domingo, 19 de junio de 2011

EL BASILISCO

     
basilisco.

(Del lat. basiliscus, y este del gr. βασιλίσκος, reyezuelo).

1. m. Animal fabuloso, al cual se atribuía la propiedad de matar con la vista

Diccionario de la RAE  



        
Por cuestiones de laburo que no voy a incluir aquí en virtud de su prosaica condición esencial, me vi arrojado a vivir tres meses en un pueblo del interior de la Provincia de Buenos Aires. Ustedes saben, la gente trabaja, hace compras, mira televisión y espía por las rendijas. Los pendejos van a “la confitería” y los hombres mayores, al “clú”. Si bien me aburrí como un hongo, al menos tuve un poco de tiempo para chupar solo, ejercicio que considero altamente recomendable para ser efectuado por cualquier persona de inquietudes délficas, al menos de cuando en cuando.
Tuve oportunidad de frecuentar el restaurante del gordo Pichón, donde se morfaba bien y barato y uno se encontraba en un ambiente familiar, de esos que resultan reconfortantes en tanto no se trata de la propia familia. El gordo era un tipo bonachón y servicial, chupaba lindo y parejo nada menos que Don Valentín, y cuando la clientela se iba retirando me llamaba a su mesa y le dábamos entre los dos. Una vez se quedó con nosotros el cura párroco, un gringo rubicundo y a todas luces temperamental. Hablamos generalidades; después ellos se pusieron a comentar varias vicisitudes de vecinos que me dejaban fuera de cuestión y poniendo cara de “qué interesante”. No tardé en desviar la conversación a los trascendentales, y el que quedó afuera esta vez fue Pichón. Ahora bien, es obvio el galimatías que puede generarse en un tipo de discusión así, entablada a través de lenguas moradas y dendritas laxas por el tinto, así que solamente voy a referir que yo pretendía que aquel sacerdote me explicara, de modo que yo pudiera mínimamente comprender, el por qué se establecía como abstracción final y primer motor inmóvil a lo que parecía tan sólo ser una instancia arbitrariamente dispuesta como última, en una simple inferencia de tercer o cuarto orden frente a la infinita secuencia de posibles procedimientos abstractivos. El cura ni siquiera pestañeaba cuando aseguraba que la sana lógica evidenciaba que lo último, origen a su vez de todo, es necesariamente lo que se encuentra más allá de todas las generalizaciones imaginables, y que precisamente en eso consistía el concepto de lo trascendental, únicamente aplicable en sentido estricto al creador. La cosa se puso bastante buena, en ningún momento el gringo dio la impresión de querer evangelizarme, limitando la cuestión a un mero ejercicio intelectual, cosa que fue la primera vez que me pasó en oportunidad de conversar con miembros del clero. Tan es así que comencé a visitarlo en su casa parroquial, me prestaba libros y pasábamos tardes enteras en la vieja parodia del relativista versus el exégeta de la moral divina. Pese a que la cosa difícilmente alcanzaba brillantez alguna, lográbamos entretenernos y hasta acalorarnos a veces, aunque sin alcanzar situaciones incómodas. Finalmente conseguí que reconociera que varios pecadillos a los que soy afecto no son pasibles de condenación eterna, pero no pude hacerlo transigir en lo que hace a los llamados pecados “mortales” bajo ningún respecto. Las Tablas de la Ley eran la voluntad de Yahveh tal como se las había dictado a Moisés, y había que cumplirlas “al pie de la letra”, dado que nadie podía arrogarse el rol de aventurar, desde su contingencia, la pertinencia o no del mandato en determinadas circunstancias.

Poco después pude comprobar lo endebles que pueden ser los principios, por internalizados que estén, frente a las tormentas del ánimo
.
Un sábado al mediodía fui invitado por el párroco a comer un cordero al asador. Allí fui, y mientras el cuadrúpedo adquiría las tonalidades cobrizas pertinentes, fuimos picando unas morcillitas frías y sorbeteando algunos Martinis. Me pareció un poco violento someter a juicio el problema de la gula, al menos en ese contexto, así que lo dejé para otra oportunidad.
En eso estábamos cuando vi salir por detrás de la casa parroquial a un contingente de niños acompañados por el sacerdote asignado a esa capilla como ayudante del gringo. Éste también los miraba, frunciendo el ceño de modo ostensible.
-¿Qué pasa, don? –Le pregunté.
-Nada, son los pibes de scout.
-¿Y le preocupa algo?
-No, los pibes no. Es ese tipo, que no me gusta nada.
-¿Cuál, el cura? ¿Y por qué no le gusta?
-Porque no me gusta. Tiene mirada torva, parece medio ladino. Lo mandaron castigado, acá.
-Ah, ¿sí?
-Sí. Y me parece que tiene mañas raras. Lo tengo vigilado, pero me parece que en cualquier momento muestra la hilacha.
Comimos el cordero y luego permanecíamos en una agradable sobremesa filosófico-etílica de ésas que tanto nos gustaban, cuando vimos tres o cuatro pibes pasar corriendo por delante de la iglesia. El gringo no más verlos se levantó como un resorte y los llamó, pero venían alarmadísimos, y apenas si gritaron que el cura había visto un basilisco en el parque, y los había mandado corriendo a sus casas.
-¡Un Basilisco, hijo de puta, yo te voy a dar, un basilisco! –Dijo, encendidos sus rojos naturales por la ira, mientras ingresaba como exhalación en la casa para salir inmediatamente con una 9mm en su diestra. Casi corría rumbo al parque. Troté un poco para darle alcance.
-¡Eh, jefe! ¿Qué está haciendo?
-Con razón el hijo de mil putas se pasó toda la semana hablándoles del basilisco, y qué sé yo cuántos, se la estaba preparando...
-Oiga, padre, contrólese... vaya a ver primero y después saca el chumbo, qué le pasa... –noté que en la desesperación le había dicho “padre”. Será que también me caben las generales de la Ley.
Ingresamos al parque y parecía desierto, aunque frondosos árboles de copa baja dificultaban una visión exhaustiva. Sin embargo el gringo, estimulados sus sentidos por una dosis quizá excesiva de adrenalina, divisó un lienzo negro detrás de un ligustro.
Me hizo señas muy imperativas para que guardara silencio, y caminamos sigilosamente hasta un lugar en donde pudimos ver una escena deplorable: un niño de unos siete años estaba con su cabeza literalmente metida dentro de la sotana del degenerado. Sí que le estaba mostrando el basilisco.
-¡Aaaaah, bastardo! –Rugió el gringo, y su tez alcanzó el punto máximo de rojez. El pibe, lloroso, se dio vuelta y apenas tuvo tiempo de quitarse antes que el cargador de la 9 fuera vaciado en el cuerpo del pederasta, que ni alcanzó a enfundar. Quedó allí tirado, contra el ligustro, mientras su vida y su erección declinaban acompasadamente. No obstante alcanzó a decir: “Gracias, padre, por haberme liberado de este infierno.” Nunca sabré a qué padre se refería, si al que lo había baleado o al Jefe.
El pibe ahora lloraba a gritos, y el gringo era la imagen misma de la desolación empuñando un smokin’ gun. Tomé al pibe de la mano y me lo llevé.
Lo acompañé hasta su casa pensando en qué podía decirle para paliar un poco el daño que le había sido infligido, pero no se me ocurrió nada, y como estaban las cosas, más valía no improvisar.
Rumbo a la pensión traté de arribar a alguna conclusión que justificara semejante experiencia; mas las cosas eran, esta vez sí, muy claras para mí: el Basilisco, como los sacerdotes, podían matar tras un mero golpe de vista. La cagada que los sacerdotes sí existen.

