viernes, 24 de agosto de 2012

AMOR Y MUERTE EN BAHÍA


Llegué a la Isla de Boipeba, en la Bahía de Todos los Santos, a través del ahora llamado Río do Inferno. Pero si bien Boipeba -así se llamaba también el conglomerado humano más grande- era pequeño, mis ansias de naturaleza dirigieron mis pasos hacia poblados más pequeños aún, algunos que ni siquiera tienen nombre, adoptando el de aldeas vecinas. En cada arroyo que desciende de los morros, hay un asentamiento de pescadores que busca la abundante fauna marina allí donde se juntan las aguas saladas con las dulces. Fue en las cercanías de uno de ellos que transcurrirán los extraños hechos que paso a dar cuenta. Su nombre no importa; ello aparte que odiaría quitarle audiencia al viejo Genival.
Una noche, después de beber unas cuantas cachaças con un grupo de pescadores que se reunían en una tienda en la playa, compré una botella de Velho Barreiro y me fui a meditar -o a terminar de emborracharme, lo que ocurriese primero- cerca de un manglar. Era una clara y fresca noche de luna llena. Tomé unos cuantos tragos y encendí un porro. Comenzaba a fumarlo tranquilo, despaciosamente, cuando vi venir una figura humana, con un par de algo así como tiras colgando de su brazo derecho. Cuando se acercó vi que se trataba de un mulato de cabello mota totalmente blanco, bajo y atlético para su edad. Vestía una camisa oscura, bermudas y ojotas. Las tiras no eran otra cosa que un par de morenas recién atrapadas.
-¿Maconha?
-Sim -respondí, mientras le pasaba el cigarro. Chupó con fruición, entre expresiones de deleite. Me lo devolvió y le estiré la botella. -Y esto es cachaça. -Procedió a beber con idénticas muestras de regocijo.
-Yo soy Genival, para servirle.
-Encantado. Yo soy Cratilo.
-Cratilo, hem.
-¿Ésas son morenas?
-Mal bicho -asintió, mostrándome primero los finos colmillos y luego una fea herida en su pulgar izquierdo. -Si quiere las asamos y las comemos acá nomás.
-No, gracias, amigo, ya comí. Métale usted, si gusta.
-No como, generalmente -dijo, mientras las colgaba de una rama a mis espaldas.
-Ah -dije, cayendo en la cuenta de que no importa la densidad demográfica; allá adonde haya un loco, allí estaré yo con mi faro encendido. Mas el Genival ése era loco pero no boludo. A esas alturas yo ya estaba convencido de que venía por mi caçhaca.
-¿Sabe, Cratilo? Me gustaría hablar un poco con usted. Y no es que me quiera beber su aguardiente, sucede que creo que necesita hablar -aclaró, como si hubiese leído mi mente; ello, respecto del aguardiente. No estaba seguro siquiera de querer hablar, mucho menos de necesitarlo.
-¿De qué quiere hablar?
-Me gustaría oír su historia, saber qué lo trae a estas solitarias playas, en fin…
-¿Qué me trae? Gamboa, acá al norte, en la isla de Tinharé, es mi lugar en el mundo. Cada vez que necesito curarme de cualquier dolencia física o espiritual, vengo. Y me curo, claro. 
-Sí, esta tierra es prodigiosa. ¿Y ha venido a curarse de alguna dolencia, pues?
-Siempre hay dolencias que curar.
-Dígamelo a mí… pero el problema es cuando no se curan.
-¿Quiere hablar usted? -Le ofrecí, suponiendo que era él quien lo necesitaba.
-No, mire, yo soy bastante más viejo, y la cosa para mí funciona de modo que usted me cuenta y yo después, no por sabio sino por mi larga experiencia, trato humildemente de ayudarlo en lo que pueda.
Me gustó la propuesta. Ello, aparte, me permitía desarrollar una suerte de psicoanálisis con un terapeuta que compensaba la falta de formación teórica con la aspereza de su modo de vida. Menos anteojitos y pipa y más pelarse el ojete para sobrevivir. Óptimo.
-¿Le hablo de mi papá y de mi mamá? -Pregunté insidiosamente, y de paso para abrir el juego.
-Lo que guste.
-Mi viejo era el tipo más responsable del mundo. Y ello, como todo exceso, acabó con su vida. Mi vieja era todo lo contrario, y yo en medio: obviamente, di prioridad a la impronta materna. No pensaba morir en peleas ajenas.
-No, claro. Pero la responsabilidad está en sus genes.
-Para eso tengo esto -respondí, mientras bebía un generoso trago de cachaça. -Ante cualquier arrebato de responsabilidad me embriago y listo.
-Buena medicina, eh.
-¿Quiere?
-No, gracias. Continúe, por favor -indicó con aires de terapeuta. Solo entonces advertí que, no obstante el chiste, terminé efectivamente hablando de mis viejos. Me cago en Freud.
-No tiene caso.
-Bueno, usted sabrá entonces por qué lo sigue esa sombra.
-¿Qué sombra?
-La sombra de la muerte. Camina a su alrededor. ¿Le teme usted a la muerte?
-He estado demasiadas veces del lado equivocado del caño como para temerle, a estas alturas. Desde muy joven estuve con el culo en el gancho, por circunstancias político-sociales o meramente por actividades consideradas ilícitas por quienes detentaban el poder. Eso sin hablar de las veces que le pasé cerca por intoxicaciones varias. No, no le temo. Que camine todo lo que quiera alrededor mío, pero que no se interponga. Sé que finalmente perderé, pero va a tener que pelear bastante para llevarme. Y dígame, ya que estamos:¿acaso usted es la muerte? ¿O acaso está muerto?
-¿Acaso lo parezco? Ya sé, no me conteste. Demasiados “acasos”, por ahora -respondió enigmáticamente, y se rió. Luego siguió con esa suerte de interrogatorio: -¿Y con las mujeres? ¿Cómo le va?
-Lo mismo me preguntó un viejo puto, cuando era adolescente -dije, algo fastidiado y para molestarlo, cosa que no logré en lo más mínimo, por cuanto se carcajeó más fuerte aún. Me pareció que su risa tenía un dejo metálico, como el del cantante de Sepultura, sólo que menos ostensible. Bebí otros buenos tragos de cachaça antes de continuar: -Las mujeres ya me han vuelto lo suficientemente loco como para intentar una relación estable. No quiero saber nada más acerca de ellas. Renuncié a tratar de entenderlas.
-Pero son lindas, eh.
-Ni que lo diga. Pero he elegido gozar de ellas sin comprometerme en lo más mínimo.
-Hace muy bien, joven Cratilo -aprobó, ahora algo ceñudo y pensativo. -Usted disculpe, pero le he preguntado por temas que me interesan mucho y no tengo oportunidad de hablarlos con nadie. Yo alcancé las mismas conclusiones que usted respecto de las mujeres, pero ya era demasiado tarde.
-¿Qué pasó? ¿Ya no se le ponía dura?
-Peor aún; si quiere, le cuento la historia.
-Déle nomás, no tengo nada que hacer.
-Resulta que me casé muy joven, con una negra guapa pero algo entrada en carnes, justo lo suficiente como para ser voluptuosa pero sin que se pudiese decir que era gorda. Todo iba bien al principio; pero después (no sé si por complejo o no), a medida que fue engordando, me fue tratando cada vez peor, vio cómo es eso… y encima quería sexo todo el tiempo, y yo debía esforzarme cada vez más para complacerla, aún a pesar del desagrado que me provocaba el tremendo culo que apenas si pasaba por las puertas, en ese bamboleo cárnico propio de las que se queman los pendejos entre las piernas de tanto rozar.
-Ufffff.
-Ufffff, sí. Y había que llegar al fondo de la cuestión, vio. Mire que no estoy mal dotado, pero esas nalgas robaban varias pulgadas -Ahora fui yo quien rió con ganas. Pero la historia continuaba: -Pasado el tiempo ya me repugnaba. Así que salía por ahí a beber y divertirme, lo que conllevaba que a cada regreso a casa primero era objeto de maltratos y acusaciones, y luego era atacado sexualmente. ¡Y guay que no se me fuera a parar! No había dios que la convenciera de que no había estado con otra mujer. 
Una tarde estaba bebiendo unas pingas en una barraca de Itapuá, cuando llegó un grupo de mozos haciendo batucada con parches, silbatos, agogós y hasta un banjo. Todos nos pusimos a seguir el ritmo con copas, botellas y cubiertos, o lo que hubiera a mano, y a cantar viejas tonadas bahianas. Y entonces apareció ella, Cleide. La mulata más hermosa que había visto en mi vida. Comenzó a danzar al compás del batuque, con una sensualidad y una gracia inconmensurables. Su cuerpo cimbraba y tremolaba con cada vigoroso paso, en un arrebol de lujuria. Su cara, en éxtasis danzante, parecía gozar de un orgasmo permanente, de forma tal que casi nos lo provocaba a quienes disfrutábamos el espectáculo de las firmes carnes estremeciéndose. Por suerte los mozos seguían tocando, aún excitados, porque yo quedé tieso y boquiabierto. Ella advirtió mi apasionamiento, de cuando en cuando me miraba y me dedicaba un mohín. Pensé que se estaba burlando de mí, era demasiado hermosa como para fijarse en mi humilde persona. Pero cuando paró la música, vino a mi mesa y se presentó. Bebimos una botella de cerveza y luego, cuando anochecía, me dijo que le encantaba darse baños de luna en la Lagoa de Abaeté. Mi corazón saltaba dentro de mi pecho, ya que muchas parejas iban a mantener relaciones sexuales en las arenas blancas que bordean la laguna, a unas cuantas cuadras de donde estábamos. Caminamos hacia allí, hablando sonceras y jugando juegos de seducción casi adolescente, y eso que ya andábamos por los treinta. Llegamos. Ya la luna rielaba sobre las arenas, y su piel morena contrastaba de un modo estremecedor. Sin decir palabra alguna, se acercó a mí y me besó. ¡Dios, qué dulce néctar me pareció su boca! Nos abrazamos, afiebrados, jugando con nuestras lenguas y apretándonos cada vez más fuerte a medida que la calentura ceñía nuestros cerrojos de sangre. Tomé uno de sus pechos y dejó escapar un leve gemido, al tiempo que comenzaba a acariciar mi sexo…
