éste”, y me señaló a mí. “Qué te pasa, cabrón” le contesté, y él seguía, como si yo no le hubiera dicho nada: “¿Y saben quién es la novia? La Greta, tomá pa’ vos.” “Estás mamáo, dejate de hablar pavadas”, le dije, pero él seguía. Que la Greta misma se lo había contado mientras se la emporronaba, que ésto y que’l otro. Yo me calenté y lo llamé a silencio, porque lo iba a cagar a trompadas. “¿Qué te creés, que porque sos grandote te vua’ tené’ miedo?” Y yo, que estaba cada vez mas caliente, le dije “¿Querés probar?” Y m’ hizo la parada, el estúpido. Nos levantamo’ y ahí mismito, con todo el obreraje alrededor, el Zurdo empezó a bailotear, y a hacerse el payaso. Tipo Cassiu’ Clay, ¿vio? De vez en cuando me tiraba algunos puñetes, y alguno que otro me’mbocaba, pero la verdá es que ni los sentía. Lo que más me molestaba eran las risas y burla’ de los compañeros, que como siempre, cinchaban pa’l más débil, sobre todo cuando daba espetáculo. Me juí encegueciendo de rabia, y en una que se descuidó por cachetearme, lo emboqué de lleno en la sien. Cayó como bolsa ’e papa. Se quedaron todos calladitos. Yo me asusté, porque el Zurdo no se movía. Lo jui a ve’, lo senté contra una paré y vi que le salía un poco ‘e sangre por la narí. Era raro, porque lo había embocáo en la sien, como les dije. Quise creé que se había golpeáo al caer, y no que le venía de adentro.
-También, con esas manazas… parecen racimo de porongas.
-Son mano ’e trabajador, mozo. Pero volviendo, lo güeno era que respiraba. Se dispertó un poco y dijo que se iba a dormí. Le dije que no era güena idea, que mejor se quedara un rato dispierto; hasta le ofrecí acompañarlo al dotor, pero me sacó del orto y se jué a dormí, nomá.
-¿Y se murió?
-No. Al otro día amaneció hablando zonceras y bastante tololo. Pensamos que se iba a curar, pero no. No servía pa’ laburar, ni casi pa’ nada. Uno de lo’ muchacho’ me dijo que lo’ patrone’ m’iban a echar toda la culpa, lo iban a echar al Zurdo como a un perro y me iban a cargar el fardo a mí, y si no pagaba m’ iban a poné’ preso. Lo pensé y tenía razón, así que lo agarré al Zurdo (que por suerte estaba boludo pero era dócil), pasé a buscarla a la Olga y cuando vio el cuadro, se vino. Dijo que quería vivir en la Capital. Así que pagó los pasajes y con lo poco que teníamos alquilamos un rancho piojoso por acá por Florencio Varela. Y a partir de ahí, l’ único que hice fue deslomarme trabajando de albañil, haciendo changa’ y eso. Pero la vida no era tan mala, igual. Tenía a la Olga, que era hermosa mujé‘, y entre los dos, era como que estábamo’ criando un hijo bobo, que venía a sé’ el Zurdo. Todo’ los días le pedía perdón, y su zoncera era una culpa permanente en mi cabeza. El pobre parecía entender, pero seguía moviéndose como un flan y hablando tan pa’ la mierda que no se le entendía nada. 
Y así jueron pasando loj año’. Hasta que hoy mismito, después de terminar un techo debajo de esta humedá, el capataz nos dio permiso pa' irnos. Entré a casa, la radio estaba prendida fuerte. Cuando pasé a la cocina, a lo primero no entendí bien, pero enseguida me dí cuenta que la Olga estaba arrodillada adelante del Zurdo chupándole la pija. Y el zonzo que me miraba, sonriente, como si me la estuviera devolviendo a propósito. Creo que la Olga ni se habrá enteráo que estuve, porque salí así, con lo puesto, más voleáo que el mismo Zurdo. Y ahora estoy acá. Eso me pasa por confiar en una puta.
-Hasta ahí veníamos bien -dijo Lina-, pero déjeme decirle, grandulón, que las putas son lo más confiable que hay, y si no, pregúntele a éste. Mala gente hay en todos los oficios. No tiene nada que ver que sea o haya trabajado de puta; es mala entraña y listo.
-Sí, puede sé’.
-¿Y qué piensa hacer, ahora? -Le pregunté.
-No sé. ¿Puedo ir a dormí a su casa?
-No, hombre, imposible. El que me la alquila vive abajo y si lo llevo nos echa a los dos. Yo le diría que como está la noche… vaya a dormir al policlínico. En la sala de espera principal seguro que lo dejan.
Pagué los tragos (en bonos), saludé y cuando me iba oí a Lina preguntándole al grandote si no se iba él también.
-Dejalo que termine la ginebra, queda un poco y ya está paga.
-Claro, borrate y dejame el fardo a mí, dale…
-No se priocupe, doña, termino la ginebra y me voy.
Salí a la noche desapacible, subí las solapas de mi saco y emprendí la marcha a casa. Me sentí triste por la bestia humana sensible.

Unas noches después volví al bar de Lina, y cuál no fue mi sorpresa cuando vi al grandote tras la barra, repasando unas copas.
-Buenas tarde’, don nene -me dijo sonriente. -Ahora tengo conchabo. ¿Le puedo invitar un trago?
Miré hacia la derecha y allí estaba Lina, tejiendo con agujas, sentada al lado de la ventana.
-¡Ah, bueno! Parece que te llegó la jubilación…
-Y, ya era hora, nene.
-Servime una ginebra -le dije al urso, y volví a dirigirme a Lina: -Parece que tiene todo grande, el fulano éste.
-Ves que sos un desubicado. Qué nene más hijo de puta que sos…

domingo, 2 de septiembre de 2012

UNA PULSIÓN ORGÁSMICA DESCONTROLADA


Estaba tomando unos mates y oyendo la radio. El Vicepresidente de la Nación había renunciado a su cargo debido a casos de corrupción en el Senado, y se había armado un quilombo bárbaro. En eso llegó Renato, con aires de traerse algo bajo el poncho. Tenía la mirada algo huidiza, no me miraba de frente, no me chicaneaba con boludeces, en fin…
-¿Qué te pasa? -Le pregunté, cansado de su expresión de bovino estresado.
-No, nada, es que..
-¿Es que qué?
-Nada, Cratilo, pasa que anoche a eso de las tres de la mañana cayó Griselda a casa.
-Ah, por ahí venía la cosa…
-Sí, viste, vino llorando, me dijo que vos la habías echado a la mierda de acá.
-Y te la cogiste.
-Y bueno, la consolé, la abracé, y viste cómo son estas cosas…
-¿Te meó la cama?
-No -respondió, alelado, como pidiéndome que le explique lo que le acababa de preguntar.
-Entonces no te la cogiste bien.
-Sos un hijo de puta, ¿sabés?
-Creo que alguna vez me lo dijeron, ya. Pero siempre fueron pelotudos. O minas despechadas que se van a tratar de voltear algún amigo mío nada más que por venganza. Te tocó a vos. Me alegro. Me imagino que no la tomarás en serio, ¿no?
-Y, está buena, la loca.
-Bueno, entonces encargate algunas fundas de nylon para cuando aprendas a coger.
-¡¿Te querés dejar de descalificarme?! ¿Quién carajo te creés que sos? ¿Valentino?
-Bueno, hacela mear y después competimos.
-¿Qué carajos estás hablando de meadas, y qué sé yo?
-Ah, ¿no te contó porqué la eché a la mierda? Bueno, no; en realidad, no fue por eso. Pero lo usé de excusa.
-Cada vez te entiendo menos.
-Esperá, dame tiempo a explicarme. En realidad, me tenía podrido con sus aires de class up, de pendeja concheta de la alta sociedad, y toda esa mierda de gente fina. Y tanto hacerse la fina, quedó para el ojete. Anoche, no sé por qué, tenía ganas de hacer firuletes. Tenés que ver cómo gritaba, la loca. Acabó no sé cuántas veces con el jugueteo, así que cuando se la mandé a guardar gritaba como una loca (entre paréntesis, el gringo castrado que vive abajo en cualquier momento me echa a la calle) y cuando le vino el orgasmo digamos… central, me arrastró consigo, y cuando estaba eyaculando sentí que me corría por las piernas un flujo extraordinario de líquido caliente, y pensé “a la mierda, qué polvo se está echando”, y ya pensaba en aguantarla a pesar de sus taras aristocráticas cuando me dijo “disculpame, me hice pis”. Salí para la ducha, y cuando volví estaba levantando la ropa de cama con expresión de bochorno. “Salí”, le dije, y agarré todo, colchón incluido, y lo tiré afuera. 
-Bueno, sos un animal, ¿ves? Eso le puede pasar a cualquiera.
-Ah, ya la defendés y todo. No, querido, no le pasa a cualquiera. Le aflojé toda la plomería. Vos sos mi amigo y por eso te aviso. No le des mucha bomba porque se le rompe el cuerito.
-Qué hijo de puta que sos -masculló.
-¿Qué esperabas? ¿Qué te diga “está todo bien, te felicito, me  alegro que te hayas cogido a mi chica sin saber qué cuestión había detrás”? No, querido; si fuera un hijo de puta te tendría que echar a vos también, después de patearte el culo. Encima que te digo la justa de buen amigo que soy, nomás…
-Puede ser. Nunca se sabe, con vos.
-En cambio vos sos tan previsible que te voy a poner unas fichas. Si sabés cómo tratarla, vas a ser el primer surfista de orín femenino en la historia.
-Me pidió que te dijera algo.
-Ah, ¿sí?
-Quiere que vayas a la cena de hoy en la casa del tío. En realidad, no quiere saber nada con vos, pero le cuesta enfrentarse a la familia sola, viste cómo son las minas.
-Otra careteada más, eh.
-Yo también voy a ir.
-¿Va a presentar dos novios?
-No, estúpido, yo voy como amigo. Pasa que de vos ya les había hablado.
-Vas de colado, eh. Y para vigilar que no le haga saltar el chorrito.
-Andá a la puta que te parió. Andá, dale, que va a haber bebidas gratis.
-Sos una rata. No me llamo una botella de champagne, sabés.
-¿Te van tres?
-Si me chupo tres tubos de champagne en ese ambiente, rompo todo.
-Dale, chico malo. ¿Vas a ir?
-Decile que se quede tranquila. Pero es la última. Y conste que lo hago por el champagne, que tiene más espíritu que toda esa caterva junta.