sábado, 18 de junio de 2011

PROSAÍSMOS PROFANOS (El vino de los poetas)

“El honor es generalmente un desecho del poder”
Roland Barthes

Allá por el año 2000, fui invitado por la secretaría de cultura bonaerense a participar de un “Vino de Honor”, con motivo de celebrarse el “Día del Escritor”. Obviamente, el sustantivo “vino” (al que debía agregarse el no menos importante calificativo de “gratis”) motivó mi concurrencia al acto. Craso error. Luego de soportar una charla más indicada para la reunión del “Club del vino del mes”, mi paciencia se acabó al ver a los “poetas” abalanzarse sobre las viandas como una bandada de gaviotas hambrientas, -conste que no digo ratas por cuanto considero que el pequeño mamífero roedor tiene un par de vueltas más en el encéfalo… no sé si que las gaviotas, pero seguro que estos “poetas”-.
De vuelta a casa, escribí lo siguiente:

Acallemos por fin cualquier reverberación de obsoletos parnasos. Que cada poema sea finalmente una piedra y el pensamiento, firme como una catapulta para arrojarlo; sobre las naderías que se entretejen con traumas egolátricos, sobre las estructuras que los alientan, sobre el plasma burgués que seduce y fagocita cualquier intento de free lance, sobre las marionetas irremediablemente sujetas a los hilos de la dictadura instaurada por la sempiterna kalokagathía.
Una puteada bien dirigida suele valer más que millones de obras ajustadas a pruritos formales, dedicadas al propio ombligo  o de los eventuales contertulios. Puaj.
El buen tono define los límites de nuestra debilidad. Basta, pues entonces, de Vinos de Honor. Un poeta con honor no es un verdadero poeta, sino alguien que debe soportar sobre sus hombros esa pesada carga. Es alguien que sopesa cada palabra en orden a no zaherir sus bronces tan pulcramente cincelados a golpes de clasicismo; es alguien acuciado por pesadillas gramáticas, semánticas o estilísticas; es alguien capaz de humillar desde la fatuidad de sus pedestales a quienes no comulgan con su ideario, o que no consienten su genialidad; es alguien que reivindica el carácter original de los papeles perforados que definen la melodía de su pianola; es alguien que arroja una y otra vez paladas de tierra sobre el ataúd de lo posible. Basta de Vinos de Honor. Comencemos a beber vinos de trance, así tal vez podamos un día romper el círculo de la complacencia. Las secretarías de cultura ya han pagado demasiado muchos servicios de lunch, y las rubicundas mejillas de los “bohemios” contrastan aviesamente con la palidez de los niños pordioseros en la noche invernal, siendo que un moco de estos párvulos vale más que todos sus caros vinos y sus dudosos “honores”.
He bebido varios Vinos de Honor y sólo me han provocado esta suerte de vómito revulsivo. He escrito poemas pensando en las formas, y lo vivo con oprobio. Mi karma está atestado de volutas aéreas, de arabescos perfectamente equilibrados y de precisiones semióticas. Hoy tan sólo, quizá tan sólo hoy, quiero arrojar piedras. Una parafernalia geológica para sus rollizos remilgos intelectuales.

He aplicado la misma férula conmigo
y aún no redimo los honores mal habidos.
Cada vino se vuelve agrio en mi boca
(syrah, malbeck, lambrusco)
y enjuago entonces mi deshonra con bebida blanca
a tono con el blanco de mi mente,
con el blanco de mis versos
(que son fragmentos marmóreos,
desechos devastados liminares
de la verdadera imagen estatuaria jamás asequible)
que se proyectan hacia la médula de la pretensión
fríos                   adustos                   implacables
estallando entre flamígeras escarchas
contra el entrecejo de los adláteres del tirano.

jueves, 16 de junio de 2011

DICKINSON DIXIT: Gregory Bateson vs. Carlos Castaneda


Don Juan Matus

Gregory Bateson
Ciudad de La Plata, un atardecer de julio de 2000. El Dr. Dickinson accede a exponer en las oficinas de Stalker algunas consideraciones acerca de la conciencia humana. El resto del equipo aprovecha para hacerle, de paso, todo tipo de consultas personales. Estas son partes de la desgrabación de dicho encuentro:

“...Gregory Bateson insiste en los dos conceptos: en el concepto del sistema, en el sentido de que el chico existe porque hay un grande, sino no podría existir, y a esto le llama estructura sistémica, que a su vez va acompañada del concepto previo de que la observación de un hecho modifica ese hecho. Solamente el hecho de observarlo lo hace distinto, lo condiciona. Como cuando uno mira a su perro, el perro no va a actuar como actuaría un perro normalmente sino que va a actuar como un perro al que lo están mirando.”
Chicho: -Pero un perro es un perro y una cosa es una cosa...
“Las cosas son dinámicas, diría Bateson. Y fijate, te voy a dar un ejemplo que va a poner a prueba tu inteligencia: un tren sale de La Plata a Buenos Aires cada hora; con igual frecuencia, sale un tren de Buenos Aires hacia La Plata; el trayecto dura seis horas. Yo tomo un tren en La Plata, ¿con cuántos trenes me cruzo en el viaje?”
Chicho: -El trayecto dura seis horas...
“Exacto”
Chicho: -Vos salís en un tren, y vuelven uno cada hora. O sea que a la primer hora te cruzás con uno, a la segunda hora te cruzás con otro...
“Esa reflexión hacela vos. Yo lo que te pregunto...”
Gabriel: -No, cada media hora te cruzás con uno. Menos de media hora...
Lucas: -Siempre y cuando haya corriente eléctrica.
“El concepto, es dinámico. Es decir, si vos pensás las cosas quietas, me vas a decir incluso, con seis, si sale uno por hora. Pero como van en marcha, te cruzás con doce. Y éste es el concepto que no tuviste en cuenta cuando dijiste “él mira una cosa”. No, las cosas están en movimiento permanentemente por más que sean cosas. Y si no lo concebís en esos términos... diría Gregory Bateson, no entendés nada.”
Gabriel: -Si no lo considerás en esos términos, dedicate a la poesía.
“Sí, pero no pretendas medir nada. Porque vas a medir la altura con un termómetro y vas a tomar la temperatura con un metro. Y así no se puede. Para eso, dejá estos instrumentos y dedicate a escribir.”
Gabriel: -Y suscribite al intenciómetro* que vale...
“Te vendo uno que vale ciento cincuenta pesos. Un regalo”
Chcho: -Bueno.
“Además que sólo mide las intenciones. Hay intenciómetros que por ahí mienten un poco. Si son más pesados te dan más, y así. Éste no. Solamente mide las intenciones. ¿Querés uno?”
Chicho: -Sí, sí.
“Ciento cincuenta, sale.”
Chicho: -Bueno, vos dameló y después vemos cómo te pago.
Gabriel: -Mirá que se va a dar cuenta de la intención que tenés de pagar.
“No, pero es que es cierto. Cuando uno vende intenciómetros, toma poder, porque el intenciómetro enseguida delata. Si me vas a pagar, o te estás haciendo el vivo como ahora.”
Chicho: -No, ahora no lo quiero. Yo te decía que sí por compromiso, para darte el gusto.
“Tengo un intenciómetro que me está delatando exactamente qué es lo que vos querés. Y me dice ‘No, Chicho se lleva el intenciómetro y luego no lo paga’. No contabas con eso.”

* “Intenciómetro” es un artefacto imaginario utilizado por el Dr. Dickinson para -tal lo define su propio nombre- medir la intención de las distintas subjetividades en acción.