-Oiga, hombre, que se me está poniendo tiesa…
-Y no se imagina cómo estaba yo. Parecía un sueño. Pero era real. Tanto que no pude esperar mucho, la desnudé, subí sus piernas con mi antebrazo izquierdo y probé con mi boca otra vez el dulce néctar de su sexo. Ella se contorsionaba y gemía casi desesperada, mientras yo jugueteaba con las suaves mucosas y trataba de entender pronto cuál era su predilección en esas lides. Pero no tuve tiempo, ya que descargó un caudaloso orgasmo en mi boca. Entonces, antes de que me sucediese lo mismo sin haber ingresado aún en su maravilloso cuerpo, la monté y descubrí que, pese al tremendo polvo que se había despachado, aún la tenía prieta. Y así siguió, aunque a muy poco acabamos juntos y estruendosamente. Tardamos un buen rato en recuperar el aliento. Luego, a lo largo de la noche, lo hicimos cuatro veces más.
-Eh, hombre, ‘ta bien que fantasee un poco, pero achique la dosis, así es más creíble. Más que en esa época supongo que todavía no existía el viagra.
-Se nota que no sabe lo que era cogerme a la culona, apenas si podía levantarla. Pero Cleide… ¡qué hermosa era! Su risa iluminaba mi vida.
-¡Joder que se enamoró!
-Pues sí. Y ese fue el principio del fin. Nos seguimos viendo a escondidas, ya que la culona, después de esa noche, había olido algo.
-Habrá sentido olor a concha, por lo que cuenta.
-No, me refiero a algo más sutil, por graciosa que le resulte su guarangada. 
-No se ofenda, Genival, es una broma -no dejaba de sorprenderme el refinamiento de sus ideas tanto como el de su verbalización.
-Y ella, como modo de ganarse la vida, era amante de un político muy rico y venal, con disposición de hacernos desaparecer del mundo si se enteraba de la traición.
-Ahá, por ahí saltó la liebre.
-Cierto. Pero nos amábamos demasiado, hasta la locura; tanto que pensamos que si ese iba a ser nuestro eventual destino, o peor aún, la posibilidad de que nos separaran definitivamente, preferimos atacar primero. Ella iba a tratar de hacerle firmar un seguro, o algo así, para no quedarse con las manos vacías después de tanta asqueada inversión de sus encantos. Luego hallaría alguna manera de liquidarlo. Yo me encargaría de mi grotesca pesadilla culona.
Cleide arregló sus seguridades financieras y decidió envenenarlo con un filtro preparado por una anciana amiga hija de las Yiami, que son…
-Ya sé, Deidades u Orixás del Panteón Yoruba, ¿verdad?
-Algo así, sí, pero las precisiones las dejamos para otro momento. Yo, por mi parte, enterado que estaba de la inminencia del desenlace de ese lado de la historia, ideé un plan: serruché la baranda de madera del balcón de mi casa en el segundo piso casi totalmente, de modo que ante el menor apoyo cedería. Salí un rato a tomar coraje y volví al anochecer, a sabiendas que la gorda comenzaría inmediatamente con sus ofensas y descalificaciones cotidianas. Y así fue. Pero se sorprendió cuando, en lugar de reaccionar del mismo modo que siempre, la abracé fuertemente y, a pesar del asco y el profundo desprecio, la besé fingiendo pasión. Ella respondió, porque toda su agresividad cedía ante una perspectiva erótica. Le bajé los pantalones, los tremendos calzones (con los cuales se podía pescar un buen bacalhau), la giré y la penetré lo más profundamente que sus nalgotas me permitieron. Después la arrastré hasta el balcón. “¡Sos loco!”, gritaba. ¡Nos va a ver todo el mundo!”. Y yo: “¡Que nos vean todo lo que quieran! ¿Acaso no puedo joder a mi esposa?” Entonces, algo excitado por la inminencia del sangriento desenlace, la hice tomar de la baranda. Estaba entregada, así que le di y le di cada vez más fuerte, claro que cuidando de no perder pie. La gente comenzaba a apiñarse debajo, a reír y a gritarnos obscenidades. Cuanto más público, mejor, pensé, y como la baranda no cedía, le propiné un caderazo tal que se oyó un crujido y allí fue la culona, paradójicamente de cabeza. Yo quedé aleteando para no caer detrás. De últimas me arrojaría sobre el tremendo trasero, que seguramente y dada su blandura evitaría que me rompa la crisma. Pero no hizo falta. Me llevé las manos a la cara, simulando desesperación pero sonriendo diabólicamente. Era feliz. Los gritos y las pullas dieron lugar a unos segundos de silencio, para devenir nuevamente en expresiones de urgencia, mientras yo observaba todo el cuadro con mi miembro en ristre. Me sentí la imagen misma de una deidad masculina de la fecundidad.
Después de mostrarme afligido y doliente frente a los funcionarios policiales y judiciales, me dejaron en paz durante unos días, los suficientes para el sepelio (había que cargar el féretro de la gorda, eh) y algunos trámites. Cada día fui al bar del Pelourinho (en el que íbamos a encontrarnos cuando todo pasara), pero jamás vino. Compraba el diario “A tarde” cotidianamente, esperando encontrar noticias acerca del fallecimiento del caudillo, pero sólo encontraba referencias a su actividad política. Era todo muy raro. ¿La habrían descubierto? Una tarde, algo así como diez días después, volvía a casa y vi un grupo de peritos trabajando en el balcón, seguramente el casero les había facilitado el acceso. Y lo más alarmante era que se concentraban en los bordes aserrados de la baranda. Todo se precipitaba. Volví al bar del Pelou y bebí desaforadamente. Entonces entró un viejo amigo, que había logrado un buen pasar haciendo quién sabe qué cosas sucias para los congresales del Partido Trabalhista Cristâo, y me dijo que había oído por ahí que algunos personajes estaban fogoneando mi causa y que me querían preso para matarme en la cárcel. Por más que sabía de dónde venía el palo, traté de sonsacarle más información, pero fue en vano. “Es más”, aclaró con expresión de pocos amigos, “yo jamás te dije nada, ¿entendés? Ya bastante me arriesgo viniendo a advertirte”. Y se fue. Todo había sido descubierto, y la hermosa Cleide seguramente había muerto, o peor aún, había sido vendida como esclava sexual. Apuré el trago y me fui con lo puesto a Sao Joaquim, y tomé el ferry a Itaparica. De allí vine a esta Isla, y levanté una rudimentaria cabaña en medio del mato. Nadie iba a ser capar de encontrarme. Esta tierra es generosa, bananas y mangos te caen en la cabeza, arrojas una cabeza de pescado atada a una piola y te traes tres cangrejos. Cada noche pescaba, ponía trampas; y así fueron pasando los años. Nadie más supo de mí, y yo no supe más de nadie.
-No suena tan mal.
-No, sobre todo para el que ha perdido lo único que le interesaba en la vida.
-Hombre, tampoco sea tan drástico…
-Usted porque no conoció a la hermosa Cleide como yo la conocí. Bueno, a medida que pasaban los años, fui tomando coraje y empecé a mostrarme por el pueblo. A oír un poco de música, conversar, beber una cachacinha. Por longevo que fuera mi enemigo, era dudoso que aún continuara vivo; y si lo estaba, en el peor de los casos, estaría tan chocho que no habría por qué preocuparse.
-Y ése fue un error garrafal, ¿no?
-Un error de cálculo, diría yo, ya que no consideré algunas incógnitas de la ecuación. Resulta que el corrupto ése tenía dos hijos, cuya madre (la esposa del corrupto, digo) se suicidó al enterarse de las aventuras de su marido con la hermosa Cleide. De alguna manera el asesino con poder se encargó de mantener la llama de la venganza encendida. Una noche volvía del manglar con un par de langostas y de pronto oí a mis espaldas “¡Genival Santos!”. Pensé que era la policía, por el tono, pero no: eran tres hombres vestidos de paisano, dos de ellos munidos de armas de puño, apuntándome. Estaban a unos diez metros detrás de mí. Se presentaron como los hijos del corrupto, y me enrostraron la muerte de su madre, entre maldiciones y puteadas. Yo supe que mi fin había llegado, pero estaba dispuesto a luchar, si tenía oportunidad. Así que argumentando que no era el tal Genival, me acerqué a ellos, apretando el cuchillo, escondiéndolo tras mi antebrazo. Jugaba con eso que todo sabemos, que quien empuña un arma de fuego se confía más de lo debido. Casi lloriqueante, seguía pretendiendo no ser quien en verdad era. “¿Por este marica se suicidó mamá?”, preguntó uno. “Es verdaderamente despreciable”, comentó otro; di un salto y le hundí el cuchillo en el cuello, al tiempo que de un golpe lo desarmé. Oí un estampido y sentí un impacto en el hombro. Así y todo alcancé a apuñalar en el hígado al que estaba desarmado, que gritó como un loco. Entonces recibí otro disparo, esta vez en la espalda, y caí. Entre los gorgoteos sangrientos de uno y los gritos pelados del otro, el tercero se acercó a mí y me miró con el odio concentrado en sus ojos. Supe que si los disparos no me mataban pronto iba a sufrir mucho a manos de ese bastardo, así que le dije con sorna: “Bueno, te sigo ganando como tres a uno, más o menos.” Pude ver como le resaltaban las venas y oír el rechinar de sus dientes mientras levantaba el arma y me disparaba a la cabeza. El final fue una explosión de estrellas, que se fundieron en una extraña luz amarillenta.
-Entonces estoy, o muy borracho o hablando con un espíritu. O sino, lo que parece más plausible, me está tomando el pelo.
-Esta es tierra de Eguns, sabe…
-Lo es. Los Egun son los espíritus de los ancestros, ¿no?
-Pero yo no tuve descendencia. Por ello quizá es que estoy deambulando por acá, esperando la oportunidad de hablar con alguien.