A la nochecita me bañé y me puse una de esas camisas hindúes, bien colorinche, y los pantalones y zapatillas hechos mierda. ¿Quería que vaya? Bueno, iré, pero ya no tengo por qué aguantar que me vista para la ocasión como había sucedido anteriormente. Le iba a dar bronca. Tanta como a mí placer.

Entré a la fiesta de cumpleaños del ricachón. Ya venía picadito y había dejado un par de botellas de champagne en el congelador, no fuera a ser cosa… Griselda y Renato ya estaban charlando con algunas primas de ella, había un par que si no hubiesen estado lobotomizadas podrían llegar a ser mujeres ideales. Pura carrocería, bah. Griselda se quedó de una pieza al verme, todo desarrapado, como a mí me gusta. En cambio a Renato sólo le faltaba corbata. Griselda se acercó, me dio un beso en la boca (oh, cultura de la cáscara vacía) y me musitó: 
-¿Me lo estás haciendo a propósito? 
-Qué, ¿acaso no me pediste que viniera?
-Pero te podías haber cambiado de ropa, al menos.
-¿Qué tiene de malo ésta? Aparte, estoy limpito y no pienso andar orinando a nada ni a nadie.
-Sos un hijo de puta.
-Ya me lo dijo Renato. Y vos sos más hija de puta que yo, porque hasta donde yo sé, no le anduviste marcando el territorio en su cama.
-Fue una mala idea pedirte que vengas.
-Igual me la debés.
Después, el tedio de ese grupo social pacato y superficial. Puta que se iba a hacer densa, la velada. Comenzaron sirviendo algunos bocadillos y fernet, ¡del barato! con cola. Me volví hacia mi izquierda y le susurré a Griselda:
-Fernet, encima berreta. Empezamos mal.
-Por favor te pido…
Me volví hacia mi derecha (me habían rodeado, sospecho que no por casualidad) y susurré a Renato:
-Acordate que si no sirven champagne medianamente decente, me lo pagás vos, eh.
-¿Eeehhh, de dónde sacaste eso?
-Secretos en reunión… .- dijo una morenaza muy jovencita, carita de nena pero con un lomo delgado pero pulposo. -Renato, te cambio, así hablás con las chicas y yo puedo hablar con mis primos.
-¿Primos? -Pregunté, algo atolondrado por la belleza de la piba. 
-Soy Lorena, prima de Griselda; y por ende, tuya.
-Ah, claro -y me levanté como un resorte para darle un beso. No sé si dejé traslucir mi estupor, o mi reacción hormonal. Pero en todo caso, ¿a quién le importaba? A Griselda, claro. Y eso, ¿a quién le importaba? Y lo dejo ahí porque parece que estoy entrando en un vórtice paranoide.
El boludo de Renato miró a Griselda como pidiéndole permiso.
-Boludo, andá, no seas gil. -Le dije, saboreando las incomodidades de la flamante parejita de incógnito. No eran celos, ni revanchismo alguno. Simplemente me gustaba ver cómo se debatían en actitudes y emociones dignas de marionetas, casi ahorcándose con los hilos que venían a ser las fuerzas de sus vidas, enmadejadas y confusas.
-¿Qué cuentan? -Dijo, como para abrir el diálogo.
-No mucho -dijo Griselda, algo mosqueada.
-Ay, Griselda, siempre con mala onda, vos.
-No -me apresuré a meter púa-, si hoy tiene un día espléndido. Vos no sabés lo que es el resto del año.
-Váyanse al carajo -nos dio el culo, y se prendió en el cotorreo al que momentos antes se había integrado el bobo de mi amigo.
-¿Le pasa algo?
-Siempre, le pasa algo.
-Ufa, loco, vine a tirar una onda y la cagué…
-No te vas a hacer cargo; no sos vos, es ella.
-¿Y qué le pasa?
-Es un poco largo de contar.
-Bueno, resumime, ¿a ver?
-Anoche cortamos, y ahora parece que empezó a curtir con este orate amigo mío.
-No entiendo.
-Yo mucho tampoco, pero parece que como ya le había hablado a la familia de mí, la quiere caretear un tiempito. Igual, les podía haber dicho que el gil éste era yo. Y listo. 
-¿No conocés a los padres?
-Tuve el disgusto, sí.
-Jajajajá, qué loco que sos. Seguro que en cualquier momento caen. Es por eso.
-Ah, seguro, tenés razón. Este fernet es un asco.
-A mí tampoco me gusta. Esperá que traigo un vino.
Cuando fue a buscarlo, Griselda me conminó:
-Por favor, no vayas a empezar con tus estupideces. Al menos hoy, por favor.
-Cómo no, Su Majestad. Sus deseos son órdenes -ironicé. 
-¡Mirá lo que encontré! -Exclamó entusiasmada Lorena, enarbolando una botella de Bianchi tinto. Era linda. Era fresca. Y lo mejor, que su actitud de entusiasmo se había hecho más ostensible ni bien se enteró que yo estaba libre. Mi yo interior soltaba carcajadas diabólicas.
-Un manjar -le dije, mientras servía las copas.
-Yo también quiero de ése. -Pidió Renato.
-Conseguite. Ya me debés tres botellas de champagne.
Se quedó con el vaso en la mano esperando que Lorena le sirviera. Ésta dejó la botella sobre la mesa, al tiempo que le respondía:
-El hombre habló. -Griselda se puso blanca ante la desfachatez, pero no dijo nada. Renato quedó como un boludo; y vaya que lo era. Mi sonrisa interior brillaba. Claro que solamente hasta que descorcharon ¡SIDRA! Me sentí ofuscado, fastidiado, discriminado… ¡tanta guita, tanto lujo, y nos sirven ¡SIDRA! Eché a Renato una mirada fulminante, y mascullé al oído de Griselda: “Después el grasa soy yo”. Ella, como toda respuesta, subió su hombro con desprecio; pero al propio tiempo intentando alcanzar mi mandíbula.
-Me aflojás el implante y te arranco la cabeza, “cariño”.
-¿Pasa algo? -Me preguntó Lorena.
-No, nada. Sólo que en este ambiente tan ostentoso, te sirven ¡SIDRA!
-Tenés razón. Mi padre es un tacaño.
-Uy, disculpame, yo… -Intenté justificarme; quizá sea ocioso señalar que, por aquellos días, aún no tenía muy claro el concepto de poner en funcionamiento el cerebro antes que la lengua. Pero me interrumpió:
-Ni que lo digas. ¡Justo a mí, me vas a decir quién es…! Yo vengo a ser la zurda de la familia, la inadaptada, la que no entiende para qué sirve seguir amasando guita cuando ya la tenés toda. No te sientas mal, pienso exactamente igual que vos. Y yo sé muy bien de lo que estoy hablando. El vino éste lo traje de mi habitación. La mala noticia es que no tengo más.
-Cada vez me caés mejor.
-Vos también.
Se me produjo un vacío en el estómago, onda pozo de aire. Y como dijo el gaucho icónico, “la ocasión es como el fierro, se ha de machacar caliente”; así que dije que iba a comprar cigarrillos. Y tal como lo esperaba (optimista al fin), Lorena, con su mejor expresión de sarcasmo, le preguntó a Griselda si me podía acompañar, a lo que su prima respondió agitando la mano como si nos echara aire. Sin siquiera mirar la mueca histriónica que la hermosa jovencita le había dedicado, y que tanta gracia dejaba entrever. No dejé de agradecer a mi estrella.
Una vez fuera, me vi en la obligación de confesarle que cigarrillos tenía de sobra; que en realidad me iba a mi casa, a pocas cuadras de allí.
-Como si no me hubiera dado cuenta…
-Sos muy suspicaz.
-Puede ser, pero no por esto. En realidad, fue demasiado evidente.
-No creo que Griselda se haya dado cuenta.
-¡Pero Griselda es una boba! No vas a comparar…
-Ni loco. Tengo tres botellas de champagne frío en casa. ¿Querés venir?
-Dale, así me contás qué pasó con la boluda de mi prima.
Ya sentados frente a sendas copas rebosantes de champagne mendocino, Lorena volvió a preguntarme qué había sucedido con Griselda.
-No, pasó eso que vos decís. Somos muy distintos, ella es una fifí recalcitrante, y yo, más bien, todo lo contrario.
-Y si se nota de acá a la China, ¿por qué te enganchaste?
-¿Será porque está rebuena?
-No creo. No parecés tan superficial.
-Bueno, entonces no sé.
-¿Será miedo a la soledad?
 -Si le tuviera miedo a la soledad, me compraría un gato, o dos. Es mucho mejor que aguantar boludas pretenciosas. Che, decime, ¿y vos? ¿Qué onda?
-Los pibes de mi edad son un pelmazo. Están todo el día acicalándose según la moda, con sus telefonitos de última generación, la play station. Se hacen los gatos y, cuando los apurás, se asustan y no se les para. Y los mayores, de tu edad, más o menos (que para más tampoco me da), se creen los reyes de Java porque aprendieron un par de truquitos sexuales, y al final terminás haciendo todo vos.
-Mirá vos. Así que por un pelo entro en tu target…
-Raspando raspando -respondió, y rió a carcajadas. -Pero si vas a pensar que me quiero casar, ser ama de casa, cuidar chicos, y eso, vas muerto.
-¿Acaso parezco de ese tipo?
-No. Por eso estoy acá.
-¿Tenés alguna espectativa?
-La primera, rajar de mi casa. Las demás, las estoy evaluando.
Sonó un poco arrogante, ya que se suponía que cualquier eventual arreglo también dependía de mi voluntad. Pero dios sabe que en estos menesteres sí soy superficial, así que no dije nada. No quería perder aquel sabroso bocadillo. Puse un CD de U2 en el estéreo, y di un respingo al sentir la mano de Lorena subir por entre mis piernas, hasta asegurar bien el paquete. Así, como quien dice “agarrado de los huevos”, serví las copas otra vez, mientras sentía que mis engranajes comenzaban a levantar el mástil. Ella se percató de inmediato, y me indicó sentarme en la silla. Me bajó pantalones y calzoncillos y comenzó con una mamada soberana, tanto técnicamente como por la enjundia apasionada que la motivaba. Sabía lo que hacía, sí señor. Y según parecía, lo disfrutaba como loca.
-Bueno -le dije-, si no aflojás un poquito voy a gozar yo sólo.
Soltó el sorbete y me preguntó:
-¿Acaso no se nota que yo también estoy gozando?
-Yo decía, porque…
-Echátelo cuando quieras.
Era demasiado. Comencé a jadear, gemir y a emitir otra clase de sonidos inéditos en mi inventario. Ella también. 