*          *          *
“Y lo dejaste encendido” dijo Dickinson, refiriéndose al grabador.
Gabriel: -Y, quería tener grabado algo de cuando hablás de Bateson, ya que decís que nunca hablás de él...
“Siempre, no, ¡eh, cómo no! Si ha condicionado absolutamente mi manera de pensar. Creo que fue el último atisbo que he tenido de revelación, cuando lo conocí a Gregory Bateson. Absolutamente. Me parece que es verdaderamente una forma distinta, que te tenés que soltar del pasamanos, librarte un poco a tu suerte y lograr agarrarte de otro, distinto. Sinceramente, eso es, me da esa impresión. Él insiste en los términos que el pensamiento...”
Gabriel: -Lo que pasa es que salió de California en la época que tomaban mucho ácido.
“Bueno, hay muchos autores que dicen... ¿sabés quién es Don Juan, el de Castaneda, sabés quién es? ¿Querés que te lo diga? Alguien que vive encerrado en un departamento y jamás vio la luz. Algunos insisten con este concepto.”
Gabriel: -Es un disparate, eso.
“Que alguien fue –pero no a Méeexico, eh; fue a un departamento en New York. Y se encontró con una persona que le reveló un montón de cosas.”
Gabriel: -¡Pero eso es insostenible!
“¿Por?”
Gabriel: -Porque sí.
“Hay un libro que se llama ‘Cambio’, es un libro escrito por un psiquiatra yanqui, Steve de Shazer, es un instructor de médicos residentes de psiquiatría en el Hospital de la Universidad de Oxford. Tiene impresos unos cuatro o cinco libros, que son libros que se encuadran dentro de en lo que en psiquiatría se llama ‘terapia sistémica’, que toma como fundamento a Erickson... ¿lo conocés?”
Gabriel: -No sé. ¿Fabrica teléfonos?
“Erickson era un viejo médico que hacía terapias no psicofarmacológicas. Por ejemplo, te cuento una anécdota: uno de sus pacientes es un borracho, ex combatiente de Viet Nam. Entonces el tipo va y le dice ‘yo vengo porque soy un borracho, estoy perdido’ y paralelamente empieza a mostrar fotos, recortes de diario, todos elementos que dan constancia que él es un ex soldado. Entonces Erickson agarra todo lo que él le da, lo rompe todo y lo tira a la basura y le dice ‘ahora andá, y brindá, ¿a ver?’ y el tipo, no tomó más. Implementaba...”
Gabriel: -Se suicidó.
“...implementaba terapias que tenían que ver con la vida de la persona e ingresaba a su sistema de vida, rompiendo acá o rompiendo allá, o juntando eslabones o soltándolos, en esa cadena, que él diría ‘¿es el huevo o la gallina?’ cuando hay un problema cualquiera. ¿Es el huevo o la gallina? Nadie lo sabe. Lo único que sabemos es: no queremos algún huevo, cortamos antes del huevo o antes de la gallina.”
Gabriel: -Yo creo que por ahí hay un montón de gente que más o menos se maneja con un cierto grado de lo que se puede suponer “sanidad mental” y eso lo hace espontáneamente.
“Claro. Es lo mismo que sucede con Bateson. ‘Nadie necesita que yo le enseñe nada’ diría él si estuviese aquí.”
Gabriel: Lo mismo decía Don Juan, pero estaba en México, eh.
“En el Libro ‘Cambio’, Steve de Shazer –iba a decir eso y me fui al carajo, después- lo único que hace es tomar las Enseñanzas de Don Juan ¡párrafo por párrafo! (risas). Obsesivamente lo desmenuza y te demuestra... no es que te lo demuestre, sino que te deja muy claro el concepto de que están muy cercanos, Gregory Bateson y Castaneda. Que Don Juan es un personaje que bien podría haber sido Gregory Bateson. Y muchos insisten en que él toma los conceptos de Bateson y gracias a eso, logra Castaneda una forma de pensar...”
Gabriel: -Pero esto es novela.
“Igual, pero ¿por qué se sienten atraídos sus lectores? ¿Por qué? ¿Por la novela, precisamente?”
Gabriel: No, yo creo que se sienten atraídos porque tiene penetración metafísica, y no porque tiene penetración psiquiátrica.
“No, no psiquiátrica. No es psiquiátrica, es una forma de pensar.”
Gabriel: -Claro, pero una cosa es por ahí la sistematización que tiene la ciencia y otra cosa es el pensamiento mágico.
“Si Gregory Bateson estuviera acá diría: ‘la causa y el efecto que fue la forma de pensar la ciencia, está equivocada. Está equivocada. Te fuiste al carajo.’ No es porque el avión tiene hélice que vuela. También porque tiene alas, una estructura, una forma, etc. Son ‘sistemas’. Entonces si vos pensás en causa y en efecto, ya estás partiendo de un punto equivocado.”
Gabriel: -Tiene que ver con la idea de Heráclito, de que todo está en constante movimiento.
“Bueno, el ejemplo del tren tenía que ver con tratar de generar ese concepto, de que todo siempre está en movimiento. Por más que sea un objeto. Entonces no me digas ‘esto es una piedra’, porque la misma piedra que es hoy mañana es distinta, porque pasó el tiempo; porque yo crecí y la veo de otra forma. Y la piedra a su vez cambió.”
Gabriel: -Pero y respecto de sí, ¿qué pasa con la piedra? No es conciente de esos cambios.
“No importa, no importa, Yo lo que digo es que la forma de observarlo...”
Gabriel: -¿Vos no creés que un paisaje puede estar vivo, por ejemplo? Un paisaje en el desierto... Castaneda vuelve obsesivamente al desierto; el desierto de noche es una cosa que parece... por lo menos ahí en Sonora, dice la gente que va que el desierto de noche es una cosa este... qué se yo... mágica, de alguna manera. Como que ‘el lugar’ está vivo, que el lugar tiene un sentimiento y una determinación, digamos.
“¿Como que es un ser vivo y por lo tanto ser dinámico, y tener movimiento?”
Gabriel: -No sé, por qué.
“Bueno, pareciera que el desierto... yo no sé, no lo conozco; si bien ahora que lo decís puede ser, nunca había prestado atención a ese aspecto de cómo vuelve a los desiertos.”
Gabriel: -Por ejemplo, desde un punto de vista de experiencia de sistema, vos te tomás un ácido y te vas a 7 y 50, o te tomás un ácido y te vas... que sé yo, a Punta Indio. Evidentemente, son lugares que se puede decir que tienen espíritu distinto, por mas que sean lugares.
“Bueno, pero esos son condicionantes que...”
Gabriel: -Pero todo eso es relativo a la siquis del percipiente. Yo estoy preguntando si en esos lugares no hay una siquis propia.
“No. Gregory Bateson diría que no.”
Chicho: -Don Juan diría que sí.
“Pero fijate, te doy este ejemplo: Watzlawick, que es un seguidor de Bateson, en uno de sus libros, empieza con un ejemplo, diciendo que un grupo de experimentadores, consigue una sustancia que pone agresivos a los seres vivientes. Para probarla se la dan a unos monos, y en ese grupo de monos...”
Chicho: -¿Es cierto eso?
“-sí es cierto-, ...donde habitualmente había jerarquías, el mono al que se le suministraba esta sustancia...”
Gabriel: -¿Desafiaba al poder?
“...siempre el mono agredía desde su nivel jerárquico hacia abajo. Con lo cual demuestra él, y tiene esta intención y por eso lo cuenta, que lo importante es el sistema en donde eso sucede, y no lo que sucede. Lo que sucede es producto de una droga, pero se maneja en este sistema, entonces agrede desde su nivel jerárquico hacia abajo. Nunca hacia arriba. Jamás. Una experiencia hecha y revisada infinidad de veces.”
Chicho: -Pobres monos...
“’Tamos hablando de otra cosa. No me vengas ahora...”
Gabriel: -Pobres monos, en serio.
“Los monos, luego, se decían: ‘Mirá como tengo condicionado a este experimentador que cada vez que reacciono para abajo, él escribe y se lo cree.”
Chicho: -Tá bien, bárbaro.
Gabriel: -Eso lo inventaste vos.
“Sí, la última parte es mía. Watzlawick no dice eso. La cuestión es que todo depende de desde donde lo mires, y que cuando vos estás mirando la experiencia estás modificándola.”
Gabriel: -¿Por qué no creés que un sitio tiene un determinado espíritu? ¿O que el planeta mismo tiene un espíritu? ¿Que el planeta tierra puede ser pensado como un sistema orgánico viviente?
“Pero así tenemos que pensarlo, la ley de la ecología. Pasos hacia una ecología de la mente...”
Gabriel: -Ya me lo prestaste, ese libro.
“Bueno, ¿pero entonces? Obviamente, lo que decís es así. Sí.”
Chicho: -La ciencia utiliza sus propios términos, y espíritu y sistema son dos cosas opuestas, tal vez.
“Espíritu no existe. Cuando metés la palabra espíritu en esta conversación yo debo decir ‘no sé de qué estás hablando’ (risas). En serio.”