La borrachera ya se estaba transformando en un pesado estado de somnolencia.
-No se duerma, joven Cratilo, mire que hace décadas que no la pongo.
-¡¿Qué dice?! -exclamé, abriendo los ojos bien grandes, repentinamente. Pero el viejo Genival ya no estaba. Su risa metálica resonaba por doquier. Más que asustarme, fue el arrullo más extraño que alguna vez me indujo al pesado y casi inmediato sueño de la ebriedad.
Cuando desperté, el sol ya estaba bastante alto. Quedaba un trago de cachaça, y lo bebí para ver si me ayudaba con la tremenda resaca. Luego encaminé mis pasos hacia la aldea. De pronto recordé las morenas que Genival, presuntamente, había colgado de las ramas. Iba a volverme a mirar si estaban, como una prueba objetiva de la real existencia del viejo, pero no lo hice. Me gustan los finales abiertos.

viernes, 3 de agosto de 2012

FILOSOFÍA ORIENTAL, EROTISMO Y KUNG FU

Milo Manara

No recuerdo bien por qué andábamos dando vueltas por la Ciudad de Buenos Aires, ciudad que como todas las grandes capitales está repleta de roedores, aunque la mayoría de ellas, en este caso, andan en dos patas. En un barrio que no podría definir cual, un par de mujeres hermosas a la vista se cruzaron y el gordo, raro en él, les dijo un piropo bien fino, sorprendente en su inventario repleto de chabacanerías y aires soeces. Las mujeres sonrieron y entraron a un bar. Es un axioma que si las mujeres no ponen cara de oler mierda, la mitad de la carrera ya está ganada, así que fuimos a por ellas. Aquel bar era uno de esos modernos, onda new age, en los cuales lo más calórico que podía consumirse era un sándwich de algas o algo por el estilo. ¿En dónde quedó el bife a caballo con papas fritas? Oh, Dios. Pedimos a las ninfas compartir la mesa, y no plantearon objeción alguna. Por el contrario, casi podía percibirse un cierto entusiasmo motivado por razones uterinas. ¿O sería que el frenesí sexual venía de nuestro lado? Es más que probable que fuese, finalmente, esa cuestión de feedback que mantiene sobre el planeta a las abyectas larvas humanas.
Flor y Sonia, se llamaban. Flor, una rubia con cierto aire de locura en la mirada, alta, esbelta, y con unos rasgos virginales que parecían contradecir su mirada ávida, que resultaba por ello de lo más excitante. Sonia, más baja y comprimida, sin embrago parecía una bomba sexual a punto de estallar nomás le encendieran la mecha. No había conflicto, entonces. Yo sabía que Abdul atacaría por allí, en tanto a mí me interesaba mucho más la otra. Aunque, llegado el caso…
El primer traspié estuvo dado al advertir que en ese tugurio, en concordancia con las comidas feas e hipocalóricas, no se servían bebidas alcohólicas. Manifesté mi desagrado ampulosamente, pedí un jugo de pomelo y salí a comprar gin para mezclarle. Cuando volví, el gordo ya tenía el brazo sobre el respaldo de la silla de Sonia, mientras apelaba a un discurso que haría palidecer a un vocero de Greenpeace. No perdía tiempo, evidentemente. Flor entonces me pareció más hermosa aún que unos minutos antes, y su belleza iría afectando más y más mis emociones a medida que la botella de gin bajaba.
-¿No te das cuenta que estás atentando contra la naturaleza? -Me preguntó de pronto.
-¿Yo? ¿Qué estoy haciendo?
-Bebiendo alcohol.
-Bueno, digamos que en todo caso estoy dilapidando parte de lo que la madre naturaleza me otorgó graciosamente. 
-La naturaleza podrá ser graciosa, de hecho lo es, pero vos no parecés muy gracioso que digamos…
-No te creas. Hace unos años trabajé de payaso.
-Qué raro, pensé que seguías en plena actividad.
-Sonaste, Cratilo, te tocó una peor que vos -dijo Abdul, y Sonia se cagó de risa.
-¿Por qué dice eso? -Me preguntó Flor.
-Hay quien dice por ahí que soy cínico.
-Al lado tuyo, Diógenes es un nene de pecho -dijo Abdul, dejándome pasmado. -Claro que él vivía en una tinaja vacía, vos vivís en una repleta de vino.
Entre las risotadas de las mujeres, dije al gordo: -Es lo más sorprendente que te oí decir en mi vida, y eso que te he escuchado cada pelotudez... ¿De dónde carajo sacaste eso?
-¿Qué te crees, gil, que el único intelectual sos vos?
Entonces recordé que estaba terminando el secundario en una escuela para adultos. Seguro que ese prodigioso conocimiento -para él- salió de allí. No me pareció pertinente mandarlo al frente en ese contexto, pero no faltaría oportunidad.
-¿Y ustedes de que se ríen? ¿Acaso conocen a Diógenes el Cínico?
-Ahí tocaste mal, chico -dijo Flor-, Sonia es Licenciada en Filosofía, y yo abandoné en cuarto año porque me dio por el estudio de filosofías menos clásicas, aunque a mi juicio más trascendentes.
-Tomá pa’ vos -dijo Abdul.
-¿Onda new age? Pregunté.
-No, onda oriental.
-Ah, menos mal. Odio a todos esos imbéciles que respiran incienso y hablan pelotudeces sin fundamento a troche y moche.
-Bueno, no le hacen mal a nadie, que yo sepa.
-Si propagar la estupidez no es malo, entonces estoy de acuerdo.
-Sos un poco simplista, ¿no te parece?
-Me gusta aplicar la navaja de Occam*, no sé si me entendés.
-Ahá; no es muy fino, eso.
-Aprovecho, viste. Estoy acostumbrado a hablar con lúmpenes que desconocen abiertamente cualquier cosa que requiera la más mínima sutileza de pensamiento -y lo miré insidiosamente a Abdul. Cuál no fue mi sorpresa cuando lo vi metiéndole la lengua en la boca a Sonia, que lejos de resistirse, respondía con real calentura. Me acerqué a Flor y le susurré al oído:
-Parece que no pierden tiempo, ¿eh?
-Sonia es así, muy sexual y apasionada. El único problema es que se confía mucho, y así le va…
-No parece que le vaya muy mal.
-Vos porque no vivís con ella. ¿Sabés las veces que la tuve que apuntalar anímicamente, porque estas “aventuras” suelen dejarla como un trapo de piso?
-Vos, en cambio, es como si estuvieras en guardia…
-No, qué guardia. Pasa que la mística me puso más allá de esos embrollos y ajetreos sexuales, que solo sirven para vaciarte de energía.
-Yo sólo me vacío de otra cosa.
-Sos un guarango. Y burdo, además.
-¿La mística también te llevó a sobredimensionar los chistes?
-Ah, ¿era un chiste? Pero qué gracioso que sos…
Entonces empecé a pensar que la mejor opción era la petisa explosiva. Pero las cartas ya estaban repartidas. Para colmo Sonia y Abdul seguían entusiasmadísimos con el intercambio de fluidos salivales, sorbiendo lenguas y lamiendo mucosas, alternadamente. Puaj.
-¿Y si vamos a tomar un café a casa? -dijo Sonia, en uno de los breves lapsus de desprendimiento oral. Seguro que ya tenía la raja empapada.
-¿A casa, te parece? -De lo que podían colegirse dos cosas: una, que vivían juntas; y la otra, que yo le interesaba poco menos que un gusano.
-Dale, che, los muchachos son piolas, buena gente.
-Ya veo, sí.
Vivían a solo una cuadra, en el 3º piso de un edificio lujoso. Asimismo el semipiso que ocupaban estaba ambientado con buen gusto pero poca sobriedad, había algo de ostentoso tanto en el mobiliario como en ornamentos, tapices y pinturas, la mayoría con motivos orientales. Había mucho dinero, sí señor. Era la típica situación en las que lamento ser un tipo honesto. Nos sentamos en un gran salón con cortinas azules por todos lados, como si de allí salieran varias puertas. Sonia dejó sobre la mesa una botella de ginebra holandesa y una de zumo de uvas, en tanto cargaba una de whisky.
-Le voy a mostrar a Abdul la nueva decoración de mi habitación. Permiso…
-¿Acaso conoce la anterior? -Pregunté insidiosamente.
-¿Perdón?
-Dale, andá, andá mostrale todo lo que quieras.
-No, si te va a pedir permiso a vos -terció el gordo, y se fueron. Ya solos, la hermosa rubia y yo nos vimos envueltos en un incómodo silencio. Me serví una buena medida de ginebra. Ya estaba bastante ebrio; no obstante el instinto, en su inmediatez operativa, me mantenía conciente del hecho de que si quería degustar esa breva, colmada de histerias y sublimaciones, debía demostrarle el más profundo desinterés. Así que le dije:
-Loca, sabés qué… vinimos en mi auto, así que lo tengo que esperar al gordo. Vos si querés andá a dormir, no sé, o mirá TV, o leé, lo que quieras. Yo me quedo acá, y quedate tranquila, tengo muchos defectos pero no soy delincuente; lato sensu, al menos.
-Hago de cuenta que estoy en mi casa…
Encendí un cigarrillo, bebí un trago de ginebra y exhalé el humo. No responder a la ironía era parte de mi estrategia. De pronto, desde el interior de la vivienda, comenzó a escucharse la voz de Sonia “aaaahá… aaaaahá… ¡aaaahá! ¡aaaahá! ¡Así! ¡Por dios, así! ¡aaaahá! ¡aaaahá! ¡AAAAAAHÁÁRG!” Parece que ya se había echado el primero.
-Bueno, a este ritmo, parece que en un ratito te dejo tranquila -le dije.
-No me molestás para nada. (?)
-Bueno, en ese caso, lamento no ser tan divertido como mi amigo.
-¿Qué querés decir, con eso? 
-Nada, que el gordo es mucho más simpático y ocurrente. ¿Qué pensaste?
-Nada, nada -y se sonrojó. -Pasa que Sonia es muy pasional, también.
-Se nota. Parece que metí la mano en la bolsa y saqué la paja mas corta, con perdón de la expresión -Ella rió casi hasta las lágrimas, dejando traslucir otro síntoma de histeria. Al cabo dijo:
-Lamento que te hayas quedado sin embocar la sortija.
-No pasa nada.
-Sos un tipo raro, vos. ¿No vas a insistir?
-¿Tendría algún sentido?
-No, claro.
-Por eso.
Entonces, volvió a oírse el crescendo de gemidos y gritos, esta vez modulados por los tonos bajos de Abdul. Me estaban dando unas ganas bárbaras de embocar a la rubia, pero no podía manifestarlas, so riesgo de tirar por la borda todo el sacrificio previo. Esperaba que a ella le estuviese ocurriendo lo mismo. Pero la ayuda llegó de un modo que jamás se me hubiese ocurrido. Desde el interior del lujoso apartamento hizo su ingreso un individuo enjuto, muy moreno, de aspecto tailandés, o malayo; algo así. Si bien sus ojos blancos denotaban la más absoluta ceguera, no se conducía como un no vidente. Me quedé atónito, tanto así que la rubia dijo, para atenuar mi estupor:
-Él es Benny, mi maestro espiritual.
-Benny -dije a modo de saludo.
-¿Qué andás haciendo? -Le preguntó Flor.
-Me trajo el olor a feromonas.
-Ah, sí, pasa que Sonia está con un muchacho.
-No, ahí solamente huele a sexo. Las feromonas vienen de acá -Flor me miró con pánico. Era increíble cómo luchaba para no mostrar las cartas. O la concha, para ser más gráfico. Esa misma cuestión la llevó a decir, con inseguridad, casi tartamudeando:
-Parece que el amigo Cratilo se ha excitado un poco con los gemidos y gritos que vienen de la habitación de Sonia…
-¡¿Cómo?! -Exclamé, y Benny aclaró:
-Flor, es tu aroma el que predomina. Yo te enseñé a decir la verdad siempre, y a hacerte cargo de tus debilidades.
-Bueno, yo…
-Ya decía el maestro Confucio que no hay que prolongar una restricción de modo que se convierta en algo en sí maligno.
Yo, que seguía libando el néctar holandés sin prisa pero sin pausa, exclamé:
-¡Vamos, Confucio, carajo! ¡Viva el I Ching! -De pasada me floreé ante el malayo, señalándole la fuente. A papá mono, con bananas verdes…
-Como sea -le dijo Benny-, me parece que habría que darle el gusto, al menos hoy, a ese organismo joven y deseoso. Si no, tus caminos pueden verse bloqueados por la frustración -y se sentó en un amplio sillón a mis espaldas. Yo me quedé mirando a Flor, esperando su próxima movida. Ella miraba hacia abajo, sumida en sus pensamientos y algo abochornada. Al cabo de unos segundos levantó la vista, y mirándome directo a los ojos, me preguntó:
-¿Puede ser sin penetración?
-Todavía no te dije que podía ser -respondí, llevando la humillación al límite, remachando el clavo. Se lo merecía por burguesa y por arrogante. Acusó el impacto en su mueca de desagrado. Era hermosa, así que temí estar forzando la nota. De modo que dije. -Es un chiste, como vos quieras está bien para mí.
-Entonces será un sacrificio para la diosa Kali -me informó, mientras se incorporaba y corría uno de los cortinados azules. Entonces pude ver una fina estatua, tamaño natural, de aquella diosa a la que Flor procedía a encenderle velas. Me acerqué y acaricié su espalda y la palmeé como si fuera una yegua (que lo era, flor de yegua; sólo le faltaba cagar al trote). Noté que temblaba, no sé si de deseo, miedo o alguna otra emoción. Si no hubiese bebido tanto, me habría sentido un canalla (que lo era, más allá de cualquier detalle más o menos atenuante). No obstante le abrí una puerta:
-Mirá, si te vas a sentir mal lo dejamos para otro momento…
-Acariciame. Necesito afecto.
Como un poseso comencé a recorrer las hermosas formas de ese cuerpo maravilloso con la palma de las manos en llamas. Después de dedicarle el tiempo correspondiente y sentir cómo se tensaba y se estremecía con mis caricias, comencé a desnudarla, mientras en la pieza de Sonia los murmullos comenzaban a resolverse en gemidos pasionales, y al rato devendrían en alaridos. Era una buena música de fondo para las actividades recreativas que ofrendábamos a Kali. Le quité toda la ropa como quien desenvuelve la más exquisita golosina, comencé a acariciar el suave interior de sus muslos, mientras iba ascendiendo hasta tomar contacto con un sedoso vello púbico. Soltó un gemido y abrió más las piernas. No alcancé a juguetear un poco que sentí una intensa descarga en mi mano, acompañada de expresiones de regocijo capaces de confrontar con las de Sonia. Apoyé mi afiebrado pene en la raya de semejante culo, y ella comenzó a restregarse hacia arriba y hacia abajo. Entonces, atenazado por las viles exigencias de la sangre, rompí el código: en el subibaja, mi verga (seguramente a causa de tropismos ancestrales) se trabó en el extremo de su vagina y quedó perfectamente presentada hacia el interior de la gruta del placer, así que con un fuerte caderazo se la mandé hasta el fondo.
-¡AAAAAAHHHHH!
-Huy, disculpame, no me pude…
-¡MA’ QUÉ DISCULPAME! ¡SI LA SACÁS TE MATO! ¡AAAAHHHH! ¡POR DIOSSSSSS!
Y nos fuimos juntos ante la vista y quizá la bendición de Kali. Hablando de vista, si bien el tal Benny no veía, parecía suplir esta carencia con extraordinarias formas de percepción. Y ni hablar del oído. La casa hacía rato que trepidaba con estentóreas manifestaciones de frenesí sexual, así que me volví hacia él y me quedé atónito otra vez: el viejo malayo ciego se estaba batiendo una flor de puñeta. Y a pesar de su magro físico, había que reconocer que tenía con qué.
-¡Grande, Flor, volviste al ruedo! -Festejó Sonia, ingresando al living envuelta en una sábana (espero que no haya sido la de abajo). Detrás de ella apareció Abdul en calzoncillos, exhibiendo su voluminoso pero duro abdomen y esbozando una sonrisita. Por mi parte, me subí los pantalones,  me serví más ginebra, y la bebí como agua debido a la sed. 
-Sonia, este tipo no me gusta -dijo el malayo-. Hay una tremenda luz de violencia en su aura.
-Mirá, Benny, que yo no soy Flor, eh. A mí no me vas a andar diciendo con quien juntarme y con quien no…
-Sí, qué te pasa, chicato… ¿Querés que te de una muestra gratis de mi aura violenta?
-Yo que vos no lo intentaría -le aconsejó Sonia.- Mirá.
Tomó una manzana del frutero y la arrojó hacia el viejo. Éste, veloz como el rayo, tomó una katana de quién sabe dónde la tenía oculta y de un certero mandoble la cortó justo a la mitad.
-Vamos, Abdul -le dije. Conociéndolo, sabía que si no nos íbamos rápido me lo iba a llevar en rebanadas-. Mañana me tengo que levantar temprano.
Pensó durante unos instantes y finalmente accedió: -Esperá que me visto. -Era loco pero no boludo. Volvió con Sonia a la habitación. Ésta, antes de salir, le hizo una seña de pulgar arriba a su amiga. Ésta sonrió con paradójica tristeza dibujada en sus dulces facciones. Luego me miró y me preguntó:
-¿Nos volveremos a ver?
-Seguro, es un mundo pequeño, éste.
-¿Querés mi número de teléfono?
-No, gracias. Siempre pierdo los papeles. Aparte, ya se lo deben estar dando a Abdul. En todo caso, sé dónde vivís.
-En ese caso, no sabrás si tengo ganas de que vengas o no.
-Puedo correr ese riesgo.