“Too late
Tonight
To drag the past out into the light
We're one, but we're not the same
We get to
Carry each other
Carry each other
One” 

BUM BUM BUM BUM BUM BUM, golpearon a la puerta, mientras los gritos de Griselda resonaban en la quietud de la noche.
-¡Sabemos que están acá! (vaya suspicacia) ¡Abran, hijos de puta! -BUM BUM BUM BUM BUM BUM.
Lorena soltó la presa y yo me incorporé como un resorte para abrirles, mientras me subía los lienzos. 
-¡¿Qué hacés, enferma mental?! Sabés muy bien que el gringo me quiere echar a la mierda, ¿y me venís a hacer semejante quilombo? 
-¿Quién carajo te creés que sos? ¿Me venís a denigrar frente a mi familia? ¿Y justo con la putita ésta?
-Oíme, tarada… -comenzó a decir Lorena, pero una voz desde abajo la interrumpió:
-¡TE DIJE MIL VECES, CRATILO, QUE NO QUERÍA MÁS BARULLO DE PUTAS EN LA CASA!
-Pasen, pasen, la reconcha de su madre. Y vos, imbécil, pará de gritar, eh. Sabés bien los quilombos que tengo con el dueño de la casa. Si volvés a gritar te saco a patadas en el culo.
-Eh, no le hablés así -me dijo el boludo de Renato.
-Mirá, vos callate porque te deshago a golpes, boludón. Lindo amigo, traidor de mierda, venir a hacer escándalo a mi casa.
-Yo no hice escándalo.
-No, pero la trajiste a la yegua ésta. Llevátela a tu casa, mamerto, a ver si conseguís hacerla mear en la cama.
-Pará, con eso.
-Bueno, miren -aclaré, mientras tomaba la media botella de champagne y las dos copas de arriba de la mesa-, Lorena y yo tenemos mucho de qué hablar. Y si me toman el tubo de champagne que queda en el congelador, les corto las manos. El pendejo éste todavía me debe tres.
-Y con vos arreglo cuentas después, venir a decirme putita a mí -dijo Lorena, con una mirada que me hizo pensar que podía apostar 10 a 1 a mano suya en una eventual pelea con la tarada.
Fuimos a la habitación. Nos desnudamos. Tenía un cuerpo soñado. Apenas la besé unos momentos, apasionadamente, ella volvió a lo que estaba haciendo cuando la loca de su prima casi me derriba la puerta. 
-Ya te dije que…
-No te hagás problema, esto es lo que más me gusta. Y primero las damas, viste. Después me pedís vos -y se volvió a meter el caramelo en la boca. Comenzamos a emitir ruidos de placer, nuevamente. Iba a eyacular, así que traté de apartarla, pero se prendió más fuerte, así que no pude evitar la descarga en su boca. No dejó caer una gota. Yo entonces pensé que seguramente, con aquella belleza, iba a gastar mucho menos en lavandería.
Entonces empezamos a oír:
-¡Así, Renato, así! ¡AY CÓMO ME GUSTA! ¡SEGUÍ, POR DIOS, SEGUÍ! ¡AY, AY, AHHH, AAAAHHH NO PARES QUE ME VOY! ¡AH AAAAH AAAAARGH!
Hija de puta, lo estaba haciendo a propósito. Para darme celos, de venganza, y de paso para generarme problemas con el gringo de abajo. Me explotó la cabeza. Salí, en bolas como estaba, el bicho todavía levantado.
-Che, hija de puta, cerrá un poco el orto, ¿querés? -Le dije, mientras sacaba de la heladera el tercer champagne. -Y ni se te ocurra mearme el futón. Echate todos los polvos que quieras, pero con esas dos condiciones.
-¿Cómo salís así, con esa cosa al aire? -Ensayó, porque no tenía nada que decir.
-Como si no la conocieras. Aparte vos también estás desnuda, garchando en mi propia casa, y no te digo nada. Y encima le tengo que ver el culo al idiota éste, que entre paréntesis, no luce bien. Parece que hubo visitas que entraron por esa puerta trasera.
-Eh, gil, ¿qué te pasa?
-Nada, me pasa. Ahora si querés boxear…
-Vení, Cratilo, no les des bola.
Entré a la habitación y fui al armario a buscar mi pistola Bersa .22. 
-¿Qué vas a hacer? -Me preguntó Lorena, alarmada. Le guiñé un ojo y volví al comedor.
-Tienen dos minutos para vertirse y tomárselas de acá. Si no, los saco a tiros en el culo.
-Oíme, nene… -ensayó Griselda, mientras el dolobu se vestía con la prisa que las circunstancias exigían.
-Dale, Gris, vestite, que este demente es capaz.
-“Dale, Gris, vestite” -Lo remedé. -Claro que soy capaz. Me van a venir a tomar de pendejo en mi propia casa… dale, vamos, váyanse. Y no se les ocurra hacer ningún ruido porque los corro a los tiros.
-Te voy a hacer una denuncia que vas a ver.
-Y yo publico en internet todas las fotos en bolas y haciéndote la puta que te saqué. Con teléfono, domicilio y demás datos personales, que incluyen vaciamiento de vejiga en el orgasmo. Ya va minuto y medio.
-Sos un hijo de puta.
-Veintinueve, veintiocho, veintisiete -Sin dejar de apuntarles. Se atropellaron para salir. Y no hicieron el más mínimo ruidito.
Cuando volví a la habitación, me regocijé con el cuerpazo desnudo sobre mi cama. Creo que me babeé.
-¡Qué hijo de puta que sos! -Me dijo entre risas.
-Debo ser, nomás. Últimamente me lo están diciendo muy seguido.