MESA DE ENLACE INTERDIMENSIONAL

Fernando y yo estábamos tranquilos tomando unas cervezas, mientras hojeábamos y comentábamos un libro muy interesante que me regaló mi hija, de Beatriz Hilda Grand Ruiz, titulado África y el tambor cuando irrumpió el alter ego. Se lo veía como desencajado.
-¿Quién te corre? ¿Los cazafantasmas? -Preguntó Fernando, con aire risueño.
-Para mí que lo persigue Constantine, que dicen que es medio trolo.
-¿Por qué no se dejan de hablar pavadas? Vine porque esto se está yendo de madre. Me ponés a cargo de la correspondencia y no sé qué carajo responder.
-Mandá fruta, qué sé yo, ¿El tarado ése de Cratilo no tenía otro más boludo, para mandarme? ¿Ni para eso servís?
-No, tontito, pasa que estoy de acuerdo con lo que dice la mayoría.
-¿Y qué dice la MAYORÍA?
-Que no te ajustás a ningún estilo, que pasás intempestivamente de esas taras filosóficas -que dicho sea de paso, ya te marqué la otra vez- a la chabacanería más absoluta, pasando por remilgos literarios, poéticos, políticos y cosas por el estilo de un escrito al otro. O sea, que si por casualidad a alguno le cabe un cuento, o un post, o lo que sea, no hace más que leer otro y desconcertarse, tanto como para perder interés en la obra general.
-Pasa que el chabón éste es como… no te digo Messi, pero como Angelito Di María -observó el negro. -Si no cambia el repertorio, los defensas se lo morfan.
-Yo diría que en realidad soy como un antibiótico de amplio espectro.
-Está visto. Mientras ustedes boludean yo me banco las puteadas.
-¿Tendrá algo que ver con la selección natural?
-¿Qué querés insinuar?
-Lo obvio. Primero que nadie te llamó, y segundo que, claramente, sos el más boludo de los tres.

martes, 14 de junio de 2011

Tío, ¿y si llamamos un par de putas?


Mujer Xavante

Después de un día de pesca en las canteras, Marcus regresaba a su casa cuando en uno de los taludes recién socavados vio unas superficies blancuzcas que llamaron su atención. Escarbó cuidadosamente con sus dedos y extrajo a poco un fragmento de maxilar inferior humano, casi seguro. Lucía lo suficientemente antiguo como para revestir algún valor. Tal vez su mala estrella aflojara, y pudiera venderlo a algún científico o coleccionista en unos buenos mangos. La codicia lo impulsó a atacar a mano limpia la zona del hallazgo, mas ese hueso parecía ser todo.
Ya en su casa tomó el teléfono y llamó a su tío, el Dr. Pickwell, distinguido antropólogo y profesor emérito de la Universidad Nacional de La Plata. Lo puso al tanto de la novedad, mas el científico no pareció otorgarle importancia alguna; mas bien pareció convencido a priori de la nulidad del objeto, y era patente que apelaba a la mínima condescendencia cuando le indicó pasar por su estudio un par de horas más tarde.
Así lo hizo Marcus, y poco después se encontraba presionando el timbre en el portón lateral de la casa de su tío, ésto es, donde su tío tenía montado esa suerte de biblioteca, banco electrónico de datos, taller etnográfico, etc. Enseguida el viejo abrió y le indicó pasar.
-Adelante, Marcus. Veamos qué es eso que traes contigo –dijo el Dr. Pickwell, con el mismo tono liviano que había asumido por teléfono.
-Mire, tío, no lo quiero hacer perder su valioso tiempo –ironizó Marcus, -mejor lo dejamos y ya.
-No, no, nada de eso. No perdemos nada con echarle una ojeada.
Entonces el joven extrajo del bolsillo de su chaqueta el trozo de maxilar, envuelto en un pañuelo, y lo tendió hacia su tío. Éste lo tomó y lo escudriñó durante unos instantes. Marcus se regodeó en silencio ante el cambio de actitud que observó el Dr. Pickwell, quien con notoria ansiedad buscó una lupa para analizar más en detalle la pieza ósea.
-¿Dónde dijiste que lo has encontrado? –Preguntó, sin dejar ni por un momento el estudio del objeto.
-En las canteras de Hernández –respondió Marcus, -a más o menos un metro de altura en el talud que da hacia este lado. Parece antiguo, ¿no es así?
-Si. Parece antiguo en lo que hace a su estado. Aunque morfológicamente, a contrario, resulta en un todo análogo al correspondiente al hombre actual. Es extraño, ciertamente. Si me permites, voy a someterlo a una serie de tests que nos indicarán su antigüedad
aproximada.
-Haga tranquilo, tío.
-Puede llevar algún tiempo…
-No importa, no tengo mucho que hacer. -Mientras el anciano doctor colocaba la muestra en un recipiente, mezclaba unos líquidos en otro y manipulaba mouse y teclado de una computadora, Marcus prosiguió:
-En fin, si resulta ser algo tan raro así como parece, ¿puede haber una moneda atrás? Digo, ¿no?, algún par de billetes…
-Marcus, Marcus, ¿dónde está ese espíritu altruista para con la ciencia?
-Estar, lo que se dice, no sé dónde está. Para usted es fácil, con todo lo que estudió. Aparte tiene todos estos aparatos, una flor de casa, un auto… yo tuve que ir a ver si agarraba unas tarariras para la cena, que si no… no, no es lo mismo.
-Ya, ya. Primero veamos de qué se trata. No debes hacerte muchas ilusiones, de todos modos. Tú sabes que en este país suelen encontrarse muchos huesos humanos por ahí, desgraciadamente –le contestó su tío, con aire ausente, absorto como estaba en el estudio.
-Sí, tá bien. Pero me dijeron que en el mercado negro los yanquis pagan bien las cosas raras, así que después no me venga con altruísmo ni nada de eso, eh.