Ya en el auto, encendí un cigarrillo y la radio. Estaban pasando “You shook me all nigth long”, de AC/DC. Vaya ironía. Mientras el gordo, más por su vapuleado machismo que otra cosa, repetía una y otra vez:
-Viejo hijo de puta, si me hubieras dejado le quitaba la katana de mierda ésa y se la envainaba en el culo.
-¿Y desde cuándo me pedís permiso? -pregunté socarronamente.
-Dale, boludo, aparte estaban las mujeres. Si no me rescato, no las garchamos más. ¡Y están buenas! ¡Y cómo les gusta el fierro! Una vez que pego una mina como la gente…
-Bueno, por ahí te vas justificando mejor.
-¡Qué justificando, la concha de tu madre! ¿Querés que te surta a vos?
(“You shook me all nigth you, yes you)
-Bueno -continuó-, por lo menos rescataste algo para escribir.
-No pienso escribir nada de esto.
-¿Por?
-Porque fue muy delirante. Ya bastante me joden con que fuerzo la nota de la imaginación hasta alcanzar niveles adolescentes.
-¡Pero si realmente ocurrió!
-No, sí, claro. Pero andá a hacérselo creer a alguien…

En realidad, en aquel momento no pensaba contarlo. Sin embargo aquí está. Y como decía Alex, el principal personaje de la naranja mecánica, créanme o bésenme el culo.