viernes, 24 de agosto de 2012

AMOR Y MUERTE EN BAHÍA


Llegué a la Isla de Boipeba, en la Bahía de Todos los Santos, a través del ahora llamado Río do Inferno. Pero si bien Boipeba -así se llamaba también el conglomerado humano más grande- era pequeño, mis ansias de naturaleza dirigieron mis pasos hacia poblados más pequeños aún, algunos que ni siquiera tienen nombre, adoptando el de aldeas vecinas. En cada arroyo que desciende de los morros, hay un asentamiento de pescadores que busca la abundante fauna marina allí donde se juntan las aguas saladas con las dulces. Fue en las cercanías de uno de ellos que transcurrirán los extraños hechos que paso a dar cuenta. Su nombre no importa; ello aparte que odiaría quitarle audiencia al viejo Genival.
Una noche, después de beber unas cuantas cachaças con un grupo de pescadores que se reunían en una tienda en la playa, compré una botella de Velho Barreiro y me fui a meditar -o a terminar de emborracharme, lo que ocurriese primero- cerca de un manglar. Era una clara y fresca noche de luna llena. Tomé unos cuantos tragos y encendí un porro. Comenzaba a fumarlo tranquilo, despaciosamente, cuando vi venir una figura humana, con un par de algo así como tiras colgando de su brazo derecho. Cuando se acercó vi que se trataba de un mulato de cabello mota totalmente blanco, bajo y atlético para su edad. Vestía una camisa oscura, bermudas y ojotas. Las tiras no eran otra cosa que un par de morenas recién atrapadas.
-¿Maconha?
-Sim -respondí, mientras le pasaba el cigarro. Chupó con fruición, entre expresiones de deleite. Me lo devolvió y le estiré la botella. -Y esto es cachaça. -Procedió a beber con idénticas muestras de regocijo.
-Yo soy Genival, para servirle.
-Encantado. Yo soy Cratilo.
-Cratilo, hem.
-¿Ésas son morenas?
-Mal bicho -asintió, mostrándome primero los finos colmillos y luego una fea herida en su pulgar izquierdo. -Si quiere las asamos y las comemos acá nomás.
-No, gracias, amigo, ya comí. Métale usted, si gusta.
-No como, generalmente -dijo, mientras las colgaba de una rama a mis espaldas.
-Ah -dije, cayendo en la cuenta de que no importa la densidad demográfica; allá adonde haya un loco, allí estaré yo con mi faro encendido. Mas el Genival ése era loco pero no boludo. A esas alturas yo ya estaba convencido de que venía por mi caçhaca.
-¿Sabe, Cratilo? Me gustaría hablar un poco con usted. Y no es que me quiera beber su aguardiente, sucede que creo que necesita hablar -aclaró, como si hubiese leído mi mente; ello, respecto del aguardiente. No estaba seguro siquiera de querer hablar, mucho menos de necesitarlo.
-¿De qué quiere hablar?
-Me gustaría oír su historia, saber qué lo trae a estas solitarias playas, en fin…
-¿Qué me trae? Gamboa, acá al norte, en la isla de Tinharé, es mi lugar en el mundo. Cada vez que necesito curarme de cualquier dolencia física o espiritual, vengo. Y me curo, claro. 
-Sí, esta tierra es prodigiosa. ¿Y ha venido a curarse de alguna dolencia, pues?
-Siempre hay dolencias que curar.
-Dígamelo a mí… pero el problema es cuando no se curan.
-¿Quiere hablar usted? -Le ofrecí, suponiendo que era él quien lo necesitaba.
-No, mire, yo soy bastante más viejo, y la cosa para mí funciona de modo que usted me cuenta y yo después, no por sabio sino por mi larga experiencia, trato humildemente de ayudarlo en lo que pueda.
Me gustó la propuesta. Ello, aparte, me permitía desarrollar una suerte de psicoanálisis con un terapeuta que compensaba la falta de formación teórica con la aspereza de su modo de vida. Menos anteojitos y pipa y más pelarse el ojete para sobrevivir. Óptimo.
-¿Le hablo de mi papá y de mi mamá? -Pregunté insidiosamente, y de paso para abrir el juego.
-Lo que guste.
-Mi viejo era el tipo más responsable del mundo. Y ello, como todo exceso, acabó con su vida. Mi vieja era todo lo contrario, y yo en medio: obviamente, di prioridad a la impronta materna. No pensaba morir en peleas ajenas.
-No, claro. Pero la responsabilidad está en sus genes.
-Para eso tengo esto -respondí, mientras bebía un generoso trago de cachaça. -Ante cualquier arrebato de responsabilidad me embriago y listo.
-Buena medicina, eh.
-¿Quiere?
-No, gracias. Continúe, por favor -indicó con aires de terapeuta. Solo entonces advertí que, no obstante el chiste, terminé efectivamente hablando de mis viejos. Me cago en Freud.
-No tiene caso.
-Bueno, usted sabrá entonces por qué lo sigue esa sombra.
-¿Qué sombra?
-La sombra de la muerte. Camina a su alrededor. ¿Le teme usted a la muerte?
-He estado demasiadas veces del lado equivocado del caño como para temerle, a estas alturas. Desde muy joven estuve con el culo en el gancho, por circunstancias político-sociales o meramente por actividades consideradas ilícitas por quienes detentaban el poder. Eso sin hablar de las veces que le pasé cerca por intoxicaciones varias. No, no le temo. Que camine todo lo que quiera alrededor mío, pero que no se interponga. Sé que finalmente perderé, pero va a tener que pelear bastante para llevarme. Y dígame, ya que estamos:¿acaso usted es la muerte? ¿O acaso está muerto?
-¿Acaso lo parezco? Ya sé, no me conteste. Demasiados “acasos”, por ahora -respondió enigmáticamente, y se rió. Luego siguió con esa suerte de interrogatorio: -¿Y con las mujeres? ¿Cómo le va?
-Lo mismo me preguntó un viejo puto, cuando era adolescente -dije, algo fastidiado y para molestarlo, cosa que no logré en lo más mínimo, por cuanto se carcajeó más fuerte aún. Me pareció que su risa tenía un dejo metálico, como el del cantante de Sepultura, sólo que menos ostensible. Bebí otros buenos tragos de cachaça antes de continuar: -Las mujeres ya me han vuelto lo suficientemente loco como para intentar una relación estable. No quiero saber nada más acerca de ellas. Renuncié a tratar de entenderlas.
-Pero son lindas, eh.
-Ni que lo diga. Pero he elegido gozar de ellas sin comprometerme en lo más mínimo.
-Hace muy bien, joven Cratilo -aprobó, ahora algo ceñudo y pensativo. -Usted disculpe, pero le he preguntado por temas que me interesan mucho y no tengo oportunidad de hablarlos con nadie. Yo alcancé las mismas conclusiones que usted respecto de las mujeres, pero ya era demasiado tarde.
-¿Qué pasó? ¿Ya no se le ponía dura?
-Peor aún; si quiere, le cuento la historia.
-Déle nomás, no tengo nada que hacer.
-Resulta que me casé muy joven, con una negra guapa pero algo entrada en carnes, justo lo suficiente como para ser voluptuosa pero sin que se pudiese decir que era gorda. Todo iba bien al principio; pero después (no sé si por complejo o no), a medida que fue engordando, me fue tratando cada vez peor, vio cómo es eso… y encima quería sexo todo el tiempo, y yo debía esforzarme cada vez más para complacerla, aún a pesar del desagrado que me provocaba el tremendo culo que apenas si pasaba por las puertas, en ese bamboleo cárnico propio de las que se queman los pendejos entre las piernas de tanto rozar.
-Ufffff.
-Ufffff, sí. Y había que llegar al fondo de la cuestión, vio. Mire que no estoy mal dotado, pero esas nalgas robaban varias pulgadas -Ahora fui yo quien rió con ganas. Pero la historia continuaba: -Pasado el tiempo ya me repugnaba. Así que salía por ahí a beber y divertirme, lo que conllevaba que a cada regreso a casa primero era objeto de maltratos y acusaciones, y luego era atacado sexualmente. ¡Y guay que no se me fuera a parar! No había dios que la convenciera de que no había estado con otra mujer. 
Una tarde estaba bebiendo unas pingas en una barraca de Itapuá, cuando llegó un grupo de mozos haciendo batucada con parches, silbatos, agogós y hasta un banjo. Todos nos pusimos a seguir el ritmo con copas, botellas y cubiertos, o lo que hubiera a mano, y a cantar viejas tonadas bahianas. Y entonces apareció ella, Cleide. La mulata más hermosa que había visto en mi vida. Comenzó a danzar al compás del batuque, con una sensualidad y una gracia inconmensurables. Su cuerpo cimbraba y tremolaba con cada vigoroso paso, en un arrebol de lujuria. Su cara, en éxtasis danzante, parecía gozar de un orgasmo permanente, de forma tal que casi nos lo provocaba a quienes disfrutábamos el espectáculo de las firmes carnes estremeciéndose. Por suerte los mozos seguían tocando, aún excitados, porque yo quedé tieso y boquiabierto. Ella advirtió mi apasionamiento, de cuando en cuando me miraba y me dedicaba un mohín. Pensé que se estaba burlando de mí, era demasiado hermosa como para fijarse en mi humilde persona. Pero cuando paró la música, vino a mi mesa y se presentó. Bebimos una botella de cerveza y luego, cuando anochecía, me dijo que le encantaba darse baños de luna en la Lagoa de Abaeté. Mi corazón saltaba dentro de mi pecho, ya que muchas parejas iban a mantener relaciones sexuales en las arenas blancas que bordean la laguna, a unas cuantas cuadras de donde estábamos. Caminamos hacia allí, hablando sonceras y jugando juegos de seducción casi adolescente, y eso que ya andábamos por los treinta. Llegamos. Ya la luna rielaba sobre las arenas, y su piel morena contrastaba de un modo estremecedor. Sin decir palabra alguna, se acercó a mí y me besó. ¡Dios, qué dulce néctar me pareció su boca! Nos abrazamos, afiebrados, jugando con nuestras lenguas y apretándonos cada vez más fuerte a medida que la calentura ceñía nuestros cerrojos de sangre. Tomé uno de sus pechos y dejó escapar un leve gemido, al tiempo que comenzaba a acariciar mi sexo…