El Dr. Pickwell miró el resultado en el monitor y meneó la cabeza como desconcertado.
-No puede ser. Debo haber programado mal algo.
-¿VIO? ¡LE DIJE, TÍO, LE DIJE!
-Espera, espera, déjame chequear el procedimiento.
-¿Cuántos años le dio?
-No, no puede ser –respondió Pickwell, mientras repasaba febrilmente cada paso de la prueba.
-¡¿CUÁNTOS AÑOS LE DIO?!
El científico se dejó caer, laxo, sobre el taburete. Había concluido la revisión, y no parecía haber error alguno en el procedimiento. Respondió a su sobrino con aire abrumado:
-Ciento cincuenta mil años.
-¡¿VIÓ?! ¡¿VIÓ?! ¡YO LE DIJE! ¡VAMOS, CARAJO Y LA RE MIL PUTA QUE LO PARIÓ!
¡VAMOS, Y LA RECONCHA PUTA DE LA MADRE! ¿Y CUÁNTO VALE?
-No puede ser, Marcus querido. Debo haber cometido algún error.
-No, tío, ma qué error. Si ustedes los científicos se la pasan laburando como negros en una teoría para que venga otro y se la tire a la mierda.
-La verdad, no sé… tendría que llevarlo a la Universidad…
-Ni se le ocurra. Ni lo sueñe. Ahí son todos buchones. Seguro que al toque lo denuncian y chau negocio.
-¿Quieres dejar de manejarte como si fueses un arameo regenteando una tienda de antigüedades? ¿Acaso no adviertes lo que significa un hallazgo como éste?
-La prueba está bien hecha, tío, ya la chequeó. Y su estupor me anuncia que soy un hombre rico. Y dicho sea de paso, ¿qué significa?
-Que todo lo que creíamos saber acerca del hombre americano, y yo diría del hombre en general, queda reducido a cenizas.
-¡Qué novedad! Usté por ahí porque leyó demasiado. Nosotros, los comunes, sabemos que eso pasa siempre.
-Bueno, dicho así, parece como que soy muy ingenuo.
-No, usté no, tío. Todos, los que son como usté.
-Lo tendré en cuenta –se levantó y fue hasta un mueble. Sirvió dos taquitos de Ponche Capitán de Castilla.
–Creo que nos hace falta un trago.
-A usté le hace falta un trago. A mí me hacen falta varios. Tengo que festejar.
-No te enloquezcas, Marcus. En todo caso, aún aquí, me gustaría hacer varias pruebas más. Supongo que vas a dejarme la muestra.
-Supone mal. Mire, tío, vamos a hacer una cosa: yo me quedo acá, no lo jodo, duermo en el piso, lo que sea. Y usté, entre tanto, le hace todas las pruebas que quiera. Sin dañarlo, claro.
El Dr. Pickwell comprendió que no iba a poder librarse así nomás de aquel pelmazo. Mas el interés desmesurado y la ambición profesional que había excitado aquel prodigioso hueso obnubilaban cualquier molestia colateral.
-Está bien. Como quieras. Pero te advierto que puede resultar tedioso.
-Nada de eso. Estoy en el país de las maravillas. ¿Me puedo servir otro ponche?
-Sí, pero no abuses. Sírveme otro a mí, también.
-Oquéi, pero no abuse. Yo me puedo poner en pedo, usté no, tiene trabajo que hacer. Mientras servía, canturreó improvisando melodías “estoy en el país de las maravillas, estoy en…”
-Hablando de maravillas, puede que lo que hace este programa te maraville. Es en realidad sorprendente –interrumpió el Dr. Pickwell, mientras manipulaba la computadora. Marcus le alcanzó su taco y preguntó: -¿Y qué hace ese programa?
-Es un diseño de la Colbert-Gilliam Sistems Inc., que a partir de un minúsculo fragmento de tejido –cuya señal ecografiada se transmite a un procesador muy sofisticado, junto con algunas otras precisiones químicas- es capaz de reproducir la forma exacta del organismo que lo contuvo en vida.
-Á la mierda…
-Y eso no es todo. También proyecta una imagen holográfica de dicho organismo, a tamaño real.
-¿Holográfica?
-En tres dimensiones. Es una  forma de visualizar mejor al individuo, ¿no crees?
-Sí, sí creo. Hoy, creo en todo, vea. Déle, póngala, póngala, así lo vemos.
-Habrá que esperar un buen rato. La data la copia enseguida, pero los procesos subsiguientes pueden llevar horas.
-Bueno, tío, ¿y qué le parece si en el interín llamamos un par de putas? Yo todavía no tengo un cobre, pero en cuanto venda el hueso...
-¡Fíjate lo que dices, zopenco! Aún en el caso que no tuviera frente a mí un prodigio semejante, cuyas implicancias totales quizá lleven muchos años de estudio, jamás me entregaría a una práctica tan innoble y degradante.
-Afloje un poco, tío. Conozco una agencia que tiene cada hembra que va a ver cómo se le pasan los remilgos...
-¡Terminemos con esta cuestión! Si vas a quedarte aquí, haz el favor de guardar silencio, de modo que pueda concentrarme –lo conminó, mientras comenzaba a volcar apuntes en un notebook conectado al sistema central. Marcus fue por otro ponche.
-Es rica, la porquería ésta, eh –comentó mientras servía.
-¡Te dije que guardes silencio!
-Tá bien, viejo, qué carácter.
Mientras Pickwell reunía las bases documentales que eventualmente le permitirían acotar al menos un poco las magnitudes desmesuradas de aquel fenómeno, Marcus tomó del  revistero un ejemplar de la única publicación que el mismo contenía, ‘American Science’. La hojeó y se encontró con un montón de tecnicismos en inglés, obviamente fuera de su alcance. Casi fastidiado iba a dejarla cuando pasó rápidamente ante su vista un cuerpo desnudo de mujer. Volvió hacia atrás con excitada presteza y se encontró con una foto en blanco y negro, de frente (plano americano): una mujer de piel oscura y formas casi exuberantes mas perfectamente armónicas, finos rasgos enmarcados por una melena lacia y oscura hasta los hombros, cortada perfectamente a línea al igual que el frondoso flequillo sobre las cejas. En su cintura se ceñía una especie de cordel, y esa era toda su indumentaria. Por debajo se distinguía con toda claridad un adorable pubis afeitado, cuya codiciosa observación le provocó un cosquilleo en el estómago y una profusa secreción salival.
-Déle, tío –insistió, -llamemos un par de putas.
Sorprendido en profunda concentración, el Dr. se sobresaltó y respondió destempladamente: 
-¡VOY A PEDIRTE QUE TE RETIRES!
-Si me voy, me llevo el hueso.
-¡Pero debes comprender que así no puedo trabajar! – Argumentó, tratando de contenerse. Marcus saboreó la cuota de poder que le daba la posesión de la muestra.
-Bueno, siga, siga (que viejo ortiva)
-¿Cómo has dicho?
-Nada, dije. ¿Va a laburar o va a seguir hablando giladas?
El científico volvió a su tarea y Marcus fue a por otro ponche. Regresó y se sumió nuevamente en la contemplación de la morena. Le costó salir del embelesamiento cuando intentó descifrar la leyenda debajo de la foto. ‘A woman xavante’ lo entendió. Después no cazó una. ¡Ah, sí! ¡Ésta sí! ‘beauty’ también la conocía. Era suficiente. Sí, era muy beauty. De pronto pasó de hoja, al tiempo que se concentraba en revertir el incipiente proceso de una erección inútil.