* Principio metodológico atribuido a Guillermo de Ockham, según el cual entre dos hipótesis verosímiles, la más simple es generalmente la verdadera.  

domingo, 24 de junio de 2012

VIOLACIÓN SEGUIDA DE MUERTE

Olga Levchenko

-Todo bien, Cratilo -decía Renato sirviéndose más cerveza en la sala de mi humilde morada en el Barrio de La Loma-, podés ser todo lo chabacano que quieras, en tus escritos, pero los que te conocemos de antes y sabemos de tu bagaje intelectual, sentimos que nos estamos perdiendo de algo más… bueno, de algo con más peso específico, de profundidad conceptual, de metafísica, qué querés que te diga…
-¿Vos decís que hay algo más trascendental que la concha? Ni la puerta de “Stargate” te lleva a profundidades tan escabrosas y a tales ensoñaciones de placer místico. ¿Querés una emoción estética y metafísica violenta? Por acá tengo una Playboy…
-Está bien, eso no te lo voy a discutir, pero antes te presentabas como un pensador atribulado por el sinsentido de una humanidad desquiciada, un racionalista romántico que padecía una suerte de conflicto con el estado oligofrénico de las cosas, sociológicamente hablando. Dejabas traslucir una especie de ingenuidad que resultaba simpática al lector. Ahora la vas de macho latino y la recontracanchereás, loco; sos el único héroe, vos. A mí siempre me dejás como un boludo.
-No hagas más boludeces y chau. Sos vos el que me da el material.
-Sí, claro; como te decía: sos el único pillo, y tal vez Abdul, al que no te animás a chicanear de cagón que sos, nomás.
-Por ahí venía el asunto, ¿no? Te voy a decir un par de cosas: primero, que no voy a ser el boludo de la película por la sencilla razón que la escribo yo; segundo, a Abdul no lo gasto  porque el chabón se la aguanta, no como otros maricones que conozco; y tercero, puede ser que sea cagón, pero a caquitas como vos me los banco. ¿Querés ir a la vereda a tirar unos guantes?
-¿Ves que no se puede hablar con vos? 
-No me rompas las pelotas, entonces; escribí tu propia epopeya y no jodas. Ah, y cuando necesite consejos acerca de cómo y sobre qué escribir, te aviso.
Como rematando el no muy amigable diálogo, se oyeron unos pasos acelerados subiendo por la escalera y unos apremiantes puñetazos a la puerta. Renato me miró alarmado. Yo bebí unos cuantos tragos de cerveza antes de incorporarme y abrir. Era el Johnny, un repartidor de pizzas del que me había hecho amigo (ver “La novela más leída en la cárcel de Olmos“). Lo raro era que no había venido en su pequeña moto con caja térmica, aparte de la celeridad con la que había llegado y, particularmente, su expresión desencajada.
-Hola, Cratilo. Hola, Renato. ¿Puedo pasar?
-Por supuesto, adelante -se sentó a la mesa, se acodó y cubrió la cara con sus manos. Era la imagen misma de la desesperación.
-¿Qué te pasó? -Le pregunté.
-¿Tenés algo fuerte? -Inquirió a su vez. Saqué de mi aparador estilo campo media botella de whisky barato, un vaso y se lo alcancé. Se sirvió una buena dosis y se la clavó de una. Volvió a servirse. Si no hubiese sido por que lucía tan sobrepasado por las circunstancias, lo habría tomado por un abuso de confianza.
-La maté a Susana -dijo lacónicamente, y como atosigado por imágenes y recuerdos, se zampó el segundo vaso.
-Tomá  despacio que no hay más -le aconsejé.
-Loco, ¿Oíste lo que dijo? -me reconvino Renato. -Acaba de matar una mina, boludo, y vos querés que tome despacio…
-Cerrá el ojete, vos, gil -y dirigiéndome al Johnny: -¿Quién es Susana?
-Una mina.
-Y, lógico, boludo, con ese nombre o es una mina o uno que hace las veces. Pregunto si es tu novia, tu hermana, en fin… eso.
-Algo así como una novia -respondió, con algo de aplomo, después de los dos whiskys puros. -Pasa que la conocí en un burdel de Ensenada.
-Ah -dije, empezando a entender el nudo central de la historia. No hacía falta mucha perspicacia, tampoco. -Mataste una puta.
-Eh, boludo, no hablés así -me reconvino el Johnny con mirada torva.
-¿Qué te pasa, infeliz? ¿Vos la cagás matando y me pedís respeto?
-Tenés razón, disculpá.
-Aparte no interpretás. Decirle puta a una puta no es faltarle el respeto. Almafuerte, el poeta local, era el niño mimado de las putas de un bareca que quedaba junto a su pensión; y cuando entraba, las saludaba diciéndoles “Buenas noches, señoras putas”.
-Sí, chabón, pero vos no sos Almafuerte -observó Renato.
-Se trata del debido respeto a las putas, estúpido, no de quién es quién.
-Loco, no tengo tiempo que perder. ¿Me van a escuchar a mí o van a seguir hablando pelotudeces?
-Sí, tenés razón, apurate. No vaya a ser cosa que vengan los polizontes a buscarte acá a mi casa.
-Y, una cagada, loco. Resulta que sí, que me puse un poco de novio, si es que se puede decir. Pensé que la iba a manejar, pero se me fue de las manos. Y todo por la mierda ésta -tiró una bolsita de cocaína sobre la mesa.
-¿No la querés? -Preguntó Renato, los ojos como el dos de oros.
-Dejá eso quieto ahí -le ordené, a sabiendas que esa clase de reacciones en un adicto duraban lo mismo que un pedo en un canasto.  
-No, está bien, tomen, tengo más. Mucha más.
-Con razón andás matando gente, chabón -observé.
-Viste, la reconcha de la lora… resulta que con la porquería ésta empecé a hacer algo de guita, y a frecuentar el cabaret. Allá la conocí, a la Susy. Y como que pegamos onda, vieron. Al poco tiempo descubrimos que nos llevábamos más que bien, no solamente en el sexo, y nos fuimos enamorando.
-¿Ella también? -Le pregunté.
-Y, supongo que sí, porque habíamos comenzado a hacer algunos planes.
-No, te pregunto porque es raro, viste. Las putas suelen ser personas muy frías; tienen que serlo, bah, por cuanto la vida generalmente se les hace demasiado dura y tienen que apechugarla como viene. Y muchas veces zafan agarrando algún gil que les pare la olla y le hacen creer que están enamoradas.   
-Eh, boludo, no le hables así al pibe, che -me recriminó Renato.
-Claro, tarado, mejor es hacerse el remilgado y decirle lo que quiere escuchar, así lo mandás derecho a la horca. No, pelotudo, como están las cosas tiene que enfrentarse a la verdad, salga pato o gallareta.
-Sí, tenés razón -concedió el Johnny. -Mirá, Cratilo, si me agarró de perejil, la verdad que no me di cuenta. Pero yo tampoco me crié entre rosas, viste. Y creo que aprendí a semblantear a la gente y darme cuenta si me están cagando o no.
-No me cabe la menor duda.
-Bueno, uno de los planes era que dejara de laburar. Y yo, repartiendo pizzas y viviendo de prestado no podía ayudarla con eso.
-Así que empezaste a vender merca a lo loco.
-Sí, pero empecé a tomar a lo loco, también.
-Pedazo de boludo, ¿no sabés que si vendés no tenés que tomar, y viceversa?
 -Sí, sé, pero viste cómo es esto…
-No, no sé cómo es esto. ¿Puedo probar? -Preguntó Renato.
-Ya te dije que sí.
-Dale, “busca”, peiná unas rayas, las tomamos y que guarde todo rápido. Éste está jugado, si lo agarran. Yo no tengo ganas de comerme el garrón si lo viene a buscar la yuta.  
-Ufa, loco, dejá de llamar a la desgracia, ¿querés?
-Yo no la llamo, es a éste al que lo trae cagando. Dale, dale picá así nomás.
-No seas paranoico y dejame hacerlo bien, si no me queda la nariz a la miseria.
-Dale, maricón, ya está. Y si te querés cuidar la ñatita, entonces no tomés y listo. 
-Ya está, boludo. Che, Johnny, guardá la bolsa que el nene le tiene miedo al cuco.
-La cuestión (snif) es que hoy había quedado en ir a verla a su casa (snif… ahhh) a eso de las cinco. Fui y no estaba. Dijo que llegaba a esa hora, porque tenía un cliente importante, que le dejaba mucha propina. A mí no me gustaba ni mierda que siguiera garchando con otros, aunque fuera por guita, pero todavía no podía pedirle que deje esa vida. La esperé como media hora, que me pareció medio siglo…
-La mierda que estás caliente -le dije-. Al pedo, hermano, si te vas a encajetar con una mina que se dedica a eso, más te vale tener en claro que debés agarrar lo que viene y como viene; si no, es para quilombo. 
-Si, boludo, decile a él -ironizó Renato.
-Entonces, como no aparecía, la llamé por teléfono. Sonó como cuatro veces. Atendió y cortó la comunicación instantáneamente. Volví a llamar y arrancó directamente el contestador.
-Estaría ocupada -insinué.
-Claro -asintió Renato. -Aparte no queda bien, hablar con la boca llena.
-Loco, si me van a agarrar para el churrete se pudre todo, eh… me los cargo a los dos, giles, qué les pasa…
-Pará, Johnny, es una joda -se explicó Renato, algo turbado por la reacción.
-Miren que estoy jugado, no tengo nada que perder, yo, eh…
-Loco, ya te dijo Renato que es una joda, así que no te hagás el cojudo. Menos en mi casa, chabón; si no te gusta, colá.
-No, disculpame, Cratilo, entendeme; vengo para la mierda yo, con todo lo que me está pasando. 
-Lo que te está pasando te está pasando por esa porquería que venís jalando.
-Oia, te salió en versito… Dijo Renato.
-Hablá como un hombre, pedazo de balín. Y hablando de halar…
El Johnny metió sus dedos en el bolsillito pequeño del jean, extrajo otra vez la bolsita y tiró tres soberanas rayas así nomás, sin picar ni nada. Si no había un mañana, ¿para qué cuidarse las mucosas o lo que fuera? Las aspiramos y prosiguió con su relato:
-Eran cerca de las siete cuando se detuvo un auto repolenta, qué sé yo que marca, pero impresionante, viste, todo lustroso… aparentemente el coso que la trajo era el chofer del poronga, porque ella venía sola en el asiento de atrás. Me levanté y lo miré fijo, al chabón. Me miró un instante, puso primera y se fue.
-Me imagino, vio la muerte…
-Puede ser, con los toques que le había dado a la bolsita y los nervios… entonces me percaté que la Susy venía cargada de paquetes y bolsas de esos boliches finolis del centro, viste. Me vio y me dijo ¿Te vas a quedar ahí como un boludo o me vas a ayudar?” Yo me quedé pensando que al garca que le regalaba tantas cosas seguramente no lo trataba así.
-¿Te das cuenta, boludo -le dije-, que cuando estás así lo mejor que podés hacer es parar de pensar boludeces?
-No, claro que me daba cuenta, por eso no le contesté nada; simplemente tomé la llave que me alcanzaba, agarré un par de bolsas y entramos. No más lo hicimos, empecé a quitarme la ropa. “¿Se puede saber qué hacés?”, me preguntó, con ese tonito que tienen las minas onda acá la que maneja los tiempos soy yo. Me rompió las bolas, así que le contesté “Vos ya cogiste, yo no, así que dejate de boludeces, lavátela y vení”. “A mí no me hables así, la reconcha de tu madre, tomátelas de acá”…
-Claro, pelotudo, te creíste que era una quinceañera de mamá que te la iba a chupar y a decirte “¡qué macho que sos!”  Es una puta, man, y las putas no son gente a la que le guste mucho que le falten al respeto…
-Entonces, cuando me vino a empujar para echarme como a un perro, la di vuelta, la agarré de la nuca, le levanté los lienzos, le bajé los calzones y se la mandé a guardar.
-Ah, entonces es violación seguida de asesinato -dijo Renato, con aires de gran jurista-. Estás hasta los huevos, chabón.
-Como si no lo supiera -observé-. Pero no interrumpas, que estaba hasta los huevos en la casa de Susy, también.
-Bien hasta los huevos. Con la merca que tenía encima, le pegué unas bombeadas que si no la tenía agarrada de la nuca le aplastaba la cabeza contra la pared.
-¿Fue así que la acogotaste?
-No, así le eche un polvo terrible. Y ella, al final, no lo pudo evitar y también se lo echó.
-Y eso que venía de darle, eh -dijo Renato. El Johnny se levantó de la silla.
-¿Adónde vas? Terminá la historia, amigo, después te vas.
-Voy al baño, boludo. Aparte si me quedo lo pongo, al boludo éste.
-Qué quilombo, loco -me dijo Renato cuando quedamos solos.
-Mientras no me caiga la yuta acá…
-Está tardando mucho, ¿no se te irá a suicidar, igual que ese amigo tuyo el día de año nuevo? (ver "Orgía y drama finisecular") 
-No, chabón, éste le está dando al nariguete.
-¿Más, todavía?
-Y, cuando venís al palo, todo es poco. El loco éste colapsa al toque, si no se rescata de algún modo.
El Johnny volvió y continuó contando:
-La cuestión que (snif) cuando se la saqué me empezó a decir de todo. Y eso que al final le había gustado, eh.
-Pero eso no quiere decir nada, boludo. Una cosa no invalida la otra.
-Claro, ya que la tenía adentro…
-Bueno, entonces yo le eché en cara que si la gozaba conmigo en esas circunstancias, nada le impedía andar echándose unos polvos con los oligarcas que se garchaba.
-Es su laburo, boludo; así la conociste, dejate de joder…
-“Claro que me los echo” -me respondió-. “No le voy a andar pidiendo permiso a un perdedor como vos”. Me hirvió la sangre. “Yo seré un perdedor, pero vos sos una puta de mierda” -le dije. Ella fue a la cocina, agarró una cuchilla y me amenazó. Yo, que venía arriba de vueltas, le pegué un revés en la mano y la cuchilla voló a la mierda. Acto seguido, la agarré del cogote y apreté, de bronca y más que nada para asustarla. Pero se nota que se me fue la mano, porque oí un chasquido y sentí que algo se rompía. Enseguida su cuerpo se aflojó. Vi los derrames en sus ojos y el color azul de su piel, y me dí cuenta de que la había cagado. La dejé caer y me fui de allí como huyendo de la peste, que así era.
-Qué cagada, loco. ¿Y ahora qué pensás hacer?
-Por eso venía, a ver si me habilitabas unos mangos. Me voy a Corrientes, tengo un tío por allá. Y si la mano se pone densa, me cruzaré hasta el Paraguay, o Brasil, qué sé yo.
-No es mala idea, acá no te podés quedar. Mirá, te puedo dar cien mangos, nomás.
-Dale, lo que puedas me sirve.
-Yo voy con cincuenta -ofreció Renato.
-Bueno, no te demores; cuanto antes rajés, mejor. 
-Gracias, muchachos; con esto y un par de bolsas que tengo para mover, me pago el pasaje y aguanto unos días.
-Andate de gorra, loco. Para sacar pasajes ahora te hacen dejar nombre, documento, por poco no te piden análisis de orina. 
-Tenés razón, si. Aparte me puedo ir escondiendo, si se pone feo.
-Andá, dale -lo urgí, tratando de no dejar traslucir la ansiedad de que se llevara rápido con él las sirenas policiales.