-Oiga, hombre, que se me está poniendo tiesa…
-Y no se imagina cómo estaba yo. Parecía un sueño. Pero era real. Tanto que no pude esperar mucho, la desnudé, subí sus piernas con mi antebrazo izquierdo y probé con mi boca otra vez el dulce néctar de su sexo. Ella se contorsionaba y gemía casi desesperada, mientras yo jugueteaba con las suaves mucosas y trataba de entender pronto cuál era su predilección en esas lides. Pero no tuve tiempo, ya que descargó un caudaloso orgasmo en mi boca. Entonces, antes de que me sucediese lo mismo sin haber ingresado aún en su maravilloso cuerpo, la monté y descubrí que, pese al tremendo polvo que se había despachado, aún la tenía prieta. Y así siguió, aunque a muy poco acabamos juntos y estruendosamente. Tardamos un buen rato en recuperar el aliento. Luego, a lo largo de la noche, lo hicimos cuatro veces más.
-Eh, hombre, ‘ta bien que fantasee un poco, pero achique la dosis, así es más creíble. Más que en esa época supongo que todavía no existía el viagra.
-Se nota que no sabe lo que era cogerme a la culona, apenas si podía levantarla. Pero Cleide… ¡qué hermosa era! Su risa iluminaba mi vida.
-¡Joder que se enamoró!
-Pues sí. Y ese fue el principio del fin. Nos seguimos viendo a escondidas, ya que la culona, después de esa noche, había olido algo.
-Habrá sentido olor a concha, por lo que cuenta.
-No, me refiero a algo más sutil, por graciosa que le resulte su guarangada. 
-No se ofenda, Genival, es una broma -no dejaba de sorprenderme el refinamiento de sus ideas tanto como el de su verbalización.
-Y ella, como modo de ganarse la vida, era amante de un político muy rico y venal, con disposición de hacernos desaparecer del mundo si se enteraba de la traición.
-Ahá, por ahí saltó la liebre.
-Cierto. Pero nos amábamos demasiado, hasta la locura; tanto que pensamos que si ese iba a ser nuestro eventual destino, o peor aún, la posibilidad de que nos separaran definitivamente, preferimos atacar primero. Ella iba a tratar de hacerle firmar un seguro, o algo así, para no quedarse con las manos vacías después de tanta asqueada inversión de sus encantos. Luego hallaría alguna manera de liquidarlo. Yo me encargaría de mi grotesca pesadilla culona.
Cleide arregló sus seguridades financieras y decidió envenenarlo con un filtro preparado por una anciana amiga hija de las Yiami, que son…
-Ya sé, Deidades u Orixás del Panteón Yoruba, ¿verdad?
-Algo así, sí, pero las precisiones las dejamos para otro momento. Yo, por mi parte, enterado que estaba de la inminencia del desenlace de ese lado de la historia, ideé un plan: serruché la baranda de madera del balcón de mi casa en el segundo piso casi totalmente, de modo que ante el menor apoyo cedería. Salí un rato a tomar coraje y volví al anochecer, a sabiendas que la gorda comenzaría inmediatamente con sus ofensas y descalificaciones cotidianas. Y así fue. Pero se sorprendió cuando, en lugar de reaccionar del mismo modo que siempre, la abracé fuertemente y, a pesar del asco y el profundo desprecio, la besé fingiendo pasión. Ella respondió, porque toda su agresividad cedía ante una perspectiva erótica. Le bajé los pantalones, los tremendos calzones (con los cuales se podía pescar un buen bacalhau), la giré y la penetré lo más profundamente que sus nalgotas me permitieron. Después la arrastré hasta el balcón. “¡Sos loco!”, gritaba. ¡Nos va a ver todo el mundo!”. Y yo: “¡Que nos vean todo lo que quieran! ¿Acaso no puedo joder a mi esposa?” Entonces, algo excitado por la inminencia del sangriento desenlace, la hice tomar de la baranda. Estaba entregada, así que le di y le di cada vez más fuerte, claro que cuidando de no perder pie. La gente comenzaba a apiñarse debajo, a reír y a gritarnos obscenidades. Cuanto más público, mejor, pensé, y como la baranda no cedía, le propiné un caderazo tal que se oyó un crujido y allí fue la culona, paradójicamente de cabeza. Yo quedé aleteando para no caer detrás. De últimas me arrojaría sobre el tremendo trasero, que seguramente y dada su blandura evitaría que me rompa la crisma. Pero no hizo falta. Me llevé las manos a la cara, simulando desesperación pero sonriendo diabólicamente. Era feliz. Los gritos y las pullas dieron lugar a unos segundos de silencio, para devenir nuevamente en expresiones de urgencia, mientras yo observaba todo el cuadro con mi miembro en ristre. Me sentí la imagen misma de una deidad masculina de la fecundidad.
Después de mostrarme afligido y doliente frente a los funcionarios policiales y judiciales, me dejaron en paz durante unos días, los suficientes para el sepelio (había que cargar el féretro de la gorda, eh) y algunos trámites. Cada día fui al bar del Pelourinho (en el que íbamos a encontrarnos cuando todo pasara), pero jamás vino. Compraba el diario “A tarde” cotidianamente, esperando encontrar noticias acerca del fallecimiento del caudillo, pero sólo encontraba referencias a su actividad política. Era todo muy raro. ¿La habrían descubierto? Una tarde, algo así como diez días después, volvía a casa y vi un grupo de peritos trabajando en el balcón, seguramente el casero les había facilitado el acceso. Y lo más alarmante era que se concentraban en los bordes aserrados de la baranda. Todo se precipitaba. Volví al bar del Pelou y bebí desaforadamente. Entonces entró un viejo amigo, que había logrado un buen pasar haciendo quién sabe qué cosas sucias para los congresales del Partido Trabalhista Cristâo, y me dijo que había oído por ahí que algunos personajes estaban fogoneando mi causa y que me querían preso para matarme en la cárcel. Por más que sabía de dónde venía el palo, traté de sonsacarle más información, pero fue en vano. “Es más”, aclaró con expresión de pocos amigos, “yo jamás te dije nada, ¿entendés? Ya bastante me arriesgo viniendo a advertirte”. Y se fue. Todo había sido descubierto, y la hermosa Cleide seguramente había muerto, o peor aún, había sido vendida como esclava sexual. Apuré el trago y me fui con lo puesto a Sao Joaquim, y tomé el ferry a Itaparica. De allí vine a esta Isla, y levanté una rudimentaria cabaña en medio del mato. Nadie iba a ser capar de encontrarme. Esta tierra es generosa, bananas y mangos te caen en la cabeza, arrojas una cabeza de pescado atada a una piola y te traes tres cangrejos. Cada noche pescaba, ponía trampas; y así fueron pasando los años. Nadie más supo de mí, y yo no supe más de nadie.
-No suena tan mal.
-No, sobre todo para el que ha perdido lo único que le interesaba en la vida.
-Hombre, tampoco sea tan drástico…
-Usted porque no conoció a la hermosa Cleide como yo la conocí. Bueno, a medida que pasaban los años, fui tomando coraje y empecé a mostrarme por el pueblo. A oír un poco de música, conversar, beber una cachacinha. Por longevo que fuera mi enemigo, era dudoso que aún continuara vivo; y si lo estaba, en el peor de los casos, estaría tan chocho que no habría por qué preocuparse.
-Y ése fue un error garrafal, ¿no?
-Un error de cálculo, diría yo, ya que no consideré algunas incógnitas de la ecuación. Resulta que el corrupto ése tenía dos hijos, cuya madre (la esposa del corrupto, digo) se suicidó al enterarse de las aventuras de su marido con la hermosa Cleide. De alguna manera el asesino con poder se encargó de mantener la llama de la venganza encendida. Una noche volvía del manglar con un par de langostas y de pronto oí a mis espaldas “¡Genival Santos!”. Pensé que era la policía, por el tono, pero no: eran tres hombres vestidos de paisano, dos de ellos munidos de armas de puño, apuntándome. Estaban a unos diez metros detrás de mí. Se presentaron como los hijos del corrupto, y me enrostraron la muerte de su madre, entre maldiciones y puteadas. Yo supe que mi fin había llegado, pero estaba dispuesto a luchar, si tenía oportunidad. Así que argumentando que no era el tal Genival, me acerqué a ellos, apretando el cuchillo, escondiéndolo tras mi antebrazo. Jugaba con eso que todo sabemos, que quien empuña un arma de fuego se confía más de lo debido. Casi lloriqueante, seguía pretendiendo no ser quien en verdad era. “¿Por este marica se suicidó mamá?”, preguntó uno. “Es verdaderamente despreciable”, comentó otro; di un salto y le hundí el cuchillo en el cuello, al tiempo que de un golpe lo desarmé. Oí un estampido y sentí un impacto en el hombro. Así y todo alcancé a apuñalar en el hígado al que estaba desarmado, que gritó como un loco. Entonces recibí otro disparo, esta vez en la espalda, y caí. Entre los gorgoteos sangrientos de uno y los gritos pelados del otro, el tercero se acercó a mí y me miró con el odio concentrado en sus ojos. Supe que si los disparos no me mataban pronto iba a sufrir mucho a manos de ese bastardo, así que le dije con sorna: “Bueno, te sigo ganando como tres a uno, más o menos.” Pude ver como le resaltaban las venas y oír el rechinar de sus dientes mientras levantaba el arma y me disparaba a la cabeza. El final fue una explosión de estrellas, que se fundieron en una extraña luz amarillenta.
-Entonces estoy, o muy borracho o hablando con un espíritu. O sino, lo que parece más plausible, me está tomando el pelo.
-Esta es tierra de Eguns, sabe…
-Lo es. Los Egun son los espíritus de los ancestros, ¿no?
-Pero yo no tuve descendencia. Por ello quizá es que estoy deambulando por acá, esperando la oportunidad de hablar con alguien.