El Dr. Pickwell observó a su sobrino durmiendo en el sillón, con la boca abierta y levemente
babeado en la comisura correspondiente a la inclinación de la cabeza. Finalmente el ponche había vencido a la excitación, varias horas después. Pensar que ese energúmeno era capaz de interponerse entre él y la celebridad tan merecida, a tenor de los larguísimos
años de estudio y trabajo. No era justo. Debía librarse de tamaño escollo. ¿Y si le administraba un somnífero por inhalación y luego le inyectaba aire? Podría simular un paro cardíaco –de acuerdo al estado alcohólico y argumentando como voluntaria la inhalación de depresores. Sí, era un buen plan. Fue hasta la estantería, cogió un frasco, sacó un pañuelo
del bolsillo y lo embebió. Se volvió hacia su sobrino y dudó por un instante. ¿Era un asesino? ¿Era capaz de ultimar al hijo de su propia hermana para satisfacer sus ambiciones personales, por más justificaciones que se le ocurrieran? Miró el portaobjetos y se respondió: sí.
Comenzó a caminar hacia el joven cuando su siempre alerta espíritu analítico lo llamó a la reflexión. Evidentemente –pensó- el anuncio del portento científico llamará la atención lo suficiente como para que a alguien se le ocurriera asociarlo con esta muerte. Aparte, tal vez Marcus había comentado con terceros su hallazgo. En fin, debía pensar otra forma de sacarlo del medio.

-¡CLANC!- Sonó la señal del sistema anunciando que el proceso de reconstrucción había concluido. Marcus se despertó sobresaltado y preguntando qué había sido eso. El Dr. Pickwell le anunció, lo más solemnemente que pudo debido a su estado de ansiedad, que ya podían ver al antiquísimo anfitrión del fósil. El joven se frotó los ojos y luego los abrió desmesuradamente, mientras se acomodaba para ver mejor. Su tío, en tanto, y con manos temblorosas, manipuló cuidadosamente algo que parecía un sofisticado proyector de diapositivas. Luego presionó una tecla y de repente allí estaba: tío y sobrino quedaron estupefactos ante la imagen tridimensional tan perfecta y real como si el individuo hubiese estado allí, frente a ellos, de cuerpo presente. Un ejemplar de homo sapiens impecable en todos sus detalles y con físico y rasgos de una belleza cautivante aún para individuos heterosexuales como eran ellos.
-Oiga, tío, ésto no parece un indio. No conozco muchos, pero los que vi son distintos. Les faltan dientes, están regastados...
-¿Quieres cerrar la boca?
Pickwell comenzó a pensar que ese fragmento de mandíbula debió corresponder a un organismo absolutamente reciente, que algo en su sistema había funcionado mal. Aunque la prueba química tradicional había corroborado los guarismos arrojados por la computadora. Era muy raro, por cierto. La imagen del espécimen no parecía ajustarse en nada a un prototehuelche, por ejemplo. Marcus se incorporó con la intención de observar detalladamente el fenómeno, y entonces ocurrió algo cuya enorme imposibilidad congeló la sangre de ambos: la proyección holográfica volvió su cabeza hacia el joven, quien quedó inmóvil como lo había estado ella hasta entonces. Pickwell, boquiabierto, caviló entre zozobras que nada de eso podía estar sucediendo. Ya estaba demasiado viejo, y tal vez el  Alzheimer le estaba jugando una mala pasada.

Marcus, en tanto, fascinado como una gallina ante esa mirada intensa y gélida que lo observaba desde los confines de la prehistoria, al tiempo que se vaciaba de pensamientos caía en la cuenta de la futilidad de las ambiciones materiales que había alentado hasta entonces. De algún modo, y pese a sus limitaciones intelectuales, comprendía lo rascendente de aquella experiencia. Al cabo de unos momentos quedó sumido en una placentera lasitud. Fue cuando llegó el turno de Pickwell. Encabritado como estaba su ánimo, no tardó mucho sin embargo en sentir análogas sensaciones respecto de las frívolas
pretensiones de reconocimiento profesional. Allí estaban ambos a merced –al menos sicológicamente de una aparición que, a resultas de la conjunción de elementos fósiles y sofisticadas tecnologías, había irrumpido quién sabe desde dónde y tomado absoluto control de sus mientes.
A continuación el visitante se concentró en el hardware y quedó muy claro que aquella inteligencia, aunque artificial, sufría los mismos procesos de feroz sondeo e inducción hacia pautas objetivas. De pronto el extraño ser abrió sus brazos hacia atrás e inhaló lenta y rofundamente, al tiempo que la luz se iba apagando, como si estuviera siendo tragada por su sistema respitarorio. Todo se sumió en una total oscuridad. Al cabo de unos momentos,
en perfecto sincro con la exhalación del intruso, la luz retornó gradualmente, y ya inmersos en un estado de perplejidad total, Pickwell y Marcus advirtieron dos nuevos prodigios. Uno, que estaban en una estancia completamente diferente, aunque a todas luces parecía ratarse asimismo de un laboratorio científico; su equipamiento lucía tan moderno y superferolítico que parecía corresponder a futuros remotos. El otro, y tal vez el más oprendente, era que sus cuerpos no estaban allí. Solamente la percepción de ambos, no sujeta a enclave material alguno, era testigo de la siguiente escena: el individuo aquél, fuera lo que fuese, manipulaba unos huesos y ponía en funcionamiento las complejas maquinarias. Momentos después, los cuerpos desnudos e inmóviles de Picwell y Marcus eran proyectados, en análoga e inversa situación, cual imágenes tridimensionales a partir de aquellas muestras óseas. Se produjo allí una suerte de contacto tubular entre las psiquis escarnadas y las imágenes, y de pronto estuvieron nuevamente dentro de sus organismos, sin advertir diferencia alguna con la cotidianeidad de su experiencia corporal. Tras lo cual el extraño volvió a inhalar ese mundo y a exhalarlos en el de costumbre.