-Qué chabón, éste, ¿eh?
-Sí, se fue al recarajo. Para colmo me tomó todo el whisky, y no hay más cerveza.
-Loco, sos más frío que un pescado.
-Ya me lo han dicho. Aparte a éste, por calentarse, mirá cómo le va.
-Vamos a buscar unas birras, entonces.
-Dale, pero pagás vos. Yo puse cien, vos cincuenta.
Casi llegábamos a la esquina cuando oímos dos detonaciones y a continuación el chirrido de ruedas en aceleración. Apuramos el paso y, a eso de unos cincuenta metros a la vuelta de la esquina vimos un guiñapo recostado contra una pared y las luces de un auto que se perdían hacia la diagonal 73 para el Parque Alberdi. Nos acercamos lo suficiente para comprobar lo previsible: el guiñapo era Johnny, nomás. Algunos vecinos comenzaron a salir y se iban acercando lentamente, igual que nosotros. Uno de ellos llamó por celular.
-Vamos por allá -dije a Renato-. Están llamando al 911. Ahora cae la yuta, así que rajemos.
Fuimos hasta el kiosco de la Circunvalación, compramos cuatro litros de cerveza y volvimos, bastante apesadumbrados por el curso de los acontecimientos. Al llegar a la esquina del siniestro pasó una ambulancia echando putas, sirena a full, y el patrullero policial que lo acompañaba. Como quedaban algunos vecinos conversando por ahí, y no parecía haber polizontes cerca, aprovechamos para ir a preguntar. Nos dijeron que aparte de los dos corchazos lo habían cagado a palos, y que al parecer estaba vivo cuando lo subieron a la ambulancia, pero se lo veía muy mal. Seguimos para casa.
-¿Quién habrá sido? -Preguntó Renato.
-El rufián, boludo, quién va a ser… el rufián y sus esbirros. Con los clientes que tenía, según dijo el Johnny, les hizo perder una bocha de guita.
-Claro, tenés razón. 
-Y a mí me hizo perder cien mangos y medio tubo de whisky.
-¡No podés ser tan hijo de puta!
-Tiene, o tenía, como treinta años. No soy hijo de puta, pero tampoco soy el padre. Yo me hago cargo de mis asuntos, y él que se haga cargo de los suyos.
-Ves que sos más frío que un pescado, vos…
En realidad, no era frialdad, sino que estaba acostumbrado a que las cosas se resolvieran de esa manera. Siempre. Si se moría, nadie lo iba a pagar. Era un negrito más, un desclasado que no le importaba a nadie y jodía a unos cuantos. Lo iba a extrañar, iba a echar de menos su risa franca, sus férreos códigos de amistad, la transa de media pizza por medio porro, en fin… pero no iba a decírselo a Renato. No era asunto suyo, y sobre todo, tenía que seguir adelante con mi personaje, haciendo el papel de un tipo duro. De fierro. Como mi amigo el Johnny.

sábado, 16 de junio de 2012

CORRUPCIÓN, ALCOHOLES Y PUÑETES

Hajime Sorayama

Ya me había despertado cuando oí el aire de los frenos del camión de Piero. “Puta que lo parió”, pensé, esperando que se tratara de otro vehículo y otra persona que fuera a otra parte. La otredad era algo fascinante mientras permaneciera lejos de uno. Era el problema de juntar la dicotomía uno/otro, en fin… pero era Piero, nomás.
-¡Bermúdez, levantate de una vez, vago de mierda!  
-¡Callate, boludo! -Le dije mientras abría la puerta. -Ya bastante me rompen las bolas los gringos de acá abajo con el kilombo, falta que empecés a gritar boludeces a estas horas de la madrugada…
-¿Madrugada? Qué hijo de puta que sos. 
-¿Venís a romperme las bolas, nomás?
-No, vengo a invitarte a dar un paseo. Tengo que ir a la costa, a llevar vino a tu pueblo.
-Yo no tengo ningún pueblo.
-¿Vos no sos de General Magoya?
-No, viví unos cuantos años, de pibe.
-Bueno, es lo mismo. ¿Me acompañás o no? Dale, volvemos el domingo a la tardecita.
La alternativa era ir a mi trabajo y seguir criando hongos y moho físico y mental. No había opción posible. -Está bien, esperá que aviso al laburo que no voy -y puse la pava al fuego para preparar un café.