La borrachera ya se estaba transformando en un pesado estado de somnolencia.
-No se duerma, joven Cratilo, mire que hace décadas que no la pongo.
-¡¿Qué dice?! -exclamé, abriendo los ojos bien grandes, repentinamente. Pero el viejo Genival ya no estaba. Su risa metálica resonaba por doquier. Más que asustarme, fue el arrullo más extraño que alguna vez me indujo al pesado y casi inmediato sueño de la ebriedad.
Cuando desperté, el sol ya estaba bastante alto. Quedaba un trago de cachaça, y lo bebí para ver si me ayudaba con la tremenda resaca. Luego encaminé mis pasos hacia la aldea. De pronto recordé las morenas que Genival, presuntamente, había colgado de las ramas. Iba a volverme a mirar si estaban, como una prueba objetiva de la real existencia del viejo, pero no lo hice. Me gustan los finales abiertos.

viernes, 3 de agosto de 2012

FILOSOFÍA ORIENTAL, EROTISMO Y KUNG FU

Milo Manara

No recuerdo bien por qué andábamos dando vueltas por la Ciudad de Buenos Aires, ciudad que como todas las grandes capitales está repleta de roedores, aunque la mayoría de ellas, en este caso, andan en dos patas. En un barrio que no podría definir cual, un par de mujeres hermosas a la vista se cruzaron y el gordo, raro en él, les dijo un piropo bien fino, sorprendente en su inventario repleto de chabacanerías y aires soeces. Las mujeres sonrieron y entraron a un bar. Es un axioma que si las mujeres no ponen cara de oler mierda, la mitad de la carrera ya está ganada, así que fuimos a por ellas. Aquel bar era uno de esos modernos, onda new age, en los cuales lo más calórico que podía consumirse era un sándwich de algas o algo por el estilo. ¿En dónde quedó el bife a caballo con papas fritas? Oh, Dios. Pedimos a las ninfas compartir la mesa, y no plantearon objeción alguna. Por el contrario, casi podía percibirse un cierto entusiasmo motivado por razones uterinas. ¿O sería que el frenesí sexual venía de nuestro lado? Es más que probable que fuese, finalmente, esa cuestión de feedback que mantiene sobre el planeta a las abyectas larvas humanas.
Flor y Sonia, se llamaban. Flor, una rubia con cierto aire de locura en la mirada, alta, esbelta, y con unos rasgos virginales que parecían contradecir su mirada ávida, que resultaba por ello de lo más excitante. Sonia, más baja y comprimida, sin embrago parecía una bomba sexual a punto de estallar nomás le encendieran la mecha. No había conflicto, entonces. Yo sabía que Abdul atacaría por allí, en tanto a mí me interesaba mucho más la otra. Aunque, llegado el caso…
El primer traspié estuvo dado al advertir que en ese tugurio, en concordancia con las comidas feas e hipocalóricas, no se servían bebidas alcohólicas. Manifesté mi desagrado ampulosamente, pedí un jugo de pomelo y salí a comprar gin para mezclarle. Cuando volví, el gordo ya tenía el brazo sobre el respaldo de la silla de Sonia, mientras apelaba a un discurso que haría palidecer a un vocero de Greenpeace. No perdía tiempo, evidentemente. Flor entonces me pareció más hermosa aún que unos minutos antes, y su belleza iría afectando más y más mis emociones a medida que la botella de gin bajaba.
-¿No te das cuenta que estás atentando contra la naturaleza? -Me preguntó de pronto.
-¿Yo? ¿Qué estoy haciendo?
-Bebiendo alcohol.
-Bueno, digamos que en todo caso estoy dilapidando parte de lo que la madre naturaleza me otorgó graciosamente. 
-La naturaleza podrá ser graciosa, de hecho lo es, pero vos no parecés muy gracioso que digamos…
-No te creas. Hace unos años trabajé de payaso.
-Qué raro, pensé que seguías en plena actividad.
-Sonaste, Cratilo, te tocó una peor que vos -dijo Abdul, y Sonia se cagó de risa.
-¿Por qué dice eso? -Me preguntó Flor.
-Hay quien dice por ahí que soy cínico.
-Al lado tuyo, Diógenes es un nene de pecho -dijo Abdul, dejándome pasmado. -Claro que él vivía en una tinaja vacía, vos vivís en una repleta de vino.
Entre las risotadas de las mujeres, dije al gordo: -Es lo más sorprendente que te oí decir en mi vida, y eso que te he escuchado cada pelotudez... ¿De dónde carajo sacaste eso?
-¿Qué te crees, gil, que el único intelectual sos vos?
Entonces recordé que estaba terminando el secundario en una escuela para adultos. Seguro que ese prodigioso conocimiento -para él- salió de allí. No me pareció pertinente mandarlo al frente en ese contexto, pero no faltaría oportunidad.
-¿Y ustedes de que se ríen? ¿Acaso conocen a Diógenes el Cínico?
-Ahí tocaste mal, chico -dijo Flor-, Sonia es Licenciada en Filosofía, y yo abandoné en cuarto año porque me dio por el estudio de filosofías menos clásicas, aunque a mi juicio más trascendentes.
-Tomá pa’ vos -dijo Abdul.
-¿Onda new age? Pregunté.
-No, onda oriental.
-Ah, menos mal. Odio a todos esos imbéciles que respiran incienso y hablan pelotudeces sin fundamento a troche y moche.
-Bueno, no le hacen mal a nadie, que yo sepa.
-Si propagar la estupidez no es malo, entonces estoy de acuerdo.
-Sos un poco simplista, ¿no te parece?
-Me gusta aplicar la navaja de Occam*, no sé si me entendés.
-Ahá; no es muy fino, eso.
-Aprovecho, viste. Estoy acostumbrado a hablar con lúmpenes que desconocen abiertamente cualquier cosa que requiera la más mínima sutileza de pensamiento -y lo miré insidiosamente a Abdul. Cuál no fue mi sorpresa cuando lo vi metiéndole la lengua en la boca a Sonia, que lejos de resistirse, respondía con real calentura. Me acerqué a Flor y le susurré al oído:
-Parece que no pierden tiempo, ¿eh?
-Sonia es así, muy sexual y apasionada. El único problema es que se confía mucho, y así le va…
-No parece que le vaya muy mal.
-Vos porque no vivís con ella. ¿Sabés las veces que la tuve que apuntalar anímicamente, porque estas “aventuras” suelen dejarla como un trapo de piso?
-Vos, en cambio, es como si estuvieras en guardia…
-No, qué guardia. Pasa que la mística me puso más allá de esos embrollos y ajetreos sexuales, que solo sirven para vaciarte de energía.
-Yo sólo me vacío de otra cosa.
-Sos un guarango. Y burdo, además.
-¿La mística también te llevó a sobredimensionar los chistes?
-Ah, ¿era un chiste? Pero qué gracioso que sos…
Entonces empecé a pensar que la mejor opción era la petisa explosiva. Pero las cartas ya estaban repartidas. Para colmo Sonia y Abdul seguían entusiasmadísimos con el intercambio de fluidos salivales, sorbiendo lenguas y lamiendo mucosas, alternadamente. Puaj.
-¿Y si vamos a tomar un café a casa? -dijo Sonia, en uno de los breves lapsus de desprendimiento oral. Seguro que ya tenía la raja empapada.
-¿A casa, te parece? -De lo que podían colegirse dos cosas: una, que vivían juntas; y la otra, que yo le interesaba poco menos que un gusano.
-Dale, che, los muchachos son piolas, buena gente.
-Ya veo, sí.
Vivían a solo una cuadra, en el 3º piso de un edificio lujoso. Asimismo el semipiso que ocupaban estaba ambientado con buen gusto pero poca sobriedad, había algo de ostentoso tanto en el mobiliario como en ornamentos, tapices y pinturas, la mayoría con motivos orientales. Había mucho dinero, sí señor. Era la típica situación en las que lamento ser un tipo honesto. Nos sentamos en un gran salón con cortinas azules por todos lados, como si de allí salieran varias puertas. Sonia dejó sobre la mesa una botella de ginebra holandesa y una de zumo de uvas, en tanto cargaba una de whisky.
-Le voy a mostrar a Abdul la nueva decoración de mi habitación. Permiso…
-¿Acaso conoce la anterior? -Pregunté insidiosamente.
-¿Perdón?
-Dale, andá, andá mostrale todo lo que quieras.
-No, si te va a pedir permiso a vos -terció el gordo, y se fueron. Ya solos, la hermosa rubia y yo nos vimos envueltos en un incómodo silencio. Me serví una buena medida de ginebra. Ya estaba bastante ebrio; no obstante el instinto, en su inmediatez operativa, me mantenía conciente del hecho de que si quería degustar esa breva, colmada de histerias y sublimaciones, debía demostrarle el más profundo desinterés. Así que le dije:
-Loca, sabés qué… vinimos en mi auto, así que lo tengo que esperar al gordo. Vos si querés andá a dormir, no sé, o mirá TV, o leé, lo que quieras. Yo me quedo acá, y quedate tranquila, tengo muchos defectos pero no soy delincuente; lato sensu, al menos.
-Hago de cuenta que estoy en mi casa…
Encendí un cigarrillo, bebí un trago de ginebra y exhalé el humo. No responder a la ironía era parte de mi estrategia. De pronto, desde el interior de la vivienda, comenzó a escucharse la voz de Sonia “aaaahá… aaaaahá… ¡aaaahá! ¡aaaahá! ¡Así! ¡Por dios, así! ¡aaaahá! ¡aaaahá! ¡AAAAAAHÁÁRG!” Parece que ya se había echado el primero.
-Bueno, a este ritmo, parece que en un ratito te dejo tranquila -le dije.
-No me molestás para nada. (?)
-Bueno, en ese caso, lamento no ser tan divertido como mi amigo.
-¿Qué querés decir, con eso? 
-Nada, que el gordo es mucho más simpático y ocurrente. ¿Qué pensaste?
-Nada, nada -y se sonrojó. -Pasa que Sonia es muy pasional, también.
-Se nota. Parece que metí la mano en la bolsa y saqué la paja mas corta, con perdón de la expresión -Ella rió casi hasta las lágrimas, dejando traslucir otro síntoma de histeria. Al cabo dijo:
-Lamento que te hayas quedado sin embocar la sortija.
-No pasa nada.
-Sos un tipo raro, vos. ¿No vas a insistir?
-¿Tendría algún sentido?
-No, claro.
-Por eso.
Entonces, volvió a oírse el crescendo de gemidos y gritos, esta vez modulados por los tonos bajos de Abdul. Me estaban dando unas ganas bárbaras de embocar a la rubia, pero no podía manifestarlas, so riesgo de tirar por la borda todo el sacrificio previo. Esperaba que a ella le estuviese ocurriendo lo mismo. Pero la ayuda llegó de un modo que jamás se me hubiese ocurrido. Desde el interior del lujoso apartamento hizo su ingreso un individuo enjuto, muy moreno, de aspecto tailandés, o malayo; algo así. Si bien sus ojos blancos denotaban la más absoluta ceguera, no se conducía como un no vidente. Me quedé atónito, tanto así que la rubia dijo, para atenuar mi estupor:
-Él es Benny, mi maestro espiritual.
-Benny -dije a modo de saludo.
-¿Qué andás haciendo? -Le preguntó Flor.
-Me trajo el olor a feromonas.
-Ah, sí, pasa que Sonia está con un muchacho.
-No, ahí solamente huele a sexo. Las feromonas vienen de acá -Flor me miró con pánico. Era increíble cómo luchaba para no mostrar las cartas. O la concha, para ser más gráfico. Esa misma cuestión la llevó a decir, con inseguridad, casi tartamudeando:
-Parece que el amigo Cratilo se ha excitado un poco con los gemidos y gritos que vienen de la habitación de Sonia…
-¡¿Cómo?! -Exclamé, y Benny aclaró:
-Flor, es tu aroma el que predomina. Yo te enseñé a decir la verdad siempre, y a hacerte cargo de tus debilidades.
-Bueno, yo…
-Ya decía el maestro Confucio que no hay que prolongar una restricción de modo que se convierta en algo en sí maligno.
Yo, que seguía libando el néctar holandés sin prisa pero sin pausa, exclamé:
-¡Vamos, Confucio, carajo! ¡Viva el I Ching! -De pasada me floreé ante el malayo, señalándole la fuente. A papá mono, con bananas verdes…
-Como sea -le dijo Benny-, me parece que habría que darle el gusto, al menos hoy, a ese organismo joven y deseoso. Si no, tus caminos pueden verse bloqueados por la frustración -y se sentó en un amplio sillón a mis espaldas. Yo me quedé mirando a Flor, esperando su próxima movida. Ella miraba hacia abajo, sumida en sus pensamientos y algo abochornada. Al cabo de unos segundos levantó la vista, y mirándome directo a los ojos, me preguntó:
-¿Puede ser sin penetración?
-Todavía no te dije que podía ser -respondí, llevando la humillación al límite, remachando el clavo. Se lo merecía por burguesa y por arrogante. Acusó el impacto en su mueca de desagrado. Era hermosa, así que temí estar forzando la nota. De modo que dije. -Es un chiste, como vos quieras está bien para mí.
-Entonces será un sacrificio para la diosa Kali -me informó, mientras se incorporaba y corría uno de los cortinados azules. Entonces pude ver una fina estatua, tamaño natural, de aquella diosa a la que Flor procedía a encenderle velas. Me acerqué y acaricié su espalda y la palmeé como si fuera una yegua (que lo era, flor de yegua; sólo le faltaba cagar al trote). Noté que temblaba, no sé si de deseo, miedo o alguna otra emoción. Si no hubiese bebido tanto, me habría sentido un canalla (que lo era, más allá de cualquier detalle más o menos atenuante). No obstante le abrí una puerta:
-Mirá, si te vas a sentir mal lo dejamos para otro momento…
-Acariciame. Necesito afecto.
Como un poseso comencé a recorrer las hermosas formas de ese cuerpo maravilloso con la palma de las manos en llamas. Después de dedicarle el tiempo correspondiente y sentir cómo se tensaba y se estremecía con mis caricias, comencé a desnudarla, mientras en la pieza de Sonia los murmullos comenzaban a resolverse en gemidos pasionales, y al rato devendrían en alaridos. Era una buena música de fondo para las actividades recreativas que ofrendábamos a Kali. Le quité toda la ropa como quien desenvuelve la más exquisita golosina, comencé a acariciar el suave interior de sus muslos, mientras iba ascendiendo hasta tomar contacto con un sedoso vello púbico. Soltó un gemido y abrió más las piernas. No alcancé a juguetear un poco que sentí una intensa descarga en mi mano, acompañada de expresiones de regocijo capaces de confrontar con las de Sonia. Apoyé mi afiebrado pene en la raya de semejante culo, y ella comenzó a restregarse hacia arriba y hacia abajo. Entonces, atenazado por las viles exigencias de la sangre, rompí el código: en el subibaja, mi verga (seguramente a causa de tropismos ancestrales) se trabó en el extremo de su vagina y quedó perfectamente presentada hacia el interior de la gruta del placer, así que con un fuerte caderazo se la mandé hasta el fondo.
-¡AAAAAAHHHHH!
-Huy, disculpame, no me pude…
-¡MA’ QUÉ DISCULPAME! ¡SI LA SACÁS TE MATO! ¡AAAAHHHH! ¡POR DIOSSSSSS!
Y nos fuimos juntos ante la vista y quizá la bendición de Kali. Hablando de vista, si bien el tal Benny no veía, parecía suplir esta carencia con extraordinarias formas de percepción. Y ni hablar del oído. La casa hacía rato que trepidaba con estentóreas manifestaciones de frenesí sexual, así que me volví hacia él y me quedé atónito otra vez: el viejo malayo ciego se estaba batiendo una flor de puñeta. Y a pesar de su magro físico, había que reconocer que tenía con qué.
-¡Grande, Flor, volviste al ruedo! -Festejó Sonia, ingresando al living envuelta en una sábana (espero que no haya sido la de abajo). Detrás de ella apareció Abdul en calzoncillos, exhibiendo su voluminoso pero duro abdomen y esbozando una sonrisita. Por mi parte, me subí los pantalones,  me serví más ginebra, y la bebí como agua debido a la sed. 
-Sonia, este tipo no me gusta -dijo el malayo-. Hay una tremenda luz de violencia en su aura.
-Mirá, Benny, que yo no soy Flor, eh. A mí no me vas a andar diciendo con quien juntarme y con quien no…
-Sí, qué te pasa, chicato… ¿Querés que te de una muestra gratis de mi aura violenta?
-Yo que vos no lo intentaría -le aconsejó Sonia.- Mirá.
Tomó una manzana del frutero y la arrojó hacia el viejo. Éste, veloz como el rayo, tomó una katana de quién sabe dónde la tenía oculta y de un certero mandoble la cortó justo a la mitad.
-Vamos, Abdul -le dije. Conociéndolo, sabía que si no nos íbamos rápido me lo iba a llevar en rebanadas-. Mañana me tengo que levantar temprano.
Pensó durante unos instantes y finalmente accedió: -Esperá que me visto. -Era loco pero no boludo. Volvió con Sonia a la habitación. Ésta, antes de salir, le hizo una seña de pulgar arriba a su amiga. Ésta sonrió con paradójica tristeza dibujada en sus dulces facciones. Luego me miró y me preguntó:
-¿Nos volveremos a ver?
-Seguro, es un mundo pequeño, éste.
-¿Querés mi número de teléfono?
-No, gracias. Siempre pierdo los papeles. Aparte, ya se lo deben estar dando a Abdul. En todo caso, sé dónde vivís.
-En ese caso, no sabrás si tengo ganas de que vengas o no.
-Puedo correr ese riesgo.