De nuevo en casa, convinieron en que una vez más necesitaban un trago, y volvieron a beber ponche, esta vez pasándose la botella y sorbiendo del pico. Mientras tanto, la presencia generada a partir de aquel paradójico fósil del futuro caminó hacia la pequeña cocina contigua al laboratorio, tomó una manzana de la frutera y la degustó con gozosa curiosidad. A Pickwell y a Marcus su presencia ya no les parecía tan desquiciante, algo se había soltado definitivamente dentro de ellos.
Una vez acabada la fruta, se les acercó y estiró la mano reclamando la botella. Marcus se la entregó y lo observaron beber generosamente, con inequívocas muestras de complacencia. El extraño huésped se sentó en el sillón y continuó bebiendo, dejando a su mirada posarse lúdicamente en cada detalle del entorno.
-Tío –preguntó Marcus- ¿usted se anima a pedirle la botella?
-No, está bien, déjasela.
-Y digo yo, ¿tiene otra?
-No.
-Entonces habrá que ir a comprar.
-Como quieras. –Contestó Pickwell, hurgando en sus bolsillos en busca de dinero. Estiró un billete de cinco pesos. Marcus lo tomó y se dirigió hacia la puerta. Entonces se volvió y consultó:
-Dígame, tío, estaba pensando... si uno consigue... esteeee... un hueso de una mujer Xavante, por ejemplo...
-No me preguntes nada, Marcus, por favor. Acabo de tomar conciencia dramáticamente de la medida de mi ignorancia. Aunque de todos modos sospecho el trasfondo de tu pregunta.
-Obvio. Entonces, ¿qué tal si llamamos un par de putas, ahora?
-Que sean tres. Parece que al fulano éste le gusta todo.

domingo, 12 de junio de 2011

La abolición del pasado

Arrecian otra vez los tam-tams en mi mente y emprendo enjundioso los pasos de baile que desembocarán sobre playas de éxtasis, vibrando los parches de mis tímpanos en inusitadas cadencias que corresponden al máximo volumen, el silencio explosivo. Danzo entonces entre vorágines de luz, que de cuando en cuando se aglutinan en un paisaje que a poco vuelve a desmembrarse y así. Entonces... ¿qué hay por aquí?
Una casa nueva. Gran cosa. Siempre estoy viviendo en casas nuevas, al menos para mí. Pero hay algo más, esta vez. El acabado es de una pulcritud exasperante. Todo parece ser nuevo. No parece, es nuevo: los muebles son nuevos, los cuadros son nuevos, incluso mi ropa –cosa de lo más inusual- es de estreno. Todas las fotos son de ahora e incluso mi autorretrato al carbón parece haber sido hecho hoy mismo, y tanto mis libros como mis discos tienen © 2011 y no parecen haber sido siquiera hojeados o retirados de su cajuela, según el caso. Lo peor es que tampoco sé qué debería haber quedado respecto de cualquier cosa, ya que no soy capaz de recordar nada. El pasado, tanto intra como extramental parece haber sido abolido; como si la realidad hubiera sufrido una nueva tabulación, como que de aquí hacia atrás se hubiere resumido quién sabe respecto a qué o en qué, algo así.
Me sirvo un taquito de Legui (botella nueva), me lo clavo de un saque, abro una cajetilla de Gold Leaf y enciendo uno. "Los hábitos permanecen", supongo, mientras gozo por vez primera el sabor del licor combinado con el suave humo del cigarrillo “Fabricado bajo la supervisión de British American Tobacco Co. Ud....”. Salgo a la calle y observo que todos los automóviles son último modelo, pero nadie los conduce. Simplemente están allí aparcados. Claro, quién iba a conducirlos en medio de este sismo psicológico que acabamos de sufrir. Todos experimentamos esta actualización compulsiva y nos miramos unos a otros con ojos de pez. Los mayores, por cierto. Los niños en tanto se embelesan con la novedad de sus ropas, o de sus juguetes. Es obvio, cuanto menos pasado se tiene menos se alucina en una circunstancia como ésta.
Una mujer anciana se acerca y me dice:
-Pero fíjese, joven, qué calamidad. Estoy a punto de morir y no sé qué he hecho de mi vida.
-No se preocupe, señora –respondí con flamante sarcasmo.- Algo me dice que suele ser así, de todos modos.
Rato después decidí sin más dejar de interactuar con mis congéneres, harto estaba ya de preguntas estúpidas que sin embargo era incapaz de responder y de rostros desencajados de estupefacta zozobra. Caminé pensativo y supuse que mis olvidadas experiencias seguramente incluían varias quemas de naves; que numerosas veces habré barajado y dado de vuelta, no sé. En todo caso, sólo se trataba de meras presunciones, que quizá se debieran a la tranquilidad que observaba en la crisis. Miento, no se puede calificar de “tranquilidad” al estado mental que me imbuía. Mejor debí haber dicho ataraxia maravillada, o algo así. Todo estaba para verse por vez primera.
De pronto se me ocurrió algo: "Si me fuera posible caminar hacia atrás, y retroceder al propio tiempo mis cavilaciones en fidedigna reversa, tal vez podría de algún modo soltar el engranaje y recordar más allá de la tabla rasa". Así lo intenté, mas nada parecía ocurrir.
En eso observé en la vereda de enfrente a un hombre enjuto que me miraba y se sonreía, al parecer al tanto de mi fallida maniobra. Tampoco parecía turbado en modo alguno, pero lo que más llamó mi atención fue su ropaje, cuyo deterioro y suciedad contrastaban formidablemente con el pulcro universo. Me dirigí hacia él.
-Parece que usted puede recordar –le dije.
-¿Y de ahí?
-No, nada. Simplemente supuse que podría usted decirme algo del pasado, o en todo caso, ayudarme a recordar.
Me miró insidiosamente durante un momento. Luego me respondió:
-Solamente puedo decirte una cosa acerca del pasado, mas estoy seguro que ya la sabes.
-¿Qué cosa?
-Que el pasado no existe -sentenció, y emprendió la marcha. Unos momentos después estalló en llamas. Continuó su camino, imperturbable, y luego desapareció, o se consumió, no sé. Caminé tras sus pasos y a poco comencé a incinerarme a mi vez. Apenas si tuve tiempo de desarticular aquel extraño cosmos, insertado como una semirrecta ígnea en el tiempo eterno.

Les escribo esto lo mejor que puedo, con mi mano derecha ampollada. Mas lo peor, de todos modos, quizá sea que mi chamuscado cerebro no me permite, hoy día, encontrar una miserable prueba objetiva de la existencia del pasado en ninguno de los mundos que suelo frecuentar.
Incluso los fósiles rezuman una actualidad exasperante.