Poco después íbamos hacia la costa atlántica, a un pueblo en el que había desarrollado mi personalidad, para bien o para mal, en un ambiente campechano y de notable sanidad mental; creo que fue debido al contraste con las lacras urbanas que desarrollé, más luego, el cinismo y la apatía que operaban en defensa de ese núcleo íntimo tan vulnerable a inserciones sociales. Me volví refractario a toda estupidez, o sea, al 99.5 % de la actividad humanoide. Mientras cebaba mate para el conductor y para mí, mantuvimos diálogos como éste:
Piero: ¿Viste que lo internaron a Johnny?
Yo: Ah, ¿sí? ¿Qué le pasó?
-El Negro José Luis le metió un tiro.
-Cómo, ¿no eran amigos?
-Sí, y siguen siendo. La cosa fue así: estaban en el Parque San Martín tirando con una .22 a unas botellas, muy borrachos. En una, el Negro gira noventa grados y le mete un cohetazo en el pulmón.
-¿Y por qué hizo eso?
-¿Sos boludo, vos? Qué sé yo, por qué lo hizo. Viste cómo es, se pone reloco y hace cualquiera… encima, en lugar de ir a un hospital, a algún lado en procura de asistencia médica, se fueron para la casa del Negro. Estaban en la cocina, puteándose a los gritos pelados, cuando entró la madre del Negro y les dijo: “¿Qué pasa, tanto grito? Es de madrugada, ¿se quieren dejar de hacer kilombo?” “Usted cállese la boca -le espetó Johnny-, que su hijo me pegó un tiro”, mientras le mostraba el buzo agujereado y manchado de sangre.
-¡Qué locos que están esos pibes!
-Sí, si no hubiera sido por la vieja todavía estarían a las puteadas en la cocina. Ayer fui a visitar a Johnny al Policlínico. Apenas llegué, el animal me dijo: “¿Vamos a fumar un porrito?” “¿Estás loco, vos?” Le respondí. “¿Tenés un pulmón agujereado y querés fumar?” “No pasa nada” me dijo, mientras sacaba un cigarro de la funda de la almohada y lo encendía allí mismo.
Entonces dejé el mate y encendí uno para nosotros. La ventaja era que no teníamos los pulmones perforados. Creo, bah.

Llegamos a eso de las tres y media de la tarde. Hacía un calor agobiante, y los restaurantes estaban cerrados (sin mencionar que había sólo dos), así que nos alojamos en un hostal de mala muerte, comimos algo allí y salimos a beber algo. Ya era tarde para ir a la playa, a unos 30 km. de allí. Nos sentamos en la vereda, a la mesa de una confitería de la calle principal, debajo de un alero a esperar el fresco de la tardecita. Pedimos cerveza. A poco Piero empezó con la cantinela:
-Acordate, Bermúdez, que cuando seas famoso me vas a pagar todo el material que te vengo dando, eh. No vaya a ser cosa que agarrés el paquete y te olvidés en el acto de tu personaje principal.
-Ya te dije, gringo, no hay guita en esto. Al menos para mí.
-Ves, todavía no lo agarraste y ya te estás haciendo el boludo…
-Aparte vos no sos mi personaje principal. Mi personaje principal soy yo.
-Bueno, claro; quiero decir que soy el principal del reparto.
-Loco, estás como las putas. ¿Qué tenés, problemas de cartel, pedazo de asno?
-¿Cratilo? -Preguntó una mujer que algún día debió haber sido linda, pero que a decir verdad, estaba bastante venida abajo. Tenía, sin embargo, unos ojos hermosos que me recordaban a alguien.
-Sí, ¿vos sos…?
-Paula, ¿no te acordás de mí?
Qué cosa jodida es el tiempo, pensé, mientras recordaba a una hermosísima muchacha morena con la cual me había enrollado veintipico de años atrás, devenida en aquella matrona que, si bien no era fea, solamente podría ser target de un desahuciado o un perverso. Tal vez con el tiempo, en franco conflicto con ese  rigor temporal que a mí también me alcanzaba, me haya puesto demasiado pretencioso y por ende, vano.
-Paula, qué hacés, tanto tiempo. Vení, sentate, tomate una cerveza.
-No, gracias. Pero me siento dos minutos, ¿sabés? Viste cómo son las cosas en este pueblo de mierda, enseguida van a andar chismorreando. “Viste la Paula, tomando cerveza con dos forasteros? Flor de mosquita muerta, es ésa, yo siempre te dije“. Como si las estuviera viendo…
-Sí, y el cura sin dar nombres te caga a pedos durante el sermón del domingo.
-Tal cual. Aquí nada cambia. 
-Y yo soy Pierín -dijo el gringo, que había quedado dibujado. 
A continuación, las preguntas de siempre, onda “¿Qué es de tu vida? ¿Qué te  trae de nuevo por acá?” y esa clase de pelotudeces. Tuve que responder “¿Y vos?”, fingiendo un interés de lo más ajeno a mi ánimo, y para colmo soy un pésimo actor.
-Sabías, que me casé con Fito, ¿no?
-No, no sabía nada. Me encantaría verlo -dije, continuando con la farsa social.
-No te lo aconsejo. No creo que quiera verte.
-¿Por?
-Porque no le caés nada bien.
-Que yo sepa, no le hice nada que justifique tal animosidad…
-Bueno, pero saliste conmigo; y viste, ustedes los hombres son así: que quién la tiene más larga, que quien se la cogió antes y todas esas boludeces. Y por esa misma clase de boludeces, ahora me tengo que ir, aunque me encantaría quedarme a charlar un rato.

-Artritis, te decían a vos, ¿no? -Me preguntó socarronamente Piero cuando la mujer se hubo ido.
-¿Por qué me decís?
-Porque atacás a las viejas.
-Ja ja, qué canchero. La hubieras visto en los ochenta, infeliz.
Al rato fuimos a dejar el vino (no sin antes separar tres damajuanas para nosotros); luego fuimos a cenar a una parrilla y volvimos al bar. Estábamos saboreando unos Grant’s cuando quedé demudado. Pensé que estaba alucinando. Allí venía Paula, pero tal y como la había conocido mucho tiempo antes. Era ella, no cabía ninguna duda. Y caminaba con una sonrisa sugestiva, sus hermosos ojos clavados en el atribulado Cratilo.
-Che, Bermúdez, está buena, la pendeja; pero cerrá la boca que se te cae la baba.
-No, que vos no entendés… 
-Qué no voy a entender, es un hembrón, ya de chiquita. De eso entiendo, no vayas a creer…
-No, digo que…
-Vos debés ser Cratilo -dijo la nena, parándose frente a nosotros con las piernas un poco abiertas, luciendo un coñito que se adivinaba hermoso debajo de los apretadísimos jeans.
-Y vos debés ser…
-Romy, la hija de Paula, sí. Dicen que somos parecidas.
-¿Parecidas? Sos la imagen de tu vieja cuando tenía tu edad…
-La época en que vos estabas enamorado de ella, ¿no es así?
-Parece que te ha contado cosas.
-Todo, me contó. Somos muy cercanas; como hermanas, te diría, más que madre e hija. Y me gustaría preguntarte unas cuantas cosas.
-Adelante.
-Preferiría que fuera a solas.
-Y yo soy Pierín -dijo el gringo, esta vez medio fastidiado.
-Permiso, “Artritis” -ironicé, mientras me empinaba el Grant’s y abandonaba la mesa.
Caminamos por aquella vieja plaza, vi los árboles a los que había trepado cuando niño, y los bancos en los que nos hacíamos arrumacos con el ADN original que había clonado esa delicia con forma de ninfa que caminaba a mi lado, preguntando toda clase de zonceras románticas respecto de su madre y su seguro servidor. Pero el tenor de la requisa mental fue subiendo de tono, casi imperceptiblemente al principio, pero creciendo cual bola de nieve, acompasado quizá al crecimiento de mi miembro. “No podés, es casi una nena”, me decía mentalmente a mí mismo; mas esta clase de advertencias jamás habían llegado a buen puerto, naufragando estrepitosamente la mayor parte de las veces. 
-Dice mamá que te tuvo esperando como un año, antes de entregarse a vos.
-No recuerdo bien, pero tuve que esperar bastante, sí.
-Y valió la pena, porque según dijo, sos muy bueno en esas lides.
-Ni tanto. Sucede que como mujer virtuosa, no debe haber tenido gran experiencia.
-¡Virtuosa! Eso te lo habrá hecho creer a vos. Me consta que no es así.
-Bueno, en todo caso, me halaga.
-Y yo soy mucho menos virtuosa que ella.
-Ah, ¿sí?
-Sí, y aparte, las épocas no son las mismas.
-Ya lo creo.
-Sabés qué, Cratilo, crecí oyendo tu leyenda de boca de mi madre.
-Sí, leyenda familiar, tampoco te la vas a creer…
-Es que no me creo siquiera eso.
-Y el odio de mi padre se encargó de alimentar el mito. Cada vez que se peleaban surgía tu nombre.
-¡Carajo! Yo era muy amigo de tu padre, era un muy buen pibe. Y me revienta que…
-La gente cambia, Cratilo. Sos bastante grande, ya deberías haberte dado cuenta.
-Dicho así, el mito parece ser bastante pelotudo, ¿no te parece?
-Coger bien no te hace psicólogo, tampoco.
-¿Sabés que sos bastante lanzada, para ser tan pendeja?
-Sí, lo sé. Y en honor a eso te pregunto así, a boca de jarro… ¿no me enseñarías algunos trucos sexuales?
Pensé, como argumento, preguntarle la edad; pero como venía la mano, era preferible no saber. En todo caso podía decir ante los estrados judiciales, sin faltar a la verdad, que desconocía la edad. El tremendo físico de Romy haría su parte, sobre todo si el juez era macho.
-¿Sabe tu mamá que me ibas a pedir eso?
-¿Estás loco? Todavía está enamorada de vos. Tenés que ver como entró a casa hoy, después de encontrarte.
-¿Enamorada de mí? No te ofendas, pero yo que vos le iba sacando un turno con algún psicólogo.
-Ves, vos te hacés el cínico, pero desconocés hasta que punto esa actitud puede resultar sexy para una mujer.
-Bueno, en todo caso, cualquier actitud puede resultar sexy; depende de los gustos del receptor, digamos. 
-Estás evitando responder a mi pregunta.
-No creo saber muchos trucos sexuales, menos para enseñar. Pero sos muy linda, y me gustaría ir a la cama con vos, didácticas aparte.
-Bueno, entonces vamos acá al hotel.
-¿Está, todavía, el de acá a dos cuadras?
-Claro. ¿Por qué iba a cerrar? La gente coge cada vez más.
Y allí fuimos, y gocé de aquel cuerpo joven y firme otra vez, en un déjà vu apasionado, recordando cada centímetro de su piel, la delicadeza de sus vellos, el sabor dulce de sus jugos… le dimos una y otra vez, casi sin descanso, con el frenesí propio de mis lejanos veinte años. Solamente dos novedades remarcables: la primera, una nostalgia que resultaba inédita en mi inventario emocional; otra, que no fui yo quien enseñó truco alguno a la infanta. Más bien fue al revés. Y en eso superaba con creces a su mami.