Ya en el auto, encendí un cigarrillo y la radio. Estaban pasando “You shook me all nigth long”, de AC/DC. Vaya ironía. Mientras el gordo, más por su vapuleado machismo que otra cosa, repetía una y otra vez:
-Viejo hijo de puta, si me hubieras dejado le quitaba la katana de mierda ésa y se la envainaba en el culo.
-¿Y desde cuándo me pedís permiso? -pregunté socarronamente.
-Dale, boludo, aparte estaban las mujeres. Si no me rescato, no las garchamos más. ¡Y están buenas! ¡Y cómo les gusta el fierro! Una vez que pego una mina como la gente…
-Bueno, por ahí te vas justificando mejor.
-¡Qué justificando, la concha de tu madre! ¿Querés que te surta a vos?
(“You shook me all nigth you, yes you)
-Bueno -continuó-, por lo menos rescataste algo para escribir.
-No pienso escribir nada de esto.
-¿Por?
-Porque fue muy delirante. Ya bastante me joden con que fuerzo la nota de la imaginación hasta alcanzar niveles adolescentes.
-¡Pero si realmente ocurrió!
-No, sí, claro. Pero andá a hacérselo creer a alguien…

En realidad, en aquel momento no pensaba contarlo. Sin embargo aquí está. Y como decía Alex, el principal personaje de la naranja mecánica, créanme o bésenme el culo.


* Principio metodológico atribuido a Guillermo de Ockham, según el cual entre dos hipótesis verosímiles, la más simple es generalmente la verdadera.