Volví al hostal hecho mierda física y anímicamente. Había algo que me angustiaba en ese giro proustiano que había tomado mi vida de relaciones. Pero nunca fui de entregarme a este tipo de sentimientos, así que me serví una buena dosis de whisky de la botella que estaba tomando Piero y me lo zampé de un viaje. El gringo me miraba sonriendo con sorna.
-¿Qué te pasa? -Le pregunté airado, a caballo de mi desconcierto anímico.
-Eh, boludo, qué te pasa… ¿no se te paró?
-Preguntale a tu hermana, cómo se me para.
-Como hermana no tengo… contame, ¿qué pasó?
-Nada, boludo, qué querés que pase. Fui a un albergue con la pendeja.
-Ah, muy bien… y no se te ocurrió preguntarle la edad, ¿no?
-¿Para qué? ¿Para comerme los mocos por una convención moralista fijada por unos pacatos cobardes sexuales?
-No, claro que no te lo preguntaría por eso.
-¿Entonces?
-Para estar seguro de que no te cogiste a tu propia hija.
-¡Anda a la concha de tu madre, gringo hijo de puta! ¡Qué retorcido que sos!
-Vos andás poniéndola desaprensivamente y resulta que el retorcido soy yo -dijo, meneando la cabeza y riendo quedamente. Me fui a dar una ducha. Cuando salí del baño, Piero (que seguía chupando whisky), me dijo:
-¿Vamos al bareca*, Bermúdez?
-Ni en pedo.
-Claro, vos ya la pusiste…
-Y bueno, qué querés, ¿qué la deje pasar, y gratis?
-Dale, acompañame, boludo, ¿para qué te traje, al final?
-Estoy filtrado, loco.
-Dale, servite un whisky, vestite y vamos.
-Voy a empezar por el whisky, después vemos.
El gringo me conocía; sabía que era cuestión de llenarme un poco el tanque y luego iría a cualquier lugar que hubiese algo de beber. Claro que fuimos, y seguimos chupando a lo loco. Piero arrancó con una para las habitaciones del fondo. Yo, por mi parte, y aprovechando que había pocos clientes, charlaba de política internacional con las chicas, y el chulo de la barra no lo podía creer. Carisma, que le dicen…
Del pedo que tenía les empecé a contar cuando dije una oración en la tumba de Trotsky, en Coyoacán, pero más les interesó una anécdota con un travesti en el subte de vuelta a la Alameda. Se reían como locas, que eso era lo que eran. Una de ellas, supongo que enviada por el patrón, vino a querer arrancarme el dinero a conchazos limpios, pero otra le dijo “No jodas, Brigitte, que a éste ya lo exprimió todo la hija del Fito. Más fácil sacarle jugo a un ladrillo que a éste.”
-¿Y vos cómo sabés?
-Acá se sabe todo, macho. Deberías saberlo, ya que dicen que viviste por acá.
Me preocupé un poco, pero sólo durante tres o cuatro segundos. Virtudes balsámicas en un nivel anímico, propias de la substancia. Rato después volvió el Gringo. “¿Cómo te fue?” Le pregunté. “Bárbaro”, respondió, “peso como tres kilos menos”. Y a continuación tomamos tanto que volvimos al hostal apuntalándonos uno al otro, abrazados como hermanos en desgracia.

Al otro día me despertó el gringo. Estaba revolviendo todo. 
-¡¿Qué hacés, hijo de puta?! ¡Estás emperrado en despertarme a la madrugada, la concha de tu hermana! -La cabeza se me partía.
-Nada, que me levanté a vomitar y cuando fui a ver si estaba la guita… ¡LOS HIJOS DE PUTA DE ESTE HOTEL DE MIERDA ME LA HABÍAN ROBADO! -dijo a los gritos, apuntando a la puerta para que lo oigan bien.
-¿Te fijaste bien, boludo? Dije, mientras me comenzaba a vestir; cavilando si sería conveniente hacerlo, porque en cualquier momento iba a vomitar yo también.
-Sí, tarado, la había dejado acá, en este bolsillito de la mochila, y mirá cómo está: ¡abierto! Y adentro no hay nada.
-¿No te lo habrán chingado en el bareca?
-Lo dejé acá, pelotudo. ¡Pero me van a oír! -Y salió hecho una furia, que en su caso se trataba de una de las más intimidantes. Mientras terminaba de vestirme, escuché puteadas de alto tenor injurioso que iban y venían entre el dueño del establecimiento y el gringo. Ya no nos íbamos a quedar allí, así que bajé con las mochilas presto a salir rajando en cuanto cuadrara. 
-¡Todos los porteños son iguales, una manga de ladrones que se piensan que todos somos como ellos! -Gritaba, ofendido, el tipo del hostal. -¡Quedate ahí hasta que venga la policía y le contás!
-Claro, y los palurdos éstos me van a dar la razón a mí. Soy boludo, yo; nací ayer, ¿sabés?
-No sé cuando naciste, pero que sos boludo…
-¡¿A QUIÉN LE DECÍS BOLUDO, VOS, PAYUCA DE MIERDA?! -Mientras lo cogoteaba de la ropa de modo tal que quedaba pataleando en el aire.
-¡Soltame, hijo de mil putas!
-Ah, encima me puteás -dijo Piero, con el demonio dibujado en su rostro. Soltó la mano derecha, manteniéndolo en vilo con la zurda, y le puso un directo en el medio de la jeta que sonó de modo espeluznante. Después lo volvió a embocar y lo tiró sobre una maceta. Hasta la pobre aralia sufrió daños colaterales. Entonces oí a mis espaldas:
-¡Ahí estás, hijo de puta! -Era Fito, y la concha de su madre. Claro, en ese pueblo de mierda las noticias vuelan. Venía derechito a pegarme, con mirada asesina, del tipo que no mide consecuencias. Yo estaba de resaca, y lo que menos necesitaba era un puñete en la cabeza, así que nomás lo tuve a distancia, lo emboqué con un directo al plexo solar y, aprovechando que se doblaba, le puse un rodillazo en la cara y un cruzado de derecha con todo lo que tenía. Con tal suerte que fue para el lado de Pierín, quien le dio la estocada final con un ascendente de izquierda que lo mandó a la lona completamente out.  
-Andá a arrancar el mionca que vamos en cana por masacre -le dije, mientras juntaba los bártulos. No obstante tuve tiempo de decir a mi ex amigo Fito, que estaba todo mormoso y se comenzaba a hinchar.pero ya entendía:
-Yo también te quiero. Espero que nos encontremos pronto en circunstancias mejores…
-Esho deshcontalo, forro -brabuconeó con su boca sangrante y seguro que con alguna pieza menos.
-Forro, de tu mujer y tu hija, puede ser. Tuyo jamás, amiguito.
Me volví y corrí hasta el camión. Salimos, y habíamos heco unos tres o cuatro kilómetros por la ruta cuando Piero dijo: “Ahí viene la cana”, y al cabo oímos la sirena. Se colocó detrás nuestro e hizo señas para que paremos.
-Cagamos -dijo el gringo-. ¿Escondiste la yerba?
-Sí, boludo; preocupate por el hotelero, mejor. Rezá para que esté vivo.
-¿Te parece, para tanto?
-Y, no me gustaría estar en su pellejo.
Bajamos. Un sargento de la bonaerense petiso, gordo y compadrito -como no podía ser de otra manera- y un cabo grandote y descerebrado a ojos vista -que suelen tirar en yunta- se aproximaron-. El sargento dijo, con aires autoritarios:
-¡A ver, qué se han créido ustedes, que van a andar por áhi, golpeando a la gente, acusando de cosas que no pueden probar, y qué sé yo cuántos!
-Pasa que me robaron, esos turros -dijo el gringo, ya dispuesto a empezar de nuevo a repartir tortas.
-¿Y yo cómo sé que fueron ellos? ¿Tiene pruebas, acaso?
-Yo sé que dejé la plata de la carga ahí y cuando volví, no estaba. Si no fueron ellos, se tiene que hacer cargo, no reírse cuando uno reclama la guita que hizo trabajando honestamente.
-Ve, que no tiene pruebas… la gente por acá no es así, no se crea, mozo… 
-Y yo -dije-, para demostrar que no todos los de la ciudad somos jodidos, le voy a hacer un presente de buena fe. Si usted lo permite, claro -vi la codicia rielar en sus ojillos de zorro.
-Si me lo dice así, no quisiera hacerle un desprecio, vio…
Fui hasta el camión y traje dos de las tres damajuanas que habíamos separado. Se fueron como perro con dos colas.
-Oíme, boludo -me dijo el gringo cuando retomamos el camino-, ¿encima que nos chorean la guita les regalás el vino, vos? 
-A no ser que prefirieras quedarte encarcelado, ser sometido a juicio, pagar por lesiones, daños y prejuicios, etcétera, o sea, muuuuuuchas damajuanas, pedazo de alcornoque.
-Ahora que decís…
-No, no me digas… ¡NO TE PUEDO CREER, PELOTUDO! ¡NOOOO, Y LA RECONCHA DE TU PUTA MADRE, QUÉ PELOTUDO QUE SOS!
Sucedía que el imbécil de mi amigo encogía la pierna, metía la mano en su media y sacaba un rollo de billetes de 100 que, finalmente, nadie le había robado.

*  En lunfardo rioplatense: cabaret, casa de citas.